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ANATOMIA DE LA REGION

 América Latina: voces y sombras

Países endeudados, con economías quebradas y poblaciones empobrecidas, conforman la zona. El avance de los movimientos populares y el ascenso de líderes con un discurso crítico del neoliberalismo de los noventa, modifican el panorama de Latinoamérica. ¿Se avizora el advenimiento de un cambio?

Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar

Temerosos, esperanzados o escépticos, todos, sin excepción, observan –a veces también actúan- cómo se mueven las piezas. El escenario latinoamericano se ha transformado. Gobiernos desgastados y sin apoyo popular como el de Alejandro Toledo en Perú, el del uruguayo Jorge Batlle y la Argentina de Eduardo Duhalde, entre otros, conviven con el afianzamiento de nuevos líderes.
“Venimos de una suerte de tres décadas pérdidas”, sostiene el sociólogo especialista en relaciones internacionales Juan Gabriel Tokatlián. En ese sentido, explica: “La década del 70 fue una década perdida (...) por un avasallamiento de las instituciones, golpes militares, regímenes autoritarios, terminación de expresiones democráticas. La década de los 80 fue una década perdida en términos de crecimiento económico, el endeudamiento externo de América Latina, las bajas tasas de crecimiento, el colapso de muchas economías. Y la década del 90, fue una década perdida en términos de equidad social: uno observa cualquier indicador a lo largo y a lo ancho de la región y encontrará más pobreza, más inequidad, más brecha social, más desigualdad” (ver aparte).
Los noventas se caracterizaron por el culto al neoliberalismo. En Latinoamérica, la corriente hegemónica estuvo encarnada en presidentes como Alberto Fujimori y Carlos Menem, que materializaron las medidas que imponía el credo: apertura económica, desregulación del comercio, privatizaciones y reducción del Estado. Hoy, las críticas al “modelo” ya son abiertas y recibidas con entusiasmo por buena parte de la población.

Uno de los precursores en predicar una política alternativa fue el jefe de Estado venezolano, el ex teniente coronel Hugo Chávez Frías.
Desde su llegada al gobierno en 1999, ha mantenido una conflictiva relación con los organismos internacionales, los medios de comunicación y parte del estáblishment local. Singular irritación causa a sus opositores la amistad de Chávez con Fidel Castro y los estrechos vínculos con los países árabes en pos de la revitalización de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Líder de una nación petrolera, enemigo de la concreción del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), y con el mote de “populista”, el ex militar ha sufrido varios embates. En abril, un fallido golpe de Estado lo apartó del gobierno por 48 horas. Y, a partir de diciembre, la oposición intenta lograr la dimisión del mandatario mediante una huelga general y la paralización de la industria del petróleo.
Para los ojos de Washington, otros dos personajes se sumaron a la lista de “peligrosos”. El primero, fue el tornero, conductor del Partido de los Trabajadores de Brasil (PT), que se convirtió en presidente: Luiz Inácio Lula da Silva. El segundo, Lucio Gutiérrez, un ex coronel apoyado por sectores de izquierda y por grupos indígenas, que ascendió a la Primera Magistratura de Ecuador. 


“Lula” y “Lucho”

Con bandera roja y una estrella blanca en el centro, el fundador del PT se impuso en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, el 27 de octubre, aglutinando más de 52 millones de votos. Entre sus propuestas de gobierno están la redistribución de la riqueza mediante la implementación de un plan de ingreso mínimo asegurado, la promoción de la pequeña y mediana empresa y un aumento del salario mínimo; una reforma agraria para fomentar la agricultura familiar y las cooperativas agrícolas; la reestatización de aquellos servicios privatizados que le están restando eficiencia al resto de la economía; y una reforma tributaria. Uno de los pilares de su administración, tal como lo aseguró durante la campaña, sería el desarrollo del Mercosur. Dice su programa: “El Mercosur es imprescindible para el desarrollo nacional (...) La segunda prioridad es el resto de América latina. Así seremos menos vulnerables”.
En los últimos meses se habló de la “derechización” de Lula, del disfraz que le habría construido Duda Mendoça, del pasaje de combativo sindicalista a tibio reformista, y muchos optaron por mantener la desconfianza ante el nuevo presidente. “El gran interrogante que se hacen los propios ciudadanos que han votado por Lula y todos lo politólogos del mundo es: en qué medida Lula va a poder aplicar su programa. No es que se ponga en cuestión la sinceridad de Lula pero en qué medida el contexto internacional -que es un eufemismo para nombrar a la globalización- le va a permitir aplicarlo. Y he dicho antes -y Lula lo dice- que su programa es muy elemental: quiere que los brasileros coman tres veces al día. No es más complicado que eso y es un programa ya revolucionario”, relató el director de Le Monde diplomatique (Francia) Ignacio Ramonet, durante el foro sobre “La nueva era imperial” realizado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. 
Por su parte, Atilio Borón, sociólogo miembro del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), considera que el PT es un enorme partido de masas, con una sólida identidad de izquierda y con un compromiso militante con el futuro democrático y socialista de Brasil, que no va a ser “nada fácil desoír”, suponiendo que esa fuera la intención de Lula. Desde otro ángulo, el director del Centro de Estudios Nueva Mayoría, Rosendo Fraga, sintetiza: “Es claro que Lula ha decidido ser un Felipe González y no un Chávez. La pregunta es si podrá hacerlo”.
En un artículo titulado “Lula: el nuevo tiempo de la izquierda”, Frei Betto, teólogo de la liberación y amigo personal de Da Silva, aclara: “El
desempleo, el hambre, la mala calidad de la salud y de la educación hicieron que el electorado reconociera que con Lula es posible otro Brasil. Posible en la medida en que la izquierda tenga claridad acerca de que una elección no es una revolución. Esta es la ruptura de un sistema; aquélla es un cambio de gobierno. Lula no va a implantar el socialismo por decreto. Va a modernizar el capitalismo, aumentando la capacidad productiva del país y reduciendo el desempleo y el hambre”.
La elección de Ecuador también ha marcado un camino en Latinoamérica. Con una pobreza que afecta el 79% de los 12 millones de habitantes, un 10% de desempleados y un 60% de subempleo, enero de 2003 marca la asunción del ex coronel Lucio “Lucho” Gutiérrez a la presidencia. El mandatario electo apareció en la escena política en enero de 2000 cuando apoyó una rebelión indígena que derrocó al entonces jefe de Estado Jamil Mahuad, acusado de corrupción. Por este episodio se lo asemeja con su par venezolano Hugo Chávez, quien protagonizó un golpe en 1994. Más adelante, Gutiérrez fundó su partido Sociedad Patriótica 21 de enero que lo llevó al poder, gracias a la alianza con el movimiento indígena Pachakutik.
A pesar de que se ha difundido una imagen rebelde del ecuatoriano, en el último tramo de su campaña realizó gestos para seducir al poder económico. En su viaje a los Estados Unidos, dijo a los inversionistas: “Ecuador será fiel cumplidor de los acuerdos tratados en convenios internacionales”.
Gutiérrez se ha manifestado en contra del neoliberalismo y de los partidos políticos tradicionales inmersos en la corrupción, y ese discurso capturó al 54% del electorado, en segunda vuelta. Sin embargo, algunas posturas sobre asuntos delicados podrían restarle apoyo. Por ejemplo, su decisión de mantener la dolarización argumentando que la gente quería que se le pagara en dólares y no en sucres. “Si regresáramos a nuestra moneda, sería una irresponsabilidad, un salto al vacío, porque desataría una espiral inflacionaria que nadie la podría detener, además se generaría un clima de descontrol en el mercado financiero internacional y falta de credibilidad. Es importante mantener y reforzar la dolarización”, explicó el ex coronel.
En sus relaciones con Estados Unidos, Gutiérrez afirmó que si bien en las condiciones actuales Ecuador no podía ingresar al ALCA, también dijo que negarse no era una opción. El otro punto conflictivo es la presencia militar estadounidense en la base de Manta. La nueva gestión respetará “todos los convenios firmados”, incluido la base militar, siempre que se “utilice para combatir el narcotráfico y no para la guerra en Colombia”, según palabras el presidente electo. Los movimientos indígenas, que con sus 28 pueblos representan alrededor del 40% de la población, no están de acuerdo con las últimas definiciones.

La fuerza de los de abajo

Los cambios en el panorama latinoamericano no se sustentan solamente en los últimos resultados electorales, sino también en la expansión y consolidación de distintos movimientos sociales. “Quiero decirle al compañero Lula, al compañero Lucio Gutiérrez, al compañero Hugo Chávez, que estén al lado del pueblo y no al lado de las trasnacionales”, reclamó el dirigente campesino boliviano Evo Morales, durante el segundo Encuentro Hemisférico de Lucha contra el ALCA celebrado en La Habana a fines de noviembre pasado.
En Bolivia, los grupos campesinos constituyen polos de contrapoder, en la medida en que participan activamente impidiendo que se adopten determinadas políticas, como las privatizaciones, o defendiendo los cultivos de coca que el gobierno de Gonzalo Sánchez Losada pretende erradicar. Morales estuvo a punto de alcanzar la presidencia pero fue abatido en la segunda instancia –que depende del Parlamento- por el candidato liberal. Marcado por sus comienzos de sindicalista y por su cultura indígena plantea recobrar la soberanía: “Es hora de que en toda América Latina los pueblos indígenas se levantan para poder recuperar primero el poder y después el territorio. Estamos hablando de que los recursos naturales como el oro, la plata, el estaño, los hidrocarburos, el gas, vuelvan a manos de los latinoamericanos”.
Para el historiador norteamericano James Cockcroft, tanto Lula como Lucio Gutiérrez dependerán del respaldo de los movimientos populares que los acompañaron en su camino al gobierno. “Si quieren ser buenos alumnos (para el FMI), fracasarán totalmente, por el simple hecho de que sus apoyos políticos son movimientos sociales muy importantes que van a rechazar la continuación de las mismas políticas”, argumenta el especialista en América Latina.
A pesar del empuje de los nuevos actores sociales y de la aparición de corrientes de pensamiento alternativas, aún subsisten referentes del neoliberalismo en las más altas capas del poder. Los comicios del 5 de noviembre en Estados Unidos significaron un triunfo del republicano George W. Bush que amplió su base en el Congreso. Las razones de la victoria están ligadas a la difundida campaña para derrotar el terrorismo internacional. En esa dirección, el investigador del London School of Economics & Political Sciences, Isaac Bigio, afirma: “Mientras en Colombia y Estados Unidos, quienes han sufrido en carne propia una serie de atentados, se impone la derecha, en las últimas tres presidenciales que ha habido en América (Bolivia, Brasil y Ecuador) las sorpresas las han dado candidatos como Morales, Lula o Gutiérrez que plantean reformas sociales para luchar contra los problemas principales que ellos aducen son la pobreza y el desempleo”.
Por su parte, Atilio Borón advierte los vientos de cambio que soplan en América Latina pero también sobre las posibles limitaciones.
“Los procesos en marcha en Venezuela, Brasil y Ecuador, la tenaz resistencia de la revolución cubana y las perspectivas que se abren en un conjunto de países en donde el neoliberalismo ha fracasado rotundamente atestiguan lo que venimos diciendo (sobre la consolidación de una política alternativa), pero aún así la correlación internacional de fuerzas sigue siendo sumamente desfavorable para el campo popular y, por la inversa, favorable en grado extremo a los intereses imperialistas”.
Los vaticinios sobre el futuro de la región difieren. Algunos, desconfiados, no se ilusionan con un cambio positivo. Otros, tienen enormes esperanzas en los presidentes de Brasil, Ecuador y Venezuela, y en los movimientos sociales, desde los zapatistas mexicanos, los indígenas bolivianos y paraguayos, hasta los Sin Tierra de Brasil y los piqueteros argentinos. El sociólogo Juan Gabriel Tokatlián concluye: “Creo que la época en que se ganan elecciones por izquierda y se responde luego con políticas de derecha está llamada a no repetirse más en la región”. Arriba

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