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ESPECIAL

La Argentina de ficción  

En cien años del cine argentino, los filmes han sido teñidos por el contexto social y los cambios tecnológicos. Alfredo Marino es Licenciado en Artes y docente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires. También dicta clases y conferencias en el Museo Nacional de Bellas Artes. En un recorrido por el género de ciencia-ficción, el investigador especializado en medios de comunicación audiovisual, indaga sobre cómo se develaron en la filmografía nacional aspectos de nuestros condicionamientos políticos, económicos y culturales.

Por Alfredo Marino*

Los años ‘60, que traen aparejados el pronunciamiento militar que derrocó a Arturo Frondizi y posteriormente a Illia, el ascenso al poder de Juan Carlos Onganía y la instauración de la represión por formas violentas, estimulan la organización estudiantil y la resistencia. Es en este marco cuando la ciencia-ficción encubre un filme como Invasión (1969), pero el género aquí adopta un carácter particular; no es la space opera (fusión de la ciencia-ficción con el género de aventuras más el añadido del western y la novela negra), al estilo de Hollywood, es la utopía o la politización de la ciencia-ficción. En esta película, la banalidad y la puerilidad del género se descartan y se acerca mucho más a las propuestas de otros mundos posibles o paralelos. La utopía nace a partir de la carencia y refleja en la conciencia que hay algo que no funciona en la realidad. La generación del ‘60 se encontraba desesperanzada y el director de la película Hugo Santiago no hace más que, por un lado, metaforizar el pasado reciente y, por otro, anticipar el futuro. Producida a partir de un cuento de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, con guión del mismo Borges, la película anticipa los hechos que sucederán en una ciudad, Aquilea, cercada por misteriosos invasores que, ante la indiferencia general, van apoderándose de ella. Un pequeño grupo de personas comandados por un anciano (Don Porfirio, interpretado por Juan Carlos Paz) va a oponer resistencia. La amistad masculina, la militancia y el miedo que paraliza a los individuos, al mismo tiempo los incitan a organizarse para liberar la ciudad por medio de las armas. Como sucedió con frecuencia en nuestro cine, el filme no fue muy bien tratado por la crítica general. Desde el plano del relato, se nos ofrece una Buenos Aires fragmentada que no hace más que reconstruir mentalmente el país quebrado institucionalmente.
La anticipación, la fragmentación y las imágenes oníricas también se hacen presentes en La sonámbula (1998), donde se narra una historia cuya acción transcurre en la ciudad de Buenos Aires en el año 2010. Un experimento sobre la base de un gas que afecta la mente y contamina a gran parte de la población con un efecto inesperado: 300 mil personas se olvidan de quiénes son. Un Ministerio de Control Social se ocupa de reunir a las familias dispersas e intenta devolverles la vida normal a cada uno de ellos, convenciéndolos de que así eran. Como no hay antídoto posible, algunos de los contaminados se resignan a aceptar lo que les dicen las autoridades y otros, los más rebeldes, son obligados a aceptar una “rehabilitación”. Un líder que habla desde un lugar que nadie sabe dónde queda y a quien nadie conoce personalmente, llama a descreer e incita a rebelarse contra la imposición de aceptar el pasado.
Podríamos decir que estamos en presencia de una metatopía y metacronía donde el mundo representado es un posible del real presente: y por distinto que sea estructuralmente del mundo real, el mundo posible es posible (y verosímil) precisamente porque las transformaciones que sufre no hacen sino completar tendencias del mundo real.
En La sonámbula, que cuenta con guión del F. Spiner y Ricardo Piglia y la colaboración de Fabián Bielinsky, el mundo posible no es más que un desprendimiento del pasado inmediato: 1998 es el año de producción y una gran parte de la sociedad no puede resignarse a las leyes de Obediencia Debida y Punto Final sancionadas en 1986, durante el gobierno democrático de Raúl Alfonsín. La película, que se rodó con un costo de 2,5 millones de dólares, se inscribe dentro de un cine que busca, a partir de la potencia de las imágenes, despertar el interés de un público adolescente.

Lo que vendrá
(1988), de Gustavo Mosquera, siguiendo los campos propuestos para la ciencia-ficción por Umberto Eco, se relaciona con la ucronía. La película surge de una trágica anécdota real, la de Dalmiro Flores, un joven que murió a causa de una bala en la Plaza de Mayo al final del gobierno militar y por quien nadie respondió ni proporcionó reparación de ningún tipo. El filme, que comienza como un road movie, se desarrolla en un Buenos Aires futuro y la propuesta se puede formular a través de la siguiente pregunta: ¿qué habría ocurrido, si lo que ha sucedido realmente hubiera sucedido de otro modo?. En este caso, el personaje interpretado por Hugo Soto, luego de recibir un balazo en la cabeza, es internado en estado de coma en un hospital y comienza una relación con un enfermero (Charly García) que ve al policía (Juan Leyrado) efectuando el disparo en una protesta callejera, y lo persigue con el objeto de descubrirlo y castigarlo. El uso de la steadycam y la elección de locaciones particulares le dan una fuerte identidad nacional en beneficio de la crítica social y la denuncia de la violencia utilizada por grupos para-policiales.
Moebius
también es de Mosquera, quien realizó el filme conjuntamente con alumnos de la Fundación Universidad de Cine, basándose en el relato de A. J. Deutsch “Un tren llamado Moebius”, de 1950. En la película, se narran los hechos que se producen en una extensa línea de subterráneos cuando uno de los trenes cargados con pasajeros desaparece en un sistema circular sin salida. En este caso, confluyen la posible existencia de mundos paralelos -vemos aquí la sombra que proyecta Jorge Luis Borges– y una hipótesis científica tomada como eje para la trama.
“El subterráneo es, sin duda, un símbolo de los tiempos que corren. Un laberinto donde en silencio nos cruzamos con nuestros semejantes sin saber quiénes son ni a dónde van. Cientos de andenes en los que aprovechamos para hacer un balance, rever una situación e intentar abordar, más que un tren, un cambio de vida. Es un extraño juego en el que nos sumergimos por infinitos túneles sin darnos cuenta que en cada trasbordo estamos cambiando definitivamente nuestro destino...”[i].
El tren que se dirige a Plaza de Mayo desaparece con treinta personas: estar en el lugar oportuno en el momento exacto es la rápida explicación que el Dr. Milstein, le da al topólogo Daniel Pratt, devenido en investigador, quien intenta ilustrar a los directores de la empresa de subterráneos: “A partir de la construcción de una red perimetral, que ampliaba el sistema, el tren se encontró con un nodo, y un nodo en el campo de la topología es una particularidad, un polo de orden superior (...) el tren no puede ser visto pero está en el sistema...”[ii].
Nodo designa a un punto en el que la interferencia entre dos ondas que se propagan produce una onda estacionaria. Es también un punto en el que la órbita de un planeta, vista desde el Sol, corta a la elíptica, momento en el cual se producen los eclipses[iii]. Pero asimismo se designa nodo en informática, a un dispositivo conectado a la red y capaz de comunicarse con otros dispositivos de la misma; una ubicación (conjunto de información) del árbol que puede tener varios enlaces hacia uno o más nodos.
Si tenemos en cuenta que la película fue realizada por un grupo de jóvenes de una Universidad de Cine, podemos tomar esta última forma de entender el término para interrogarnos respecto del mundo alternativo propuesto, reforzado por las palabras de sus personajes: “(...) Vivimos en un mundo donde ya nadie escucha (...) Afuera hay un mar de sorderas que nos está arrastrando a ser irremediablemente desgraciados (...) Vivimos en un mundo donde ya nadie escucha...”[iv]. Daniel Pratt, el joven topólogo, decide quedarse en esa otra dimensión.
Entonces, se trata de indagar otras dimensiones. Reflexionar sobre otros posibles recorridos de nuestra cinematografía y rescatar del olvido producciones alejadas del imaginario social impuesto por el cine de Hollywood, nos permitirá reconocernos, identificarnos e integrarnos culturalmente.

*Alfredo Marino es Licenciado en Artes.

[i] El parlamento pertenece a Daniel Pratt, el personaje interpretado por Guillermo Angelelli; el narrador comienza el relato con estas palabras, en voz off, mientras la cámara lo encuadra bajando de un tren y circulando por el anden con movimiento ralentizado. Esta primera escena da lugar posteriormente a los créditos del filme.
[ii]
Parlamento de la escena en la cual Pratt intenta explicar la razón de la desaparición a un grupo de directivos e ingenieros de la empresa de subterráneos; el lugar donde se desarrolla la acción es en el andén de una estación. La incredulidad de los directivos e ingenieros es constantemente reforzada por los primerísimos planos de sus rostros contrastando con los planos enteros del topólogo.
[iii]
Esta última es la acepción de la palabra que se utiliza en el filme. En dos oportunidades, cuando Daniel Pratt se encuentra arriba del subte donde esta el Dr. Milstein, se muestra la primera plana del diario La Nación en cuyos titulares leemos sobre el eclipse que ese día, el 4 de Marzo, se verá en Buenos Aires.
[iv]
Estos parlamentos se dicen durante el transcurso de la última secuencia arriba del subte desaparecido y están a cargo del Dr. Milstein y de Daniel Pratt mientras que las imágenes nos muestran el tren circulando a gran velocidad por los túneles que van a terminar contrastando con los diferentes planos que con cámara subjetiva ralentizan la acción del tren llegando a la estación. Arriba

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