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OPINIÓN
Aventuras, desventuras y lectores
Por Liliana Lotito*
Especial para Segundo Enfoque
“Desde
hacía un tiempo Amedeo tendía a reducir al mínimo su
participación en la vida activa. No es que no le gustara la
acción y, sin embargo, de año en año, el furor de ser él
quien actuaba iba disminuyendo (...) No obstante, el interés
por la acción sobrevivía en el placer de la lectura: su
pasión eran siempre las narraciones de hechos, las historias,
la trama de las vicisitudes humanas.”
Este fragmento pertenece al cuento “La aventura de un
lector” de Italo Calvino, y retoma de manera particular
–eso es lo que suele hacer la literatura: retomar temas
conocidos desde perspectivas originales- la vieja tradición
del lector apasionado de novelas que llega al punto de no
reconocer los límites entre ficción y realidad (el Quijote
lleva la confusión hasta las últimas consecuencias). “Nada
iguala el sabor a vida que hay en los libros”, piensa Amedeo.
En el cuento de Calvino, el personaje no puede atender al
interés que despierta en él –y que él despierta en ella-
una mujer a la que conoce casualmente en una playa porque lo
tironea la novela que está leyendo. A Amedeo le gusta la acción
pero para él la acción está en las novelas que lee, no en
lo que puede suceder con esa mujer que está a su lado. Para
él la cuestión es simple: las historias de los libros son su
historia. Vive para leer, vive porque lee.
Si
se vira bruscamente el rumbo de estas reflexiones, la
contracara de estos casos de pasión por la lectura, de pasión
por la literatura, parecen ser los alumnos de las escuelas
–aunque las generalizaciones sean, siempre, poco
confiables-, acusados permanentemente de ser lectores
desinteresados, irreductibles en su afán de no querer
descubrir el placer por la lectura, el placer que les generan
las ficciones a aquellos que sí lo descubrieron.
Grandes debates se han dado y se siguen dando en torno a las
causas de ese desinterés: la televisión fue siempre la
principal sospechosa pero también la imagen en general, que
compite con la letra escrita. “En un mundo dominado por la
imagen, nadie lee libros”; “mirar es más fácil que
leer”, se argumenta pero no se fundamenta. También se
mencionan otras causas: la despreocupación de los padres, que
no “incentivan” a los niños para que lean; o,
concretamente, la falta de libros.
Definitivamente, los chicos leen poco, las estadísticas
parecen confirmarlo y la escuela se empecina en buscar afuera
las causas. Pero también se dice que los adultos leen poco.
¿Cómo se explica, entonces, el fenómeno Harry Potter (ahora
también el caso Tolkien) y las novelas que lo tienen como
protagonista -devoradas por chicos y adultos que se convierten
así en fanáticos consumidores de literatura-, que agotan
ediciones, una tras otra...? Contradicciones alrededor de la
lectura literaria difíciles de explicar.
Aunque todos estos debates han perdido
terreno en los últimos tiempos frente a otro tema, también
polémico: el de “la lectura y los cambios tecnológicos”.
La posible desaparición de los libros tal como los conocemos;
la sustitución de esos objetos de papel –casi sagrados para
algunos- por una pantalla o por libros electrónicos y, además,
la lógica y previsible consecuencia de que, al cambiar las
características del objeto de lectura cambiará la forma de
leer, son cuestiones que hicieron correr ríos de tinta en los
últimos tiempos.
Libros, diarios y revistas recogieron el debate. En la
introducción del libro El futuro del libro. ¿Esto matará
eso?, Geoffrey Nunberg escribe:
“Las discusiones públicas se han visto dominadas por las
profecías de personas a las que la prensa suele definir como:
‘visionarios de la informática’. Nos ofrecen un futuro
donde los libros impresos, las bibliotecas de ladrillo y
cemento, las librerías y los editores tradicionales han sido
sustituidos por instituciones y géneros electrónicos; donde
la narrativa tradicional ha cedido todas sus importantes
funciones al hipertexto o a los multimedia (...)”. Nunberg
se pregunta si esas profecías no serán en realidad “una
visión calculada” destinada a provocar “la indignada
reacción de bibliófilos” y cita la declaración de la
novelista E. Annie Proulx: “Nadie va a sentarse a leer una
novela en una ridícula pantallita. Nunca”.
Si Amedeo participara de este debate, seguramente se plegaría
a esta idea de la novelista: es de los lectores que todo lo
dejan por la lectura, de esos que leen en cualquier lugar y a
pesar de todo: acostados sobre una roca, sentados o parados en
un tren repleto de gente, mientras abrazan a una
mujer...
El hecho es que existen y conviven los defensores de la
lectura en pantalla y los que se aferran a la idea de que el
libro nunca morirá. El tema mereció –merece- el interés
de estudiosos y también de los medios (si se rastrean diarios
y revistas publicados en los últimos cinco años se encontrará
un número importante de notas dedicados al mismo). No hay
duda de que es un tema fascinante.
Para
los argentinos, “era” un tema fascinante. La crisis –un
nombre genérico para designar lo que nos sucede- vino a
cubrirlo todo: los discursos cotidianos, los discursos periodísticos.
La corrupción, la violencia y la inseguridad consecuente, la
desocupación, el hambre de tanta gente son los temas que
llenan las conversaciones, las notas de los diarios, los
programas periodísticos radiales y televisivos.
¿Y la lectura? ¿Tiene algún lugar la lectura de literatura
en la vida de las personas en tiempos de crisis? Me pregunto
qué les pasa a las personas frente a un cuento o una novela
hoy, en tiempos de profunda crisis. Puedo imaginar que los
lectores se desconcentran (pierden el hilo de la narración)
pensando en el trabajo que no consiguen porque ya no buscan;
en los que se fueron y aceptan cualquier trabajo en otros países;
en los personajes corruptos que llevaron al país al lugar en
el que está; en la sensación de miedo de la que nadie parece
salvarse; en las imágenes terribles que arroja el televisor
todo el día. Tal vez toman el libro, pero luego, distraídos
y angustiados, lo dejan.
En tiempos de crisis se hace difícil leer ficción. ¿Por qué?
Tal vez porque leer ficción es leer el mundo en los libros,
es leer el mundo en que se vive a través de los mundos
posibles creados en los libros. La posibilidad infinita de
creación de ficciones deriva de la posibilidad inagotable del
ser humano de crear mundos alternativos, otros mundos
posibles. En tiempos de crisis a los lectores nos cuesta
encontrar un sentido para las ficciones que leemos y por eso
perdemos su hilo (nos perdemos); pero (o porque) también
estamos perdidos en nuestra realidad, para la que tampoco
encontramos sentido.
Una
última vuelta de tuerca. Mientras alguien escribe estos
comentarios sueltos sobre el tema de la lectura y luego,
mientras algún lector los lea, seguramente Amedeo seguirá
pasando las páginas de alguna novela, seguirá prefiriendo
que actúen los personajes de ficción a actuar él.
Amedeo es un apasionado lector, pero no lleva a la vida lo que
lee. Por el contrario, deja de vivir por leer. Le falta saber
algo: que el lector de literatura conoce a través de lo que
lee, aprende al confrontar su propia vida con las vidas que
conoce a través de la lectura, y, de ese modo, vive más,
tiene una “milagrosa ampliación de la experiencia”, como
dice Henry James. Y porque aprende luego actúa, se mueve en
su mundo, convierte lo que sabe en acción y modifica y se
modifica. ¿No habrá alguna esperanza para nosotros
semioculta en estas ideas?.
Arriba
*Liliana
Lotito es profesora en Letras.
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