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ANÁLISIS: LA
POLÍTICA EXTERIOR DE BRASIL
Las ambiciones de la
potencia sudamericana
Imperialista, rival, enemiga. Así catalogaron a Brasil los
países de la región en distintos momentos de la historia. Lo
cierto es que, en la última década, fue la nación que más
advirtió sobre la necesidad de unificar la voz de América
latina frente a las presiones comerciales y políticas de las
grandes potencias. ¿Puede Brasil disputarle a Estados Unidos
la hegemonía regional que ejerce sobre los países
sudamericanos?
Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar
No es un
secreto que el objetivo brasileño es consolidar su liderazgo
en el Cono Sur y operar como el contrapeso de los Estados
Unidos en la zona. Después del final de la Guerra Fría, Brasil
empezó a jugar en dos planos: en el regional, mediante el
impulso del Mercosur; y en el internacional, a través de una
política externa activa que lo perfilara como un actor global.
Pero, ¿cuál es su peso real? ¿Puede ser hegemónico en el sur?
Para John Mearsheimer, un estudioso que
considera imposible la supremacía mundial de una potencia, el
único caso de indiscutida hegemonía regional es el Estados
Unidos sobre Latinoamérica. Aunque señala que la estructura
internacional no es inmutable, y que la posibilidad de un
Estado de acumular fuerza se relaciona con su capacidad
militar y su “poder latente”, es decir, su población, tamaño,
economía, entre otros.
[i]
Un escenario clave en el que chocan los intereses de éstos dos
países es el de la negociación por el Área de Libre Comercio
de las Américas (ALCA). El gobierno brasileño considera que
América latina tiene que mantenerse unida para discutir en
condiciones de igualdad y, por eso, intenta que los países de
la región se plieguen a ese discurso y no articulen acuerdos
bilaterales con la administración de George W. Bush.
El poder brasileño
Los números le permiten arrogarse el título de potencia
del sur. Ocupa el quinto lugar en el mundo en tamaño (8,5
millones de kilómetros cuadrados), lo que representa casi la
mitad de Sudamérica. Y aloja en su tierra a 184 millones de
habitantes.
En 2003, el comercio exterior brasileño tuvo un crecimiento de
12,8% con relación al año anterior y el saldo de la balanza
comercial fue de 24.800 millones de dólares. Eso colocó a
Brasil en décimo lugar entre los países con superávit
comercial. Entre los primeros cinco destinos de las
exportaciones están Estados Unidos (23,1% del total),
Argentina (6,2%), China (6,2%) y los Países Bajos (5,8%). Los
principales productos exportados fueron soja triturada,
minerales de hierro y automóviles.
Si bien el Producto Bruto Interno (PBI) brasileño sufrió una
retracción del 0,2% el año pasado, en el primer semestre de
2004 repuntó un 4,2%, según cifras oficiales. El gobierno
prevé que este año el crecimiento será de alrededor de 4%.
Además de ser uno de los países más industrializados del Cono
Sur, Brasil posee recursos estratégicos y los protege
celosamente. Es el caso del Amazonas, una región que
representa el 30% de la biodiversidad del planeta y que
alberga la mayor cuenca de agua dulce del mundo. Desde julio
de 2002, durante la gestión de Fernando Henrique Cardoso,
funciona el Sistema de Vigilancia de la
Amazonia (Sivam), en la ciudad de Manaos, que consiste en un
sistema de radares con apoyo aéreo que busca combatir
el narcotráfico, la tala de árboles y otras actividades
ilegales.
El gigante del sur también incursiona en el desarrollo de la
tecnología nuclear, como el proceso de enriquecimiento de
uranio. Para Luiz Muniz Bandeira, profesor de Historia de
Política Exterior de Brasil, de la Universidad de Brasilia, su
país -con la sexta mayor reserva mundial de uranio y
tecnología propia- desempeñará un “importante papel como
global player, en el multimillonario mercado de
combustible nuclear, como virtual competidor de los Estados
Unidos”.[ii]
En abril pasado, se desató una polémica porque el gobierno de
Luiz Inácio “Lula” da Silva se negó a autorizar a los
inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica
(AIEA) para que accedieran a su planta de enriquecimiento de
uranio, ubicada en Resende. Mientras algunos catalogaron como
sospechosa la actitud brasileña, desde el gobierno, arguyeron
que el motivo de la negativa era proteger una tecnología
nuclear propia en la que invirtieron mil millones de dólares.
Otra noticia que sorprendió fue la decisión del Brasil de
acelerar la construcción de un submarino nuclear –prevista
hace dos décadas- que estará listo para 2010. “Eso ratifica la
intención de este país de jugar como ‘actor’ en el escenario
mundial y consolidarse como potencia en América del Sur, como
lo son India en el Asia o Sudáfrica en su continente”,
indica Rosendo Fraga, del Centro de Estudios para la Nueva
Mayoría.[iii]
La característica de “nuclear” se refiere a la propulsión y no
al armamento. Brasil ha mantenido el desarrollo nuclear como
política de Estado, en el marco del compromiso de no utilizar
estas tecnologías con fines bélicos. “Este anuncio no implica
reactivar hipótesis de conflicto alguna con la Argentina, dado
que los dos países han seguido avanzando en los últimos años
en una creciente cooperación militar”, sostiene Fraga.
[iv]
Ámbito regional
Lejos de su vocación imperialista de otros tiempos, Brasil
quiere posicionarse como un líder solidario y paternalista en
la región. La convivencia entre los países sudamericanos no
siempre fue en buenos términos.
Hasta la década del ochenta, desde la perspectiva teórica de
Alexander Wendt, las relaciones tuvieron un carácter
lockeano -de competencia y rivalidad- y, en algunos casos,
hobbesiano –de enemistad.[v]
Hubo momentos de tensión, por ejemplo, en la década del
setenta cuando Argentina y Brasil no desechaban la posibilidad
de un enfrentamiento bélico. Lula, así lo recuerda: “En
América del Sur muchos países veían a Brasil como imperialista
(...) Cuando Brasil se puso a construir Itaipú -la gran
hidroeléctrica que tenemos en el río Paraná-, los militares
argentinos imaginaban que Brasil estaba construyendo Itaipú
para inundar a la Argentina y amenazaron con construir una
bomba atómica”.[vi]
Con la ola de democratización, entre otros factores, tendió a
desaparecer la rivalidad. En ese sentido, la politóloga Mónica
Hirst sostiene: “La existencia de valores políticos comunes y
desafíos económicos similares contribuyó a poner fin a
disputas que, en el pasado, habían entorpecido las iniciativas
de cooperación”.[vii]
Aunque, como dice Roberto Russell en referencia a la relación
entre Argentina y Brasil, “la ausencia de
rivalidad ni implica la presencia automática de amistad (de
carácter kantiano) ni un aumento cualitativo de la
capacidad de acción colectiva entre los dos países”.[viii]
Son numerosas las acciones a nivel regional en las que Brasil
tiene un rol protagonista. Por ejemplo, su intervención –junto
con Argentina- en la crisis boliviana del año pasado; la
iniciativa de liderar el Grupo de Amigos de Venezuela para
mediar en el conflicto venezolano; y la reciente decisión de
encabezar la fuerza de paz de la Organización de las Naciones
Unidas (ONU), en Haití. También es firme su postura de no
permitir la utilización de su territorio para cualquier
operación militar en Colombia.
Para Brasil es primordial la consolidación del Mercosur y
también la integración a este bloque de la Comunidad Andina de
Naciones (CAN), conformada por Venezuela, Colombia, Ecuador,
Perú y Bolivia.
Tras su creación, en 1991, el Mercosur había quedado relegado
debido, entre otras razones, a que Argentina privilegiaba su
vínculo con Estados Unidos. Recién con la gestión de Eduardo
Duhalde, a causa de la profunda crisis socioeconómica y
política, la Argentina se recostó sobre Brasil.
La actual administración de Néstor Kirchner también plantea,
al menos en su discurso, que el fortalecimiento del Mercosur
es trascendental y que no le disputa el liderazgo- como en
años anteriores- a su vecino. Así lo señala el canciller
Rafael Bielsa: “Brasil tiene un liderazgo de volumen, exporta
tres veces más que la Argentina, pero Chile, por ejemplo, es
un líder de concepto con 120 puntos de riesgo país (...) La
Argentina aspira a un liderazgo de innovación, de
pensamiento”.
[ix]
Brasil en el mundo
Si bien Brasil pretende contrarrestar la hegemonía de
Estados Unidos en la región, no mantiene una confrontación con
ese país sino que, según las palabras de Lula, exige “igualdad
en la discusión”. Una igualdad que, según él, sólo puede ser
sostenida por quien representa con su voz a América del Sur.
“Brasil juega a ser un actor global y está forjando vínculos
entre los que considera sus pares, como Rusia, China, India,
Sudáfrica. Y no es que Brasil tenga una política de
confrontación con los Estados Unidos sino que, al incrementar
su visibilidad internacional, tiene más atención de
Washington”, describe el especialista en relaciones
internacionales, Juan Gabriel Tokatlian.[x]
En ese sentido, el presidente brasileño encabezó una gira por
Siria, Emiratos Árabes, Egipto, Líbano y Libia –en diciembre
de 2003- y por India –en enero pasado- y China –en mayo. El
objetivo era abrir nuevos mercados y establecer vínculos
estrechos en el marco de una relación “Sur-Sur”. Para el
canciller Celso Amorim “ir a China confirma una política
externa activa y altiva”.
En sintonía con esa política exterior de alto perfil, es que
se organizó la Cumbre del Hambre Cero, el 21 de septiembre, un
evento paralelo a la Asamblea General de las Naciones Unidas.
La propuesta de Lula, que lleva adelante un programa de lucha
similar en su país, recibió el respaldo del secretario general
de la ONU, Kofi Annan, y de los presidentes de Francia,
Jacques Chirac; de Chile, Ricardo Lagos, y del jefe de
gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, entre otros.
Brasil construye su poder con un discurso institucionalista.
De esa manera se entiende su estratégico reclamo de una silla
permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, un lugar
reservado a cinco de las potencias mundiales durante la Guerra
Fría. Lula considera que la voz de Latinoamérica tiene que
estar representada en el cuerpo que decide sobre la seguridad
en el mundo y ése espacio debe ser destinado a su nación.
En su relación con Estados Unidos, no ha dudado en desafiar
varias de sus iniciativas. Éstas son sólo algunas: la negativa
a condenar a Cuba por violaciones a los derechos humanos en la
Comisión de Naciones Unidas; la condena a la invasión a Irak;
la decisión de que se tomaran las huellas dactilares de todos
visitantes estadounidenses en respuesta a la medida dispuesta
por Washington, a raíz de las amenazas terroristas.
No obstante, el punto más sensible entre Brasil y Estados
Unidos es, desde hace años, el ALCA. Ya Cardoso, en su
discurso en la III Cumbre de las Américas de Quebec, en 2001,
había advertido que el ALCA sólo sería “bienvenido” si
sirviera para acceder a mercados más dinámicos y para corregir
las asimetrías regionales, principalmente en el área agrícola.
Lula siguió con la línea de su antecesor, y se resistió a
aceptar acuerdos incompatibles con sus intereses nacionales
tanto en el ámbito de la Organización Mundial del Comercio (OMC)
como en el del ALCA.
Fue así como surgió el Grupo de los 20 durante la 5ª
Conferencia Ministerial de la OMC, realizada en Cancún
(México), el 14 de septiembre de 2003. Brasil coordinó la
formación de ese bloque -integrado por India, China, México,
Sudáfrica e Indonesia, entre otros países- porque ni Estados
Unidos ni la Unión Europea quisieron discutir los subsidios
que conceden a los productores agrícolas y perjudican las
exportaciones de los países en desarrollo.
A fin de evitar otro fracaso, en la 8ª Reunión Ministerial del
ALCA, realizada en Miami, en noviembre, Estados Unidos aceptó
acordar una versión más flexible conocida como “ALCA light”.
A pesar de la “rebeldía” evidenciada en estos foros, Brasil ha
sido elogiado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) por
su política fiscalista y su compromiso de cumplir con las
obligaciones de la deuda. Ante la sorpresa de sus compañeros
del Partido de los Trabajadores (PT), Lula pactó un superávit
fiscal primario anual del 4,25%, encabezó una reforma del
sistema de seguridad social, entre otras medidas exigidas por
el organismo.
De límites y desafíos
La política exterior brasileña –de alto y activo perfil-
ha sido coherente en los últimos años, y la mayoría de los
países sudamericanos reconocen su liderazgo como “natural”. Y,
más allá de las trabas comerciales y políticas, se abrieron
canales interestatales de cooperación.
Estratégicamente, Brasil ha aprovechado escenarios
internacionales como reuniones de la OMC, la ONU y el ALCA
para presentarse como la voz sudamericana. También ha
profundizado sus vínculos con China, India, Sudáfrica y
algunos países árabes, lo que despertó el interés de
Washington.
Por su tamaño y capacidad económica es, sin dudas, el líder
del Cono Sur. Ningún otro país pretende –ni puede- hacerle
sombra. Pero algunos factores podrían limitar su potencial.
En el plano interno, Brasil presenta un panorama complejo que
podría condicionar su accionar internacional. De los 184
millones de habitantes, más de 54 millones son pobres, 83
millones no tienen acceso al sistema sanitario elemental y 45
millones carecen de red de agua corriente. El desempleo es de
11,2%, aunque en ciudades como San Pablo alcanza el 20%.
Según el índice de desarrollo humano -que tiene en cuenta la
esperanza y el estándar de vida, y el nivel educativo- Brasil
ocupa el puesto 72, mientras que otros países como Argentina y
Chile están mejor posicionados, en los lugares 34 y 43,
respectivamente. Asimismo, Brasil sigue siendo el país más
desigual de Latinoamérica, según el Banco Mundial.
En la esfera externa, el liderazgo brasileño estaría limitado
por la voluntad estadounidense. Brasil no representa un
competidor para del país del Norte y el gran enigma es qué
postura tomará Estados Unidos: si decide evitar que Brasil se
convierta en un actor internacional de influencia -reduciendo
su poder en América del Sur- o si acepta
convivir con un Brasil
poderoso, pero aliado.
[i]
Mearsheimer, John. “The tragedy of the great power
politics”. Norton and Company Inc (2001)
[ii]
“Política exterior de Brasil: De Cardoso a Lula”. Luiz
Alberto Muniz Bandeira. ADITAL (01-09-04)
[iii]
“Brasil: ¿potencia estratégica de América del Sur”.
Rosendo Fraga. Centro de Estudios para la Nueva Mayoría
(29-06-04)
[iv]
“Brasil: ¿potencia estratégica de América del Sur”.
Rosendo Fraga. Centro de Estudios para la Nueva Mayoría
(29-06-04)
[v]
Wendt, Alexander. “Social Theory of International
Politics”- Cambridge University Press (1999).
[vi]
Discurso de Luiz Inácio da Silva en la XI Conferencia de
las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad),
en junio de 2004.
[vii]
Domínguez, Jorge (editor). “Seguridad internacional, paz y
democracia en el Cono Sur” - FLACSO-Chile/Diálogo
Interamericano (1998).
[viii]
Russell, Roberto y Tokatlian, Juan Gabriel. “El lugar de
Brasil en la política exterior argentina” - Fondo de
Cultura Económica (2003).
[ix]
“Somos poco interesantes para Estados Unidos”. Entrevista
a Rafael Bielsa. LA NACION (16-11-03)
[x]
“El gran hermano del Norte” - LA NACIÓN – Enfoques
(20-06-04).
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