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La
coartada: proteger la cultura
para cuidarse el bolsillo
Por
Segundo Enfoque
De pronto les comenzó a
importar la cultura nacional argentina. Ahora, se sienten
conmovidos por una chacarera, un tango. Las banderas celestes y
blancas habrán teñido sus despachos, entre tarjetas de
banqueros, empresarios y lobbistas. Mancomunados, en defensa
de sus bolsillos y manipulando un discurso imprescriptible,
los popes de los medios masivos de comunicación presionan por
una norma que los aleje del peligro de sus acreedores
extranjeros.
La llamada “ley de bienes culturales” es un anhelo de lo más
monopólico del espectro de medios de la Argentina. El Grupo
Clarín en primer término y el diario La Nación, en
segundo, pugnan desde hace un año y medio por conseguir a
través del Congreso un escudo ante probables intentos de sus
acreedores foráneos de apropiarse de sus empresas.
La devaluación fue exigida por el Grupo de Ernestina Herrera
de Noble y Héctor Magnetto desde el primer minuto en que
Eduardo Duhalde llegó a la Casa Rosada. Con ella, la
operadora de televisión por cable del multimedios –Multicanal-
redujo su deuda de manera atrayente para una película, pero
el pasivo en dólares pasó a ser una amenaza. Bancos
extranjeros le habían prestado dinerales a Clarín durante
los 90 cuando éste competía cabeza a cabeza con el Raúl
Moneta propulsado a menemismo. De repente, advirtieron que podían
hacer valer la legislación de quiebras de la Argentina y
quedarse con parte del paquete accionario aduciendo el no
cobro de la acreencia.
Entonces, a medida que en el Parlamento se trataba de
suspender la vigencia de la ley de quiebras por razones de
“emergencia económica”, la oposición del Fondo Monetario
Internacional (FMI) en tal sentido, obligó al personal de
apriete del Grupo a transpirar la corbata en los pasillos del
Congreso.
Algún diario vinculado al menemismo llamó a la iniciativa la
“ley Clarín”, que formalmente se hizo conocida como de
“preservación de las industrias culturales”. Según el
texto del artículo segundo, la propiedad de los medios de
comunicación debe ser de empresas nacionales, y no podrá
haber más de un treinta por ciento de capitales extranjeros.
Y en el quinto, se establece que no tendrá efecto para los
medios el proceso de cram dawn, estipulado por la ley
de quiebras argentina para que el acreedor tome parte del
paquete accionario de la empresa que le debe y no le paga.
Este proyecto ingresó al Senado y fue aprobado en junio de
2002. En la Cámara de Diputados fue tratada el pasado 28 de
mayo, donde fue aprobada pero con una modificación en este
artículo quinto: no podrán hacer uso del cram dawn sólo
los acreedores extranjeros, pero sí los locales. Este cambio,
hizo que la iniciativa debiera regresar al Senado para un
nuevo tratamiento, que aún espera una fecha.
Mientras tanto, la presión de los medios de comunicación se
hizo ver también en solicitadas, como la que se publicó este
último mes de mayo en La Nación, con la firma de
entidades de la comunicación y la cultura: Foro para la
Defensa de las Industrias Culturales de Buenos Aires; Asociación
Argentina de Actores (AAA); Asociación Argentina de
Empresarios Teatrales (AADET); Asociación Argentina de
Trabajadores de las Comunicaciones (AATRAC); Cámara de
Productores Independientes de Televisión (CAPIT); Directores
Argentinos Cinematográficos (DAC); Federación Argentina de
Productores Cinematográficos y Audiovisuales (FAPCA);
Federación Argentina de Trabajadores de Prensa (FATPREN);
Federación de Trabajadores de la Imprenta Diarios y Afines (FATIDA);
Sindicato Argentino de Televisión (SAT); Sindicato de la
Industria Cinematográfica Argentina (SICA); Sindicato Único
de la Publicidad (SUP); Sindicato Único de Trabajadores del
Espectáculo Público (SUTEP); Sociedad Argentina de Locutores
(SAL); Sociedad Argentina de Músicos (SADEM).
El escrito, brega por la protección de la identidad nacional
y de los valores culturales argentinos. Y –cosa extraña en
muchos medios que acompañaron iniciativas extranjerizadoras,
privatizadoras y liberales de los noventa- hace un diagnóstico
de lo que les ocurrió a las empresas de comunicación en
general: “Se favoreció una apertura irrestricta que no
reconoce antecedentes en el mundo”, explica antes de ir al
grano: “Está en manos de nuestros representantes gestar una
verdadera Política de Estado: la protección del patrimonio
cultural e informativo nacional, a través de una serie
articulada de medidas legislativas y políticas activas que
apunten a brindar un marco para el desarrollo de nuestras
industrias culturales”.
¿No sufrió este proceso la mayor parte de la economía
argentina durante los últimos veinticinco años? ¿Dónde
estaban los medios en los primeros años de la década
menemista cuando se abría la economía y el capital
extranjero compraba hasta las señales de tránsito? Quizás
estaban disfrutando de las ventajas que les daba la modificación
de la ley de radiodifusión para aglomerar canales de TV,
diarios y radios. Quizás estaban haciendo negocios con los
que hoy podrían ser sus verdugos.
La protección y promoción de los cimientos culturales son
banderas indiscutibles de todo pueblo soberano. Sin embargo,
hay que estar con los ojos abiertos. Hoy es también una
coartada excelente de aquellos que quieren hacer cerrar sus
cuentas, aún a costa de vender escarapelas a los cuatro
vientos. Una coartada excelente hasta para aquellos que
veneran la globalización, salvo cuando les llega a ellos. Arriba
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