|
La
vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser
La edad
y el saber. Dos componentes de la vida humana de relación
tortuosa. El psicólogo y mitólogo Humberto Dib recorre en
este artículo los distintos matices
del vínculo entre esos dos conceptos. Entre viejos
obsoletos, y jóvenes genios pero inexpertos, una reflexión
sobre estos mitos en la sociedad de hoy.
Por
Humberto Dib*
Hay
una suerte de estructura de la cual -aún como estructuralista
confeso- trato de escapar, porque en realidad es una
estructura en el peor sentido que se le puede dar a esta
palabra, una estructura entendida como molde, armazón, límite,
matriz inalterable, esto es, categoría rígida que funciona
como modelo por el cual se entiende todo el mundo que nos
circunda. Es imposible escapar de los modelos para ver el
mundo, pero se detecta un cierto grado de sapiencia, de
lucidez, en aquellas personas que pueden elastizar este modelo
para armar -al decir de Cortázar-, este modelo para armar
el mundo. Porque de esto nadie puede escapar, todos tenemos el
propio.
¿Por qué hablar de esto?
Pues bien, porque me toca de cerca.
Es bastante común que personas que concurren a mis cursos o
charlas me encuentren “demasiado joven” para mi actividad.
Lo voy a decir de otra manera: que esperan encontrar allí
adelante, detrás del púlpito, a un señor muy anciano, de
traje gris oscuro y cabello blanco, que con movimientos
pausados y algo temblorosos se sube al estrado y se quita los
anteojos para mirar al público mientras le cae una lágrima
ambarina de un ojo, producto más de la edad que de la emoción
-sentimiento éste que la gente cree que a sus años no sólo
no es recomendable, sino algo ya olvidado-.
Y no solamente me ha sucedido al entrar a dar una conferencia,
sino en otros ámbitos: personas cercanas a mi espacio académico,
teórico, institucional, que al conocerme por primera vez
dejan escapar el para mí ya famoso: “¡Pero, vos sos muy
joven, no te imaginaba así!”. Podría dar una gran cantidad
de ejemplos en los que sólo varían las imaginerías específicas:
“¡Uy, Humberto, te imaginaba como un señor mayor, bajito y
algo gordito!”, dijo una de mis actuales adjuntas cuando me
conoció personalmente. “¿Vos sos Humberto?, no te
imaginaba así... tan... tan joven, te creía una persona
mayor, de anteojos y calvo”, me dijo la jefa de informes de
una de las sedes de la Institución a la que pertenezco. “Mi
mamá fue a escuchar tu charla y se encontró con una persona
totalmente diferente de la que esperaba ver, es decir, un señor
entrado en años”, dijo la hija de una participante de una
conferencia. Y me detengo acá porque los ejemplos serían
muchos... ejemplos que no me afectan por verme joven –esto
sería una virtud, en todo caso-, sino, porque detrás de los
mismos se esconde esa relación horriblemente prejuiciosa y
peligrosa Edad-Saber.
Sé que no soy el que más sufre por ello, pues tengo ex
alumnos ya colegas psicólogos que, apenas recibidos, son
rechazados de plano por clínicas u obras sociales por ser
demasiado jóvenes, o que son abandonados por sus pacientes en
la primer entrevista porque consideran que una persona joven
NO podría entenderlos... ¡como si en Psicología la cosa
pasase por una cuestión de entendimiento! Pero no vamos a
meternos con lo que el saber popular considera ser psicólogo.
Sin embargo, esto no es tan simple... También se es demasiado
viejo.
Aquí sí tenemos un tópico más conocido, pues en este país
son muchos los que han sufrido portazos en la cara por tener más
de 40 años. Ejemplo conocido es el de la mayoría de las
empresas que buscan gente con más fuerza, con más espíritu...
y menos años, como
si los dioses redujesen el tamaño de los espíritus de las
personas que superan la barrera de los 40. Y bueno, es lógico
que hablemos de dioses ya que éstas son Mitologías
populares que se arrastran desde hace mucho tiempo. Pero el
tema de ser “demasiado viejo” ya fue “demasiado
tratado”, creo yo... Aunque que haya sido tratado no
significa que haya sido solucionado o que exista un cambio,
muy por el contrario, este tópico ha reforzado esa estructura
rígida de la que hablé al principio.
Inocente es aquél que crea que esto sólo les sucede a las
personas de mediana edad. No. Nos sucede a todos, sea cual
fuere la edad que tuviésemos, porque en algún momento
seremos reducidos a esta concepción semántica, en algún
momento tendremos que sufrir la
vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser... De
sentirnos atrapados en un tiempo intermedio por el que nos
precipitamos y nos desvanecemos como sujetos, tiempo mítico,
tiempo lógico más que cronológico... un tiempo por fuera
del tiempo, que nos puede alcanzar tanto a los 18 como a los
25, tanto a los 45 como a los 65, porque en realidad - vuelvo
a repetir- no se reduce todo a una cuestión cronológica. A
los 17 fuimos demasiado jóvenes para nuestras compañeras de
secundaria que buscaban hombres algo mayores, pero, casi sin
darnos cuenta, a los 23 ya estábamos un poquito pasados para
ellas. A los 19 nos dimos cuenta de que nuestra edad sólo nos
habilitaba para un puesto de cadete o de repartidor de pizzas,
pero a los 30 descubrimos que -al intentar conseguir otro
trabajo- sólo quedaban puestos de cadete o de repartidor de
helados. A los 40 estamos inhabilitados para cualquier
actividad que no sea una suerte de preparación para la
–amenazante- jubilación, pero, por otra parte, parece ser
que somos aún un tanto novatos para dar una conferencia sobre
el tema que fuere.
En fin...
Podría comentar otros inconvenientes en los que me veo
envuelto, cotidianamente, en este Imposible denominado
“Educar”. Podría hablarles –por ejemplo- de las
personas que nos encuentran demasiado pedantes o demasiado
sumisos, demasiado autoritarios o demasiado anárquicos,
demasiado flacos o demasiado gordos, demasiado morenos o
demasiado blancos, demasiado lindos o demasiado feos...
demasiado demasiados. Pero comentar estos inconvenientes en
este espacio sería –indudablemente, un tema demasiado
extenso. Arriba
* Humberto
Dib es licenciado en Psicología y Mitología. |