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ESCENARIO DEL AGRO ARGENTINO

Cosecha verde

Fértiles y extensos, los campos argentinos albergan, en su suelo, soja. La oleaginosa se ha convertido en el cultivo favorito en la última década, de la mano del cambio en el modelo agroindustrial argentino. En diálogo con Segundo Enfoque, el ingeniero agrónomo Walter Alberto Pengue explica el efecto de las nuevas tecnologías aplicadas al agro y por qué el monocultivo llevará al país al suicidio. “Cualquier pueblo que quiere su seguridad y su soberanía alimentaria tiene que tener diversidad”, afirma el especialista en mejoramiento genético vegetal.

Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar

“País cerealero”, “granero del mundo”, son algunos de los motes que definieron el perfil de la Argentina desde principios del siglo XX. Con una superficie de 2.791.810 km2 –sin incluir la porción extracontinental- ocupa el séptimo lugar en el mundo por su extensión. Beneficiada por un clima templado y húmedo en gran parte del territorio y sin catástrofes naturales frecuentes, la región pampeana es una de las más agroproductivas a nivel internacional.
En la última década, la aparición de un nuevo modelo agroindustrial ha transformado el paisaje de los campos y el día a día del chacarero. Según el académico Walter Pengue, aconteció un cambio muy importante en los sistemas de rotación agrícola-ganadera. “Antes se producían distintas alternativas de base agrícola y después se pasaba a la ganadería para hacer un planteo de recuperación especialmente del suelo. Ahora se practica una agricultura continua de la mano de un proceso como la siembra directa (no necesita remover la tierra) que le permite al productor tres cosechas en dos años y un cierto desahogo financiero”, sostiene.
¿Cómo definiría el nuevo esquema agrícola?
Este modelo se sustenta básicamente en la siembra directa y en la soja. Soja de primera y soja de segunda. Todos, los grandes, los chicos y los medianos productores se dedican a la soja. El problema está en que la soja, en el planteo mundial es un commoditie, es decir, un producto con escaso valor agregado y, en términos generales, cuyo precio va bajando a lo largo del tiempo. A pesar de que nosotros en este momento estemos enfrentando un “veranito”, la tendencia de la soja a nivel internacional es a la baja. Argentina se jugó por este planteo y desplazó todo su sistema productivo. Por caso, se levantaron alambrados para eliminar los tambos, los campos frutales, y otras alternativas como el girasol o el maíz. Se produjo un desplazamiento muy fuerte hacia la soja de la mano de un planteo que contempla la siembra directa y el uso de un herbicida específico que es el glifosato (ver aparte).
Entonces, ¿cree desacertada la decisión de los productores de dedicarse casi exclusivamente a la soja?
Sí. Es lo que estamos viviendo ahora: un país que en su momento fue reconocido e identificado como productor diverso de alimentos para ser hoy un país reconocido como productor de soja, y más aún de una soja que, en algunas cuestiones, a nivel mundial está siendo cuestionada por la situación de que es un trangénico.

Trasgénicos: el debate

En su libro “Cultivos transgénicos: ¿Hacia dónde vamos?”, Pengue considera que la biotecnología agrícola, especialmente a través de las técnicas del ADN recombinante, tiene una importancia estratégica para un país que como la Argentina, que sustenta su economía primaria en el aprovechamiento de los recursos naturales renovables. Explica: “Esta técnica permite, por primera vez en la historia humana, saltar el puente biológico de la evolución, y transferir genes de y entre especies totalmente distintas como una bacteria o un virus, hasta una planta e inclusive el hombre. De esta manera, es posible insertar, gen mediante, un carácter particular detectado en una determinada especie (resistencia a una enfermedad o insecto, a un herbicida, compuesto químico) en otra que no lo posee”. Actualmente, los principales cultivos transgénicos son el maíz, el algodón, la papa, el tabaco, la colza y preponderantemente la soja.
En junio de 2002, en Santa Cruz de la Sierra –Bolivia- Pengue presentó un documento en un encuentro auspiciado por Productividad Biosfera y Medio Ambiente (PROBIOMA) y la Asociación Nacional de Productores de Oleaginosas y de Trigo (ANAPO). El estudio demostró que de un de un total de 12 países sólo Estados Unidos, Canadá y Argentina poseen el 98% de toda la superficie implantada con cultivos transgénicos. En 2000, ese porcentaje significó 44 millones de hectáreas, de las cuales 38 millones fueron sembradas con semillas de la corporación internacional Monsanto.
¿Por qué existe una gran polémica respecto del uso de soja transgénica?
En Argentina se utiliza una soja transgénica que es resistente al glifosato, un herbicida. Esta es una planta que tiene incorporado ADN, es decir, aspectos genéticos de otra especie en su propio genoma, en su propia estructura y esto es algo que no sucede en forma común en la naturaleza, sino que está dirigido por el hombre. Los cuestionamientos que vienen sobre esto tienen que ver con aspectos éticos, aspectos religiosos y aspectos científicos. Y en la cuestión de los aspectos científicos es donde nosotros podemos discutir, tener el derecho a hacernos las preguntas. Y las preguntas pertinentes son: si genera algún impacto ambiental –y ya comienzan a aparecer algunos trabajos que sí lo demuestran, ya sea desde el producto transgénico en sí como de los herbicidas asociados-, cómo afecta a la biodiversidad de los sistemas productivos –también se ha demostrado y se está demostrando que los afecta-, si genera algún tipo de impacto indirecto, dentro del propio ecosistema –y también genera cambios, por caso si usted mira a la Argentina desde una foto satelital va a ver un único color, nos hemos ido casi exclusivamente a un único sistema de producción.

Abriendo surcos

La producción agrícola argentina aumentó de 26 millones de toneladas en 1988-89 a más de 63 millones en 1997-98. “Este aumento, que continúa creciente hasta ahora, se explica por el importante incremento en la incorporación de tecnologías importadas y el aumento en la superficie implantada de los cultivos base, como la soja, el trigo, maíz en detrimento de la ganadería regional”, afirma Pengue.
A pesar de la suba de la productividad, en la década pasada se materializó el fenómeno de la concentración de tierras. Entre 1990 y 1999 se perdieron más de 60 mil productores y la unidad económica aumentó de 250 a 350 hectáreas. Aunque, simultáneamente, fue desarrollándose un esquema agrícola alternativo: la autoproducción de alimentos a pequeña escala, sin utilización de agroquímicos, que permitió a los más pobres conseguir sus propios alimentos a través de su trabajo en huertas (ver aparte).
¿Cómo cree que debería perfilarse la producción agroindustrial?

Eso se define a partir de la planificación estratégica de Argentina en general y luego, en particular, de la agricultura. Fíjese el gobierno brasilero, de Lula, simplemente pidió para su gente la posibilidad de acceder a tres comidas por día. Y todo eso ya es revolucionario. Aquí nosotros tendríamos que preguntarnos si éste es el camino: una producción tan elevada de un único cultivo, de un commoditie, que está en manos en un 80 % de multinacionales que funcionan como un enclave productivo que extrae estos recursos para llevárselos a sus países de origen, y una masa pauperizada. O si, por otro lado, tenemos que traer o atraer nuevas soluciones a los pequeños y medianos productores, y su vinculación directa con los consumidores. Por ejemplo, evitando las cadenas de intermediarios, y acercar a los consumidores el producto de nuestros agricultores de una manera diferente, a través de ferias francas de lugares de sitios comunes, donde los productores pudiesen llevar su mercadería y comercializarla. Esto sucede en todo el sur de Brasil y está funcionando muy bien y, a su vez, se les daría una salida económica a los productores que desde hace varios años, vienen quebrando en sus campos, en sus establecimientos. José Martí dice algo muy claro, muy concreto y como para ponerse a pensar: “El pueblo que confía su subsistencia a un sólo producto, se suicida”. Y él hablaba justamente sobre Cuba y la producción de azúcar. Cualquier pueblo que quiere su seguridad y su soberanía alimentaria tiene que tener diversidad o tiene que tratar de lograr esa diversidad y esa diversidad la logra exclusivamente –que en el caso de Argentina es increíble que la esté perdiendo- cuando tiene una base de recursos naturales enorme y una base de recursos de trabajo y potencialidad y conocimiento de su pueblo mucho más alto que el de otras naciones del mundo. Eso es realmente un problema y tenemos el desafío de superarlo.
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