|
Crónica:
trabajadores firmes junto a su fuente laboral
Por
Segundo Enfoque
Otra vez un medio de comunicación echa
trabajadores, y otra vez el silencio. En el diario Crónica,
supuestos nuevos dueños tienen un plan para reducir el
personal en 150 empleados como mínimo, y están dispuestos a
hacerlo incluso si para ello tienen que regar el edificio con
fuerzas de seguridad privada.
Desde que Editorial Sarmiento, de Héctor Ricardo García, entró
en 2001 en convocatoria de acreedores, no se sabe quién está
al frente de uno de los periódicos más populares de la
Argentina, que tira 66.000 ejemplares sólo en Capital Federal
y alrededores, sin contar las ediciones en otras provincias.
Se estima extraoficialmente
que tiene una deuda concursal de por lo menos 90
millones de pesos.
Dos grupos extraños al negocio periodístico aparecieron como
sus propietarios en los últimos dos meses. Primero fue la
compañía de seguros Liderar S.A. la que estuvo un mes al
frente de la empresa. Tras intentar despedir (infructuosamente
gracias al esfuerzo de los empleados) a ocho choferes, y tras
eliminar una de las tres ediciones diarias, se retiró.
Entonces, tres empresarios se presentaron a principios de
agosto como los flamantes propietarios del medio. Roberto
Michetti, Raúl y Alejandro Olmos, se identificaron como dueños
de la obra social de los empleados metalúrgicos Forjar Salud,
y repartieron un volante con la composición del nuevo
directorio del diario.
Inmediatamente, se contactaron con las comisiones internas
gremiales, tanto la de periodistas como la de los gráficos. El
mensaje –según los delegados de la Unión de Trabajadores de
Prensa de Buenos Aires (Utbpa) en la compañía- fue que querían
arreglar 150 despidos a través de un proceso preventivo
de crisis y cerrar la edición vespertina. Y para convencerlos,
les contaron que en la obra social de la Unión Obrera
Metalúrgica (UOM), si bien habían echado en un principio 3.000
personas, “luego habían incorporado 4.000”.
La negativa de los delegados provocó que 34 empleados
jerárquicos fueran despedidos. En principio sólo cuatro,
apremiados económicamente, aceptaron la indemnización, que
-según los delegados- no cubría ni la mitad del total
correspondiente, sumadas las deudas existentes.
Allí comenzó la lucha, y la primera conciliación obligatoria
(medida que obliga a anular los despidos y retomar las
discusiones) dictada por el Ministerio de Trabajo fue acatada
por la empresa el 31 de agosto. Los empleados volvieron a sus
puestos por quince días, y resistieron falsas denuncias de
toma de la planta, como lo indica el acta 950720, de la
Dirección de Inspección Federal. Sobre el vencimiento de la
medida, 22 empleados más se enteraron de que no podían acceder
al diario porque habían sido despedidos.
Por eso, la noche del 13 de septiembre, aproximadamente 150
trabajadores se quedaron en el edificio para custodiar su
empleo. Ese día no se hizo el vespertino ni salieron las dos
ediciones del 14. La puerta, en la esquina de Azopardo y Juan
de Garay, comenzó a poblarse de trabajadores de otros medios,
y también de otros rubros, que se acercaron en solidaridad. En
los medios de comunicación comerciales y tradicionales, la
posible pérdida de más de cincuenta empleos no era noticia.
Alguien comenta que la competencia, el Diario Popular,
ha decidido tirar 40.000 ejemplares más.
Austero en algunas áreas, Michetti demostró que no piensa
ahorrar recursos para “sanear la empresa”. Contrató
corpulentos guardias de seguridad y los dispersó por toda la
redacción. Allí entendieron muchos qué había significado
aquella frase que en una reunión socarronamente les había
dicho: “Estamos en guerra, muchachos”.
Algunos trabajadores contaron más de cincuenta hombres
repartidos en todos los pisos. Otros revelaron que a altas
horas de la madrugada los vieron vendarse las manos,
amenazantes, y acomodarse la ropa. Para eso, debían sacarse
momentáneamente el arma de la cintura.
En la puerta había tres. En el medio, rubio (no hace falta
aclarar el porte), con traje y handy en mano, uno de los
patovicas decidía quién podía entrar o salir del edificio.
Ante el intento de entrevistar a los responsables de la
empresa, luego de una llamada telefónica, respondió: “No están
haciendo declaraciones”.
En el frente, empapelado por afiches de respaldo a la lucha de
los trabajadores y de condena al “vaciamiento” y al
“salvajismo” empresarial, comenzó a agruparse el grueso del
personal que habitualmente ingresaba en el cambio de turno.
Por las ventanas, a los gritos, y con señas a través de los
vidrios, se comunicaban quienes permanecían en su fuente
laboral con los recién llegados.
Finalmente, el personal jerárquico quedó despedido pero el
resto tiene espacio para seguir peleando hasta el 17 de
octubre. Los patovicas se fueron. Se realizó una
manifestación contra Crónica TV, el canal hermano
del diario. Una marcha de y por los empleados de Crónica
atravesó la ciudad desde la redacción hasta Trabajo.
En poco tiempo habría otra
a Plaza de Mayo.
“La empresa ha dicho que no va a volver para atrás; ellos
tienen un plan, el que nos dijeron aquél día, y van a
continuar con eso”, reconoce Nancy Acosta, correctora y
también delegada, echada y reincorporada en 2001.
Entre los 448 trabajadores del diario no hay dudas de que en
realidad, ni Michetti (el único que queda ahora tras el
alejamiento de los Olmos) es dueño de la empresa, ni García se
ha desvinculado de la Editorial.
“Nosotros seguimos creyendo y estamos seguros de que el dueño
acá sigue siendo Héctor Ricardo García; pero él, el trabajo
sucio no lo quiere hacer”, afirma Jorge Vignolles empleado de
la sección de circulación y también delegado de la comisión
interna de prensa. Además, argumenta que las autoridades
judiciales que llevan el concurso de la empresa, y que
recopilan cada movimiento allí, no recibieron hasta ahora
ninguna información que confirme el supuesto traspaso.
De confirmarse, se trataría del mismo modus operandi
denunciado por los empleados de la agencia de noticias
Infosic, cuando aseguraban que detrás de los empresarios
que sucedieron a César Mansilla éste seguía presente y sólo
esperaba que otros pusieran la cara para hacer las tareas
menos gratas. Arriba
|