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¿De quién es el pasado? 

Para poder pensar los tiempos que vendrán se requiere conocer las culturas de otras épocas. Por eso, el antropólogo investigador del Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti de la Universidad de Buenos Aires, Luis González, nos introduce a un debate para darle valor social a los hallazgos arqueológicos y no confundirlos con  simples objetos de colección.

Por Luis González*
Especial para Segundo Enfoque


A fines de 2000 y en el marco de una causa judicial, se realizó una serie de allanamientos en comercios de la ciudad de Buenos Aires. En ellos fue incautada una gran cantidad de piezas arqueológicas, correspondientes en forma principal a sociedades prehispánicas del área andina americana, incluyendo el Noroeste argentino. Los procedimientos pusieron al descubierto una extensa red de tráfico de tales bienes (incluidos en ambiguas categorías como “arte precolombino” o “antigüedades”) pero, sobre todo, dieron lugar a que algunos medios de comunicación masiva reflejaran un debate acerca del coleccionismo de materiales arqueológicos y sus eventuales relaciones con el estudio científico del pasado.
Al respecto, un primer punto es establecer algunas diferencias fundamentales entre el coleccionismo y la arqueología. Los coleccionistas continúan la tradición de aquellos anticuarios del siglo XV, cuando la “civilización” europea comenzó a descubrir que, más allá de sus restringidas fronteras, existían pueblos con ideas, costumbres y tecnologías diferentes. Los testimonios materiales de esos pueblos, al ser expropiados de sus contextos, se transformaban en “cosas” preciadas que certificaban la amplitud de los intereses (disfrazados como culturales pero fundamentalmente económicos) de sus nuevos propietarios, los coleccionistas. A partir del siglo XIX y en el marco de la expansión del modelo capitalista y de las concepciones del evolucionismo unilineal, la transferencia de los bienes desde aquellas sociedades “periféricas” hacia los países centrales entrañó un pesado significado simbólico: no sólo se trataba de rapiñar los recursos naturales de las colonias sino también de apropiarse de su cultura y de su pasado, plasmados en objetos.
Los museos fundados en las grandes capitales europeas de aquellas épocas, (el British Museum, por ejemplo) constituyeron las máximas expresiones del afán coleccionista y de la ideología subyacente. Además de erigirse como templos del saber, eran verdaderos monumentos que proclamaban la supremacía de la sociedad industrial por sobre los pueblos inferiores que no habían encontrado la llave del progreso. En los museos se almacenaban, a modo de trofeos, materiales exóticos, extraños, poseedores de una salvaje belleza, provenientes de lugares lejanos y misteriosos. Al mismo tiempo, la exhibición narraba una historia: la de la evolución de la humanidad, desde el atraso hasta el escalón más alto de la civilización, encarnada, claro está, en la sociedad que se arrogaba el derecho de poseer y exhibir tales materiales. 
Con diferencias de escala, los museos nacionales repitieron el esquema. En nuestro país, la fundación del estado republicano implicó trazar un límite entre el pasado salvaje y natural y el presente civilizado y progresista. Museos como los de ciencias naturales de Buenos Aires y La Plata fueron los encargados de coleccionar objetos pertenecientes a los pueblos indígenas que habían ocupado el territorio para presentarlos al público ilustrado. De hecho, las instituciones financiaban expediciones que partían hacia lejanos paisajes, como la Patagonia y los valles semiáridos del Noroeste, con la implícita misión de reunir piezas para nutrir las vitrinas de exhibición. De tal manera, la historia prehispánica quedaba encerrada y reducida a tales piezas: el vidrio de las vitrinas operaba como demarcador de la alteridad, separaba la barbarie de la civilización.
Durante el tumultuoso siglo XX, estos acercamientos a las sociedades del pasado y sus bienes materiales fueron erosionados en gran medida. Mucho tuvo que ver la consolidación y el desarrollo de la arqueología como ciencia. Ya no se trataba de juntar objetos antiguos. El desafío era (es) conocer los modos de vida de la gente que pobló el planeta en tiempos remotos y reconstruir sus historias, detectando y explicando los cambios en su organización social, política y económica. Para ello, los arqueólogos carecen de documentos escritos. Sólo pueden valerse de los restos materiales que llegaron hasta nuestros días, enterrados en las arenas del tiempo. Estos restos no consisten únicamente en piezas enteras: por lo general se trata de fragmentos, a veces minúsculos. Tampoco hablamos de “bellos” objetos: tan importante como las vasijas cerámicas delicadamente pintadas son los restos de alimentación abandonados en los basureros. Y, sobre todo, la información relevante se obtiene no tanto del objeto aislado sino del contexto en que se encuentra, es decir, de las relaciones que mantiene con otros objetos o estructuras arqueológicas. A través de estos principios fue posible rediseñar los museos de forma tal que dejaran de ser un muestrario confuso de materiales sin historia para convertirlos en ámbitos en los cuales el pasado podía revivirse, como parte significativa de nuestro presente. 
El cambio de orientación tuvo respuestas políticas, con el dictado de leyes nacionales y provinciales tendientes a proteger el patrimonio cultural del pasado. No obstante, los coleccionistas privados perduraron y dieron lugar a una compleja red de tráfico ilegal, de escala mundial y que mueve importantes sumas de dinero. En la operación de esta red, como no podía ser de otra manera, son los países subdesarrollados los que sufren la mayor sangría en sus bienes arqueológicos. En el caso argentino, un ejército informal de huaqueros (excavadores clandestinos) nutre de piezas a intermediarios que las venden -a precios a veces exorbitantes- a los coleccionistas de las grandes ciudades. Por supuesto, el valor científico de estas piezas se neutraliza al ser arrancadas de su contexto sin el mínimo registro. Pero, de todas formas, no es por el valor científico por lo que pagan los compradores. Suelen apelar, en mayoría de los casos, a criterios estéticos, refiriéndose a los objetos como ejemplos del arte precolombino. 
Queda fuera de discusión que la actividad de estos coleccionistas es una práctica  ilegal. Tampoco corresponde reducir la cuestión a una puja sectorial entre coleccionistas y arqueólogos, como apareció planteado en algunos diarios. De mayor importancia, creo, es reflexionar sobre el status del pasado y su propiedad. En términos amplios, la alternativa del coleccionista es transformar el pasado en una mercancía sujeta a las leyes del mercado, que puede comprarse, venderse y utilizarse para adornar una pared o aplicarse a la contemplación personal. En el otro extremo, el pasado es una propiedad social, que no puede enajenarse y cuyo estudio es esencial para discutir de nuestro presente y transformar nuestro futuro.
Arriba 

*Especialista en arqueología

 

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