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DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA EN ARGENTINA

Radiografía de la torta:
cómo se reparten los ingresos

Salarios bajos y precios altos son una postal de la Argentina de hoy. A pesar del crecimiento económico, el perfil distributivo sigue siendo regresivo. Argentina, referente de equidad en la región, fue el país de América Latina que más profundizó la brecha entre pobres y ricos en la década del 90. Las causas y proyecciones de un fenómeno difícil de revertir.

Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar

Crecimiento de 8,7% en 2003, creación de casi 400 mil empleos en 12 meses, reactivación de la actividad industrial y exportaciones por 30.000 millones de dólares el año pasado, son algunos de los números que el gobierno de Néstor Kirchner enarbola como principales logros de su gestión económica. ¿Se traducen estas cifras en una mejora en la capacidad adquisitiva de los más pobres y en una distribución del ingreso más equitativa?
La brutal caída del crecimiento de 10,9%, en 2002, parece lejana en una Argentina acostumbrada a fuertes cimbronazos. Sin embargo, la reducción de los salarios reales como consecuencia de la devaluación de la moneda y la inflación –que podría superar los dos dígitos este año- afectan el bolsillo de los segmentos medios y bajos, que no recuperaron su capacidad adquisitiva al nivel de 2001.
Hoy, el salario promedio no permite solventar el costo de vida. De acuerdo con un estudio de la consultora Equis, de Artemio López, elaborado con datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), a diciembre de 2003, el ingreso promedio es de 674 pesos. Este monto no alcanza para cubrir la canasta básica total (CBT), que incluye, además de los alimentos, necesidades consideradas esenciales como vestimenta, salud, educación, entre otros. La CBT para una familia tipo de cuatro miembros fue en junio de 2004, última medición disponible, de 723,31 pesos. Esta canasta determina la línea de pobreza, lo que significa que aquellos hogares cuyo ingreso no supere el valor de la CBT es considerado pobre. Desde diciembre de 2001 -previo a la devaluación- hasta mayo pasado, la canasta básica total subió un 58,50%.

Los datos de la repartija

Argentina fue por mucho tiempo el reino de la igualdad dentro de América Latina. “A mediados del siglo XX, los sectores medios-bajos y bajos percibían la mitad del total de los ingresos y el sector más rico percibía alrededor del 20%. Hoy (los ricos) se llevan el 50%”, sostiene el presidente de Fundación de Investigaciones para el Desarrollo (FIDE), Héctor Valle, ante la consulta de este medio.

Así lo demuestran los datos
de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), elaborada por el INDEC, en base a 31 aglomerados urbanos, a mayo de 2003. El ingreso total de la población, unas 10,4 millones de personas, que percibe dinero de alguna fuente (laboral, de haberes previsionales, de subsidios o de otro tipo) es de 5.567 millones de pesos mensuales. Si ese universo se divide en dos grupos de 40% cada uno (en estadística lo denominan cuartil) y en uno integrado por el 20% de los que más ganan, se obtiene que los ubicados en la base de la pirámide reciben 168 pesos mensuales en promedio y en conjunto se llevan el 12,6% del total del ingreso. El cuartil que le sigue, con un ingreso promedio de 455 pesos, se queda con el 34%. Mientras que el 20% más rico acapara el 53,3% de la torta.
Previo a la devaluación, esos porcentajes de distribución eran del 12,8%; del 34,2% y del 52,8%, respectivamente. Eso refleja que perdieron posiciones los dos primeros cuartiles, que reúnen al 80% de la población, y que los recursos se trasladaron a los que más tienen.
Si se divide el total de la población que percibe ingresos por decil (en segmentos de 10% cada uno), los números indican que los que más perdieron fueron los trabajadores ubicados en los deciles bajos, aunque no en el del extremo, que logró una leve mejora (de 1,3% en 2001 a 1,5% en 2003). Es por eso que cayó la brecha entre los que más y los que menos ganan: el 10% más rico gana hoy 24 veces más, en promedio, que el 10% más pobre. En octubre de 2001 esa diferencia se elevaba a 27,5 veces.


Salarios por el piso

Coinciden los especialistas en que Argentina tiene un cuadro salarial deteriorado. Ernesto Kritz, presidente de la Sociedad de Estudios Laborales (SEL), explica a Segundo Enfoque que el efecto de toda devaluación es la reducción de los salarios medidos en moneda extranjera. Esto mejora la competitividad de las exportaciones pero disminuye el poder adquisitivo de los salarios en moneda local. “El impacto de la última devaluación fue similar al de las anteriores, con una diferencia importante: en 2002 la caída del salario real se produjo en un contexto de alto desempleo. Eso no ocurrió con la devaluación del 76 ni con la hiperinflación”, dice Kritz.
“En el primer semestre de 2002 hubo una caída del orden del 25% en el salario real promedio, según el Indec. Sólo a partir del tercer trimestre de ese año comenzó a estabilizarse”, describe.
De acuerdo con el índice de salarios que elabora el Indec, el nivel general de salarios correspondiente a mayo pasado aumentó 27,91% respecto de diciembre de 2001. Comparado con la evolución del índice de precios al consumidor (IPC) –que mide la variación de los precios de la canasta básica-, esto significa que todavía hay una pérdida de salario real de alrededor del 13%.
No obstante, la recuperación fue dispar. El repunte se concentró básicamente en los asalariados privados en blanco –cuyo peso en la masa salarial es del 50%- mientras que los empleados públicos y los no registrados (en negro), casi no tuvieron mejoras. Desde diciembre de 2001 y hasta mayo pasado, el índice salarial indica un incremento del 46,77% para los trabajadores del sector privado registrado; 10,48% para los informales y 7,87% para los de la administración pública.
Esto es, según Kritz, consecuencia de la política salarial que implementó a partir de junio de 2002 el entonces presidente Eduardo Duhalde y que continuó Kirchner, que consistió en aumentos de sumas fijas (224 pesos que ya se incorporaron al salario y 50 pesos no remunerativos, es decir, que no pagan contribuciones a la seguridad social) exclusivamente destinados a los trabajadores privados registrados.
Para los empleados públicos, hasta mayo pasado, el único aumento salarial post devaluación había sido la restitución, en enero de 2003, del descuento del 13% realizado previamente durante la gestión de Fernando de la Rúa. Recientemente, el Gobierno resolvió dar, a partir de junio, un incremento no remunerativo de 150 pesos para los que ganan menos de 850 y llevar hasta mil a los que ganan entre 851 y esa cifra.
Kritz rescata que, sin embargo, fue en el sector informal donde se creó mayor cantidad de puestos de trabajo: “Hay bastante más gente de la que había ocupada en empleos informales, a salarios más bajos. El producto de ambas cosas hace que la masa de ingresos de los informales también haya tenido una recuperación, no por la vía del salario sino por la del empleo”.
Según el director de la SEL, la política salarial fue, a pesar de haber generado desigualdades entre los asalariados, positiva. “Fue un instrumento de intervención que era casi el único disponible para recuperar algo del salario porque con un elevado desempleo en el sector formal, los asalariados no tenían capacidad de negociación. El Estado sustituyó esa carencia con una intervención directa”, describe. Aunque aclara que la mano estatal “ya no tiene más margen de intervención” y que, de ahora en adelante, los cambios de los salarios tienen que ser resultado de la negociación entre las partes.
En cambio, para Carlos Rodríguez, director de la Universidad del CEMA, la política de ingresos ha sido negativa. Así lo dice en un artículo de la revista Análisis, del pasado 19 de abril: “Regulaciones laborales más estrictas con penas más severas, aumentos salariales por decreto y despidos costosos, sólo logran que cada vez haya menos empresas competitivas y con empleo significativo; y más empleo en negro ubicado en microemprendimientos poco competitivos”.

Amenaza inflacionaria

En 2004, el incremento del costo de vida es una amenaza concreta. El Palacio de Hacienda pronostica una inflación anual entre el 7 y 11% y, desde enero hasta junio, el IPC registra una variación del 3,3%.

“Hemos tenido un país altamente inflacionario. En los 60, teníamos tasas de inflación del 20 o 30% anual. En los 80 llegamos a hiperinflaciones. Generalmente, la gente se olvida que también durante el primer año del gobierno de Carlos Menem tuvimos un desborde hiperinflacionario, con una tasa del 40% mensual. Y esto que estamos viendo ahora es una inflación del 10%”, explica Héctor Valle. Sin embargo, advierte: “Creo que efectivamente hay tensiones inflacionarias en el horizonte y me preocupa porque los salarios son muy bajos. A eso hay que sumarle que tenemos una estructura impositiva que es brutalmente regresiva, que se basa en el IVA. La persona que gana 150 pesos tiene que pagar por cada cosa que consume el 21%”.
Los analistas coinciden en que no habrá un estallido inflacionario pero que, por más pequeño que sea el incremento del costo de vida, golpeará fundamentalmente a los sectores de menos recursos que destinan todos sus ingresos a la compra de alimentos.
La inflación, que en 2002 trepó al 41%, no entró en una escalada ascendente porque, según Valle, cuando cayó el régimen de convertibilidad el mercado interno estaba totalmente deprimido y porque el Estado impuso retenciones a las exportaciones, y eso impidió que los productores trasladaran al precio interno todo lo que podían ganar en el mercado internacional.
La aceleración de la inflación podría ser impulsada por un factor relativamente inesperado, como la crisis energética, por la recomposición de márgenes comerciales, los eventuales aumentos de tarifas y de combustibles. Para el presidente de FIDE, las presiones alcistas responden, también, a que este es un país de fuerte concentración del poder económico y de posiciones oligopólicas. “El acero es producido por dos o tres empresas, los productos petroquímicos por una o dos, el aluminio por una, etc. Y son bienes que están difundidos por toda la cadena de valor, y en algún momento de la producción de cada bien va a aparecer el acero, el aluminio, el papel, el vidrio. Estos señores han tenido una actitud de dolarización de los precios desde el principio. Ahora estamos llegando a un punto en que están ejerciendo mucha presión”.

Perspectivas

En este escenario, las opiniones acerca de cómo mejorar la distribución el ingreso están divididas, aunque hay acuerdo en que no se trata de una cuestión a corto plazo.

Algunos sostienen que un alto crecimiento provocará un “efecto derrame” que beneficiaría a las clases bajas, mientras que otros argumentan que no basta con agrandar la torta sino que también hay que distribuirla equitativamente, para que se expanda el consumo interno y el crecimiento sea sostenible.

Para Leonardo Gasparini, presidente del
Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS), de la Universidad Nacional de La Plata, todo repunte económico después de una crisis profunda genera cambios distributivos positivos. “Si la actual recuperación se mantiene algunos años es muy posible que se vuelva a una situación distributiva parecida a la de pre-crisis, por ejemplo la de fines de los 90. Sin embargo, eso no sería un éxito demasiado grande ya que a fines de los 90 la desigualdad había alcanzado niveles record”, fundamenta.
Ernesto Kritz considera que el crecimiento es indispensable para reducir la pobreza, aunque sostiene que eso no garantiza por sí mismo una mayor equidad: “Creo que ya hay un efecto derrame importante. El modelo actual es un caso típico donde la economía crece generando mucho empleo. Necesitamos sostener un crecimiento no inferior al 6% para reducir el desempleo a un dígito en un período razonable. No hay casos de crecimiento lento donde se pueda reducir la pobreza”.

Según Héctor Valle, a pesar de que no hay datos actualizados, la participación de los asalariados dentro del producto debería haber mejorado. Aunque señala: “De todos modos, en estas cosas, los movimientos no son muy violentos, son suaves”.
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