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EL
FILM DE PABLO TRAPERO Y LAS OBRAS SOBRE LAS FUERZAS DE
SEGURIDAD
El bonaerense o cómo un
joven policía
le vende el alma al diablo
Por Fernando Perales
fperales@segundoenfoque.com.ar
Perfil
de Fernando Perales
¿Por qué no
hay filmes policiales en el cine
argentino, como los hacen los americanos, no en el sentido de
la acción y el ritmo o el suspenso e intrigas, sino en cuanto
a la construcción del policía como sujeto ejemplar para la
sociedad?
¿Por qué nuestro cine no ha creado personajes militares o
policiales que representen un símbolo de integridad ética y
humana para el resto de las personas?
La respuesta: ambas figuras han perdido con el correr de los
años, todo matiz que pueda provocar admiración o respeto
generalizado. Todo lo contrario. En el pasado, cuando la
pertenencia a las Fuerzas Armadas era un signo de distinción y
alto rango social, esa imagen fue parte del cine argentino;
pero sobre todo a partir de los últimos 30 años, ese
imaginario se fue desvaneciendo como consecuencia del papel
sangriento e inmoral que cumplieron los miembros de las tres
fuerzas durante la dictadura.
De todos modos, la pregunta sobre por qué no hay policiales es
engañosa, ya que sí hay filmes de intriga policial, con
personajes buenos y malos. Pero lo que no existe es ese
trabajo sostenido y repetido, de fuerte marca ideológica y
política que convierte a la figura del policía en un sujeto
ejemplar, digno de admiración por su valor y su compromiso con
el bienestar de la comunidad, tal como lo representan en el
cine americano no solo los policías sino los militares en
general y aún los bomberos, los cuales desde el atentado a las
Torres Gemelas han comenzado a ser idolatrados por el público
como emblemas de sacrificio y valor personal.
En nuestro cine, los personajes de militares y similares han
sido atacados y degradados como muestras cabales de
brutalidad, criminalidad y abuso de poder.
Desde La Patagonia rebelde y otras, hasta el caso más
reciente de la película de Juan José Jusid, Bajo bandera,
inspirada en el caso Carrasco, el cine argentino ha enjuiciado
y criticado tanto a policías como a militares.
Sin embargo, y en oposición a este cine anti-militar, durante
la década del setenta, en sincronía y simultaneidad con el
comienzo de la Triple A en 1974 y más tarde acompañando el
desarrollo terrorista del Proceso, se llevó a la pantalla una
variante del género de los uniformados bien argentina,
encarnada por los comandos o agentes secretos, como los
célebres “Superagentes Delfín, Tiburón y Mojarrita”, que
debían atacar y desarticular bandas criminales que llevaban a
cabo las más variadas e inverosímiles operaciones delictivas.
A pesar de su inverosimilitud y tono cómico funcionaron como
un reflejo deformado, pero reflejo al fin de algo que sucedía
fuera de la pantalla.
El bonaerense
Buscando respuestas a esta cuestión, podemos
ver El bonaerense, la segunda película de Pablo
Trapero.
¿Una película policial? Una película sobre la policía o sobre
la experiencia humana y moral de ser policía en la provincia
de Buenos Aires, que despliega un retrato humillante de los
miembros de la alguna vez denominada “mejor policía del
mundo”, según el ex gobernador (y luego ex presidente) Eduardo
Duhalde.
Estrenada en la segunda mitad de 2002, El bonaerense
recorre el periplo desafortunado de Zapa, un sencillo
cerrajero del interior del país, que debido a su complicidad
en un robo, se ve forzado a inscribirse en la policía para
eludir un futuro proceso judicial.
Pasado de edad para el ingreso, obtiene la entrada a la
academia por un arreglo espurio que realiza un amigo de su
tío, policía también. Paralelamente al inicio del curso en la
academia, le dan un trabajo de meritorio pobremente rentado en
una comisaría, donde toma contacto con la faena real de la
vida policíaca. La simpatía de un subcomisario que se
convertirá en su padrino, le brindará mejores condiciones
laborales y de vida, que deberá retribuir en el futuro con
creces.
Ya convertido en agente, vivirá un apasionado y conflictivo
romance con su antigua instructora de la academia, realizará
operativos, presenciará casos de gatillo fácil y cobrará
coimas en diversos ámbitos.
Desilusionado y abrumado por la evidencia de la corrupción,
tras recibir una medalla al valor luego un confuso episodio,
volverá a su pueblo natal: el antes pequeño ladrón, ahora se
ha convertido en honorable policía.
La Pasión (de Zapa)
Sin duda el cadete que sueña con hacerse policía apenas
intuye la verdadera dimensión de la labor que está a punto de
cumplir.
“-¿Ud. sabe donde se mete? ¿Esta seguro de que quiere ser
policía?”
Es la pregunta que le hace a Zapa el comisario cuando
nuestro héroe pide ser admitido en la fuerza. La pregunta
expone el desconocimiento para el que está afuera, sobre lo
que sucede allí adentro y nos hace intuir la gran valentía o
la falta de escrúpulos que se debe tener para sobrevivir
dentro de “la bonaerense”.
La película muestra el mundo detrás de las puertas de la
institución. El pasaje de Zapa por la fuerza nos permite
conocer junto a él, un mundo decadente, inmoral, siniestro y
corrupto.
Zapa entra por casualidad, para salvarse de una posible
condena por cómplice de robo. Sufre la experiencia de ser
policía. Sobre el final de la historia Zapa pide que lo
cambien de circunscripción, demostrando que hay quienes
aguantan y soportan el ambiente de corrupción y otros que no
resisten y pretenden alejarse del modus operandi de la vida
policial y de su cadena de pequeños y grandes hechos
delictivos.
Una doble y mala educación
Parte de la película muestra el período de formación de
Zapa dentro de la academia de policía, mientras que al mismo
tiempo conoce cuál es el otro lado del trabajo policial:
arreglos bajo cuerda, participación en el circuito de las
pequeñas y las grandes coimas. Aprende lo legal y practica lo
ilegal; roba, recibe coimas y atenciones, infringiendo todas
las normas establecidas como si no fuera policía.
Dentro de esa preparación extra que recibe, se inicia en el
respeto hacia el oficial superior que alguna vez tuvo una
atención amable hacia él cuando aún no era nadie. Es la que
podríamos llamar “la lealtad en la cadena de favores”. Esto se
ve claramente en el vínculo mutuo y solidario que mantiene
Zapa con su comisario superior, quien por ejemplo, le ha
brindado un arma reglamentaria cuando no la tenía y quien le
consiguió su primer sueldo, cuando la burocracia se negaba a
dárselo.
El vehículo con el que cuenta éste para disponer del favor y
la servidumbre de su subalterno, es favorecerlo, protegerlo,
adoctrinarlo de modo que se genera en él, la obligación de
devolver los favores que lo sujetan a la órbita de su poder y
reduciéndolo casi a la función de servidor de sus caprichos.
Testigo mudo y cómplice de los delitos de su jefe, vive bajo
la amenaza de ser castigado, pagando la traición, en los casos
extremos, con su pobre vida desgraciada.
Un ámbito de inútiles
Son repetidas las ocasiones en que se escucha “son
unas larvas”, “Ud. es un inútil” y cosas por el estilo. Lo
extraño es que a pesar de esa comprobación, esos inútiles
sigan realizando su trabajo. El ámbito policial y el político
también parecen sustraerse a la lógica que impera en cualquier
otra organización, en la que los ineptos son desplazados de
sus puestos para darle espacio a los más capacitados.
Dentro de esa línea, el film muestra el rápido ascenso de Zapa
a estamentos cada vez más elevados dentro de la comisaría en
la que esta consignado, cuando uno percibe que no es una
persona preparada para cumplir con el cargo que le han
asignado. Esos ascensos y la creciente confianza que genera en
su comisario se deben justamente al respeto de ese código que
relaciona al padrino poderoso con su protegido, el cual sabe
que no puede fallarle a su superior, aunque quizás no se
sienta del todo capacitado para responder a tal demanda de
obligaciones, como lo está Zapa, quien acepta con dudas las
mayores responsabilidades que le da el comisario. Aún cuando
solamente debe continuar con el cobro de las coimas a diversos
personajes.
La tradición y la herencia de la corrupción.
Cuando Zapa asciende dentro del escalafón de la comisaría, se
convierte en el encargado de tener que pasar a recoger las
coimas que deben pagar todos aquellos que realizan prácticas
ilegales y quieren seguir realizándolas.
De pronto, Zapa se vuelve poderoso al heredar ese puesto,
dejado vacante por otro, que al igual que él ahora, disfrutó
en su momento la sensación de ser poderoso, solo en virtud de
ocupar ese lugar. Instancia sin nombre propio, otorga poder
aún al más inepto de los policías.
De cómo Zapa le vende el alma al diablo.
Fausto moderno, la necesidad de hacerse fuerte dentro de la
policía lo lleva a Zapa a venderle el alma al diablo, al
diablo de la corrupción que está encarnado por el comisario de
la sección, el cual lo seduce con ciertos beneficios que le
hacen más grato el trabajo pero convirtiéndolo en su esclavo,
involucrándolo en un funcionamiento inmoral y mafioso del cual
no puede salir sin el riesgo de perder la vida.
Virtudes y méritos
Una de las virtudes de El bonaerense, es la
de eludir la casi insalvable necesidad de que algún personaje
precise el sentido de la historia o que esclarezca las
motivaciones que llevaron a tal o cual personaje a hacer lo
que hizo sin dejarle espacio al espectador para que pueda
formarse una idea propia.
Esta característica compartida con algunos de los grandes
filmes argentinos de los últimos años, como por ejemplo Un
oso rojo, Bolivia, La niña santa o
Historias mínimas acaba con esa soberbia verbal de cafetín
tan propia del cine argentino más conservador y deja que la
acción plena se explique, se enrede y se dilucide gracias a su
propia dinámica y que sea el público el que deba cerrar el
significado de las mismas.
Esta actitud lacónica del guión y de su parte dialogada, va de
la mano en este caso de la propia parquedad de Zapa, como si
éste fuese incapaz o quizás no tenga espacio o interlocutores
apropiados para comentar lo que pasa en su interior o de lo
que percibe de su entorno de trabajo, otorgándole a la trama
un fluir constante de las acciones que le da la prioridad al
que ve para que forme el sentido de la narración.
Como todo buen guión, hace gala de una cuidada economía
expositiva de los pormenores de las acciones y por ende de los
sujetos que se construyen a partir de esos actos.
Nada sobra o para decirlo de otra manera, cada elemento, cada
figura, cada momento tiene un justificativo y un por qué. Al
igual que la paciencia del espectador, el tiempo en el cine se
agota, por lo cual el período de exposición debe se
aprovechado sin malgastárselo en escenas que nada aportan al
progreso narrativo del film.
Trapero sabe con justeza qué es lo que quiere comunicar y ha
construido las escenas precisas, para dibujar el perfil de la
policía bonaerense y de qué manera los miembros de la fuerza
siguen adelante por inercia dentro de ese marco de corrupción
y abandono moral, o asustados y desilusionados abandonan el
barco o eligen zonas sin tantas complicaciones para continuar
su labor de policías.
Acerca de cómo el cine permite pensar la realidad
Podríamos coincidir con las corrientes estéticas que
concluyen que el cine refleja lo que existe fuera del
pantalla, haciendo la salvedad de que muestra cosas que hemos
visto muchas veces pero en las cuales no nos hemos detenido a
pensar, y que gracias al film se produce una actualización de
ese mundo que ahora se hace asequible al pensamiento y la
reflexión.
Un film me permite pensar lo que hasta ese instante no había
pensado. Realidades con las que yo no estoy en contacto
directo -como la vida policial por ejemplo- y a las cuales
puedo acceder en mi relación con el cine, como punto de
partida para construir una mirada sobre la realidad.
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