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ENTREVISTA:
ESTEBAN MAGNANI, AUTOR DE "EL CAMBIO SILENCIOSO"
Crónicas
del trabajo recuperado
Luchar y producir. Eso es lo que hicieron miles
de trabajadores de fábricas quebradas o vaciadas, desafiando
prejuicios sociales y obstáculos legales y económicos. El
periodista Esteban Magnani expone en “El cambio
silencioso” la realidad cotidiana de las empresas
recuperadas relatada por sus propios protagonistas. Lejos de
constituir una visión romántica y exclusivamente teórica
del fenómeno, el libro propone un discurso posible. En diálogo
con Segundo Enfoque, el autor analiza la relación de
las fábricas recuperadas con el resto de la sociedad, con el
Gobierno y menciona cuáles son los principales desafíos.
Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar
Se acercó a los obreros de las empresas recuperadas por
trabajo. Naomi Klein y Avi Lewis, dos periodistas
canadienses críticos del capitalismo y referentes de la
antiglobalización, lo convocaron para filmar un documental
sobre las expresiones sociales que emergieron en estas
tierras, en los últimos años. Desde enero de 2003, en su rol
de productor, acompañó a la pareja en su recorrido por
piquetes, asambleas y fábricas recuperadas. Y se inmiscuyó
en un mundo que, según él, “tocaba de oído”.
Tras seis meses de intensa investigación con los
documentalistas, Esteban Magnani decidió plasmar en un libro
su visión sobre ese fenómeno inédito que había conocido,
vivido y palpado: los trabajadores que se hacían cargo de
empresas quebradas. Es así como nació “El cambio
silencioso”, editado por Prometeo, el primer estudio que
aborda con profundidad la lucha por la conservación del
empleo desde adentro de las fábricas.
¿Cómo fue la experiencia y el trato con los trabajadores?
Es gente es muy abierta. Son tipos que no están, en un
principio, para nada conscientes de lo que hacen. No son
militantes trotskistas, ni mucho menos. Hay algunos que
votaron a Menem en las últimas elecciones. ¿Qué es lo que
pasa? Ellos sufren un proceso de vaciamiento, de quiebra, en
el cual se dan cuenta de que van a perder su trabajo. Perder
el trabajo era terminar de morir.
Entonces, empieza a correr la bola de que se puede recuperar
las fábricas. Durante todo el proceso de recuperación, que
puede llevar un año, los trabajadores están embolados,
cagados de hambre, están peleándola dentro de la fábrica.
Cuando uno se acerca, lo que necesitan es charlar, hacer
catarsis. Cuando empiezan a producir, eso cambia, se cansan de
que todo el mundo venga a ver a los “monitos de feria”.
Pero en ese tiempo, vos te enterás de toda su vida y te la
cuentan mientras se pasan tardes esperando que el juez pase
tal resolución, para luego poder hacer tal cosa, etc.. Es
desgastante.
Ahora el proceso se aceitó un poco porque los jueces saben
que esto existe pero al principio el juez les decía: “¿Uds.
están delirando? ¿Dónde se vio que una fábrica pueda estar
manejada por los trabajadores?”. Ésa es la sensación del
90%, ahora cada vez menos, de los jueces, la sociedad, etc..
Ahora va lentamente cambiando, aunque la mayoría de la gente
cree que todas las fábricas recuperadas son Brukman, en el
mal sentido. Mediáticamente Brukman es una fábrica donde hay
conflicto y hay trotskistas que lo único que quieren es hacer
bardo y pedir plata al gobierno.
¿Por qué crees que el fenómeno de las fábricas
recuperadas es el único que sobrevivió y fue creciendo a
partir de diciembre de 2001?
En eso soy totalmente marxista. La base de toda la lucha es la
producción. Si no tenés un sustento productivo, sostener la
lucha se te hace imposible. Por ejemplo, nadie dependía de
las asambleas barriales de clase media. Terminaron luchando
por cosas que son, en última instancia, accesorias. Por un
lado, las asambleas luchaban para no pagar la deuda externa,
para cambiar a la Corte Suprema de Justicia, etc.. Y en su
momento no lo lograron. Eran objetivos para un bienestar
general, no era algo concreto que consigo para mí y mis compañeros.
Una forma de vida necesariamente implica un trabajo. La lucha
de las asambleas estaba totalmente escindida de la forma de
vida. Me parece que eso inevitablemente lleva a que los que
están menos convencidos de la lucha se empiecen a alejar. Por
ejemplo, un tipo se está cagando de hambre y tiene que elegir
entre ir a la esquina a charlar -en muchos casos a hacer
catarsis con tus vecinos- o laburar. Si sos un burgués de
Barrio Norte, te vas a la esquina tranquilo, no tenés ningún
apuro. En cambio, los trabajadores tenían hambre, no les
quedaba opción.
Además, en la misma dinámica de las fábricas recuperadas
-que es la de discutir, tomar las decisiones y votar-, el
trabajo que ellos hacen cotidianamente, implica un cambio de
mentalidad, un cambio ideológico y una apertura a un montón
de cosas que nunca habían tenido tiempo de reflexionar.
En el libro remarcás que las empresas recuperadas son autónomas.
En algún momento, se dijo que las asambleas barriales fueron
“aparateadas” por partidos de izquierda. ¿Hubo ese
intento con las fábricas recuperadas?
La autonomía es más una expresión de deseo que una realidad
universal. Creo que la independencia y la autonomía son una
ventaja adaptativa. Las empresas recuperadas que cedieron
poder a gente que venía de afuera o a las organizaciones,
terminaron con mucho más quilombo que las otras. Porque lo
que saben hacer los trabajadores es laburar, entonces cuando
se meten en el laburo poco a poco van transformando su ideología,
se hacen más solidarios. Pero cuando son piezas de un ajedrez
más grande, los usan mucho. Ése es un riesgo muy grande. Que
hay “aparateadas” y que a algunas fábricas las usaron, es
así.
También hay muchas luchas internas. Venimos de 10 años de
menemismo, de egoísmos muy profundos. No hacen falta ni “aparateadas”,
porque las mezquindades humanas más aceptadas en nuestra
sociedad generan divisiones. Aparte este país es un
territorio de conspiracionistas. Todo el mundo ve
conspiraciones por todos lados. Por ahí te ponés a rascar un
poquito y ves que lo que hay es un conflicto, no es una
conspiración, no vino el diablo y le compró el alma a tres o
cuatro. Son conflictos y formas de ver las cosas.
Para analizar el fenómeno adoptás la postura teórica
marxista que sostiene que las relaciones materiales determinan
las sociales, operan sobre la conciencia. ¿Qué cambios
percibiste a partir de la nueva organización de la producción?
Un ejemplo muy claro es FORJA San Martín (Nota de la R:
empresa metalúrgica recuperada). Los capataces de la fábrica,
los que mandaban, siguen siendo parte de la cooperativa. Ahora
son todos iguales, sin embargo, queda la tradición de que los
capataces eran los que sabían y los que mandaban. En la dinámica
misma del trabajo, se dan cuenta de que el otro no tiene una
autoridad superior dada por dios, sino que a lo sumo tendrá o
no razón. En la nueva forma de trabajar, inevitablemente el
obrero se va revalorizando porque su voto cuenta, porque toma
decisiones. Se considera un actor no simplemente un objeto al
servicio de otro.
Tampoco soy un marxista ortodoxo que dice la economía,
solamente la economía. Pero sí la praxis, que es la economía
pero con un sentido más social; es decir, cómo hacés el
trabajo, cómo te relacionás con tus amigos, etc.. Que la
parte más importante de la praxis cotidiana de nuestra
sociedad es el trabajo, no me cabe la menor duda. Pero no es
solamente el trabajo la praxis.
Piqueteros, sindicatos y corporaciones
Existe dentro del mundo de las denominadas “empresas
recuperadas” una marcada heterogeneidad. Según Magnani,
esta característica lejos de debilitar al fenómeno, lo
enriquece.
Algunas fábricas establecen estrechos lazos con diversos
sectores de la sociedad, mientras que otras permanecen
aisladas.
Hay dos “movimientos recuperadores”. Por un lado, el
Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER), que
encabeza Eduardo Murúa, y el Movimiento Nacional de Fábricas
Recuperadas por los Trabajadores (MNFRT), liderado por Luis
Caro. ¿Qué diferencia a estas agrupaciones?
Si comparás los listados, hay fábricas que están en los dos
movimientos. Y no es porque estén mintiendo sino porque los
tipos no discriminan, no sienten ninguna división.
Hay uno, el MNFRT, que tiene una tendencia a concentrar más
el poder con fines más políticos y más personales pero eso
es muy difícil de evaluar.
En el otro, MNER, hay una lucha más de base porque los
trabajadores recuperen su fuente de trabajo y, eventualmente,
hagan el camino que lleve a la patria socialista, pero no se
puede forzar. Están tan desbordados tratando de abrir fábricas
que lo otro va a tener que ocurrir solo.
¿Cómo es el vínculo entre los trabajadores de las
empresas recuperadas y otros movimientos sociales?
Es complejo. Por ejemplo, FORJA San Martín es una isla que no
tiene contacto con nadie. Los tipos la pelearon tan solos que
ahora creen que no le deben nada a nadie y probablemente sean
muy poco solidarios, más allá de que la persona que los ayudó
del movimiento hace una lucha constante para que creen lazos
sociales. Además, esa es una herramienta de autodefensa. Como
el caso de IMPA, donde abrieron un centro cultural para que no
los desalojaran, porque cuanta más gente haya yendo y
viniendo, más lazos sociales se generan y están más
protegidos. Es una decisión estratégica.
Los de FORJA San Martín lo hicieron solos porque están
rodeados de villas, lejos de la Capital, y su pelea es mucho más
egoísta, no tienen ningún contacto con los piqueteros. Es más,
cuando hay actividades o ven que FORJA aparece en
documentales, o van las Madres de Plaza de Mayo, se indignan,
piensan: ¿qué tienen que hacer acá?
Tenés el caso de Unión y Fuerza, la primera fábrica
expropiada. Están produciendo a full, cobrando muy pero muy
bien. Ellos lo hicieron solos porque no existían movimientos,
nada, y ellos igual sienten una responsabilidad, porque son
referentes. Lo que le dicen a las otras empresas es que no se
metan en política, porque los políticos vienen a usarlos, a
poner sus banderas. Y, al mismo tiempo, son solidarios.
El caso extremo es Zanon. Produciendo a full, 100%, genera un
excedente mensual de 2 o 3 millones. Ahora estarán
produciendo al 20 o 30%. Con ese dinero financian proyectos
del MTD, están tratando de abrir Cerámicas del Valle, de
ayudar a la sociedad. Están creando una especie de mini
Estado paralelo que financia hospitales, crea trabajo, da de
comer.
¿Y la relación con los piqueteros?
En algunas fábricas recuperadas, hay un vínculo pero no es a
través de los partidos políticos, como en Brukman. En
Brukman, en las jornadas de lucha había muchos piqueteros
porque estaban muy vinculados a los partidos de
izquierda.
Los piqueteros tienen que arrancar de mucho más abajo, porque
un trabajador tiene una inversión de capital enorme en
maquinaria, que tiene que poner a funcionar. No digo que sea fácil,
pero arranca de más arriba. El piquetero tiene que
encontrarse camino desde más abajo. El problema que tiene que
enfrentar es lograr la subsistencia de su propia gente –con
planes sociales, emprendimientos productivos- porque sino se
deshace, desaparece. Tiene una lucha mucho más complicada y
también hay mucha diversidad. Algunos tienen políticas
clientelares y otros que están haciendo cosas muy genuinas y
desde muy abajo. Tienen una dinámica y objetivos distintos.
¿Cuál fue la reacción de las grandes corporaciones ante
el fenómeno de empresas recuperadas?
No las ven como una amenaza real. Podría ser simbólica. Los
únicos que proponen boicots son los ex dueños. Por ejemplo,
el caso de Luiggi Zanon. Algunas fábricas recuperadas tienen
clientes que son multinacionales. Dicen: “¿Qué fábricas
producen envases de aluminio? ¿Cuál es la más barata? IMPA.
Ah, pero es una cooperativa. Qué, importa. Es la más barata
y los productos son buenos”.
Aún siendo así, el mensaje es que los trabajadores pueden
conducir las fábricas...
Eso le puede joder más al que tiene una visión política. El
empresario se levanta a la mañana, mira el debe y el haber, y
no necesariamente ve todas las implicancias políticas. Evalúa
variables económicas. De alguna manera, es como la
contrapartida del obrero que ve que se va a quedar sin
trabajo, no ve la implicancia de la lucha contra la propiedad
privada.
También están los grupos como Techint, que ellos sí saben y
dirigen la política nacional. Pero las fábricas recuperadas
son insignificantes, es más, deben creer que es imposible que
se desarrollen. Es como un león yendo a atacar a un ratón
antes de que crezca.
¿Cuál fue el rol de los sindicatos durante la lucha por
la recuperación de empresas?
En general jugaron un papel bastante triste porque son
representantes de la vieja política. Hay honrosas excepciones
de sindicatos que participaron activamente y motivaron la
recuperación de fábricas. Pero en la mayoría de los casos,
el discurso de los sindicatos cuando las fábricas quebraban
era: “Bueno muchachos, esto no es posible, déjense de
joder, agarren la indemnización”. Arreglaban con la
patronal, trataban de aplacar.
Los retos
¿Qué es básicamente lo que piden los movimientos de
empresas recuperadas en relación a la legislación?
Lo que piden es una modificación de la ley de quiebras, por
la cual automáticamente una fábrica quebrada puede quedar
bajo control de los trabajadores. Igual hay un riesgo muy
grande, que no sé si es bueno hablar de él. Pero si vos hacés
que las fábricas quebradas pasen a manos de los obreros, podés
tener boicots de los trabajadores para que la fábrica quiebre
con una maniobra tan turbia como la que hacen los dueños
ahora. Digamos, la clase obrera tampoco es Heidi. Hay
sindicatos metidos, hay de todo, pueden utilizar eso en
beneficio propio. Ahora no, porque se mete el que no tiene
opción, pero si la facilitás demasiado, corrés un riesgo
serio. Pero estamos a años luz de eso.
¿Qué opinás de la política del gobierno de Néstor
Kirchner hacia las empresas recuperadas?
Para mí, Kirchner todavía es un enigma. Muchas veces caigo
en sus garras y digo este tipo está haciendo un montón de
cosas. Le podemos criticar todo lo que no está haciendo, pero
uno viene desde tan abajo que con que se hagan algunas cosas
–que a veces no superan lo discursivo- piensa “ah, puedo
leer el diario y que no me dé tanto asco”.
Kirchner propuso un subsidio a las fábricas recuperadas que
Luis Caro aceptó y Murúa no, porque cree que es un gesto
simbólico que no sirve para nada, que los están usando para
ganar rédito político y hacerse los revolucionarios. Caro lo
aceptó y recibió plata para el movimiento, que le permite
financiarse.
Sé que discursivamente dijo que iba a apoyar a las empresas
recuperadas. En Entre Ríos, hay intereses de recuperar una fábrica
en la que hay empresarios importantes y él decidió darle
apoyo a los trabajadores. Kirchner claramente no es (el líder
de Compromiso para el Cambio Mauricio) Macri ni (el
gobernador de Neuquén Jorge) Sobisch. Pero tampoco tiene
una política realmente activa hacia las empresas recuperadas.
¿Cuáles son los desafíos que tendrán que enfrentar las
empresas recuperadas?
No transformarse en empresas organizadas
piramidalmente para beneficios de unos pocos. Confío en que
el mismo proceso de lucha que vivieron, les impida que eso
vuelva a ocurrir. Que nunca deleguen ni una mínima cuota de
poder en nadie.
El riesgo es que se transformen en peones dentro de un ajedrez
político más grande. Que sean usados por Kirchner, por líderes,
por partidos políticos. Creo que el proceso de lucha es una
barrera que los protege y que cuanto más duro haya sido,
menos van a confiar en nadie. No confiar en el sentido de
entregarse con las manos atadas, pero sí confiar en el
sentido de igual a igual.
Es fundamental que conserven la autonomía. Eso impide el
control, aumenta la diversidad. Lo veo en términos
darwinianos, cuanto mayor diversidad hay, más posibilidad de
que alguno haga el camino correcto y que sirva de inspiración
para los demás.
Por último, lo más importante es que sigan produciendo. Si
todos fueran cientistas sociales o politólogos, probablemente
se la pasarían discutiendo. Arriba
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