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LULA CONDUCE BRASIL

¿El tornero del establishment?

De ser cabeza de un nuevo tiempo en América Latina, parece convertirse en otro “líder pragmático” felicitado por los mismos que le temían en la campaña electoral. En los ocho primeros meses de mandato, la desocupación tocó un techo histórico y la recesión se hace notar. Sin embargo, Lula goza de una alta popularidad y toma las medidas que piden “los mercados”. Vibraciones dentro del Partido de los Trabajadores.

Por Jairo Straccia
jstraccia@segundoenfoque.com.ar

Que era un clon de Hugo Chávez y Fidel Castro. Eso decían sus detractores en plena campaña electoral, hace un año. Ocho meses de Luiz Inácio Lula da Silva en el poder y una sorpresa: del tornero revolucionario al pragmático líder al estilo socialdemócrata europeo.
Una fluida relación con George W. Bush, elogios desde el Fondo Monetario Internacional (FMI), una huelga de los empleados públicos integrantes del Partido de los Trabajadores (PT) y una silbatina durante un Congreso de la Central Única de los Trabajadores (CUT) son síntomas de que el rumbo económico de la administración Lula ha dejado boquiabiertos por doquier.
En tanto, al mismo tiempo en que la actividad económica muestra índices en picada y un desempleo por las nubes, la mayoría de las encuestas marca un fuerte apoyo a su gestión y hace tambalear la esperanza de muchos de encontrar en el ex metalúrgico un freno al neoliberalismo de los noventa.
Con más de 50 millones de votos a favor, Lula comenzó su gestión el 1º de enero de este año. De la mano del vasto espectro del PT arribó al Palacio de Planalto generando grandes expectativas en los sectores más relegados de Brasil, y en aquellos movimientos populares que lo habían tenido como aliado durante toda su trayectoria como dirigente gremial.
Sin embargo, lo que desde el establishment hasta el Movimiento de los Sin Tierra (MST) creían que era un discurso económico distinto, se está amoldando cada vez más al rumbo existente hasta el punto de suscitar elogios de dónde se esperaba oposición y abucheos desde donde se aguardaba respaldo.


Inflación-desilusión


En los dos primeros meses, Lula hizo de la lucha contra la suba de precios una bandera de su gobierno. Se estipulaba un Índice Nacional de Precios al Consumidor Amplio (IPCA) de entre 30 y 40 por ciento al año y se temía una hiperinflación.
“La herencia recibida”, dijeron en el oficialismo y decidieron aplicar una suba de la tasa de interés Selic (indicadora para todo el país) para evitar un supuesto estallido en las góndolas aún a sabiendas de estar ahogando al resto de la economía. Dicen algunos manuales que a mayores tasas, menos crédito y posible recesión.
Dicho y hecho. Habiendo asumido con una tasa del 25 por ciento anual, en enero el Comité de Política Económica del Banco Central (Copom) decidió aumentarla en 0.5 por ciento y más tarde en junio, llevarla al 26.5. Las medidas adoptadas por el organismo liderado por Henrique Meirelles llamaron la atención por lo ortodoxas pero confirmaron el disgusto que muchos tuvieron cuando un ex presidente mundial del Banco de Boston era designado al frente de la autoridad monetaria.
La inflación cedió. En julio último tuvo una variación del 0.2 por ciento, según informó el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). Las proyecciones para todo 2003 se sitúan ahora entre el 6 y 7 por ciento y la sonrisa aumenta en aquellos rostros habituados a negociar con el FMI: el acuerdo vigente hasta diciembre habla de un 8.5 por ciento para todo el año. Hasta julio, dicen los datos oficiales, se acumuló una inflación de 6.85 por ciento.

Lo que podría haber sido un logro económico de Lula, no pudo presentarse como tal, porque a la par se registraban índices negativos en el resto de la actividad económica. El Producto Bruto Interno (PBI) –indicador macroeconómico muy tenido en cuenta en los grandes centros financieros- mostró una caída desestacionalizada en el primer trimestre del año de 0.1 por ciento y en el segundo de 1.6. El ministro de Economía, Antonio Palocci atinó a decir: “Creo que en el último trimestre del año las cosas van a mejorar. Este año fue una año de ajustes debido al peligro de la inflación”.


Del fisco al fiasco

Los primeros pasos de Lula cambiaron la “incertidumbre” agitada por “los mercados” durante la campaña, por una “confianza” creciente de parte de ejecutivos y financistas. El impulso que dio al proyecto de reforma previsional (ver aparte) aún a costa perder algo de estabilidad en su partido, terminó de seducir al sector financiero.
Ni qué hablar cuando Lula superó el pedido hecho por el FMI y se comprometió a llegar a un 4.25 por ciento del PBI de superávit fiscal primario en 2003. Esto significa que Brasil deberá tener entre los ingresos y los egresos (sin tener en cuenta pagos de intereses de deuda externa) una diferencia positiva muy fuerte para afrontar sus acreencias con el exterior.
En cifras redondas, el cronograma de vencimientos de Brasil, indica que deberá afrontar en total este año pagos por 35900 millones de dólares, en 2004, 39100 millones, para 2005 la cifra pasará a 28100 millones, y en 2006 los pagos serán de 26700 millones de dólares.
Al mismo tiempo, según el diario Folha de San Pablo, el gasto público entre enero y abril ascendió al 10.4 por ciento del PBI mientras que un año antes, aún con Fernando Henrique Cardoso como presidente, era del 11.8 por ciento del PBI.
El éxtasis de los sectores más conservadores acrecentaba las dudas entre quienes esperaban una agenda más popular de Lula. Con la mirada puesta en el déficit fiscal, poco se podría destinar a programas sociales. Y para colmo, las cifras seguían siendo alarmantes.
Mientras que en el segundo trimestre la producción industrial caía 3.7 por ciento y las ventas del comercio minorista lo hacían en 5.57 para todo el semestre, el desempleo marcó en junio su récord histórico: 13 por ciento. Y aunque luego en agosto hubo un pequeño recule (se ubicó en 12.8 por ciento), nadie pudo ocultar que en los primeros seis meses de la administración de Lula –que prometió que para 2006 nadie pasará hambre en Brasil-, 443 mil personas se sumaron a la categoría de “desocupados”.

“Compañero Bush”

Ya parecen chistes aquellos vaticinios desde algún documento del gobierno estadounidense que hablaban del “eje” Lula-Chavez-Castro. El primer mandatario brasileño es hoy el más “pragmático” de los presidentes latinoamericanos, y se ha ganado elogios que lo dicen todo.
En abril, los ministros de Finanzas del G7 emitieron un comunicado para poner en relieve “las sólidas medidas de política macroeconómica y las ambiciosas reformas estructurales que las autoridades brasileñas ponen en marcha”. Por aquellos días, se hacía eco también el economista jefe del FMI, Kenneth Rogoff, otro de los que trabajan de subir o bajar el pulgar a las economías del mundo: “Hay que reconocer que la administración de Lula reclutó un equipo de economistas de elite”, aseguró.
El titular del FMI, Horst Köhler, agregó, desbordante, en referencia a Lula: “Está seriamente comprometido a trabajar duro para orientar su política a favor del crecimiento y de la igualdad social”, sostuvo, al tiempo que se mostró exultante porque ve a la reforma fiscal y a la de la seguridad social “a la cabeza de sus prioridades”.
Teniendo en cuenta el interés de Estados Unidos en encontrar un apoyo en la región para ir por el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), la embajadora estadounidense en Brasil, Donna Hrinak subrayó la coincidencia entre la Casa Blanca y Planalto: “Lo que Brasil persigue hoy es exactamente lo mismo que EEUU busca, una región democrática, con mercados libres, más equilibrio y justicia social”.

Continuará

Mientras que el gobierno de Lula no ha podido acelerar su plan “Hambre Cero”, que busca aunar todos los planes sociales para brindarle 20 dólares por mes de ayuda por lo menos a la mitad de los 54 millones de pobres que hay hoy en Brasil, la medida más audaz en dirección a generar empleo ha sido un plan de obras públicas.
Concentrado en infraestructura y energía, el llamado Plan Tetranual (PPA, su sigla en portugués) consistirá en obras por 60 mil millones de dólares durante los cuatro años de mandato. Aunque en 2003 sólo se han invertido, según cifras extraoficiales, 2000 millones, la inversión pública será un tema de discusión con el FMI en los próximos días, cuando Lula se ponga a negociar un acuerdo para el resto de su gestión. El organismo considera como un “gasto” toda intervención estatal, y no precisamente una “inversión”.
En tanto, hasta aquí, se ha concretado un aumento del salario mínimo de 200 a 240 reales para el sector privado y del uno por ciento para todo el sector público.
Asimismo, recientemente se ha presentado el primer presupuesto de esta administración en el Congreso. Guido Mantenga, ministro de Planeamiento, aseguró al presentar las cuentas para 2004: “Los ministerios van a tener un poquito más de dinero, pero no mucho más, porque el apriete fiscal continuará”.
Según los papeles oficiales, se espera que el fisco tenga ingresos por 136 millones de dólares, esto es un 23 por ciento del PBI, siempre y cuando salga del Congreso una reforma tributaria que también promueve Lula. El superávit fiscal primario se quedará en 4.25 por ciento del PBI, y deberá estar aportado en un 2.45 por ciento por el gobierno central (14371 millones de dólares), en un 1.05, por los estados y municipios y en un 0.75 por ciento, por las empresas públicas.
Aunque muchos sectores de la izquierda brasileña y latinoamericana se sientan “traicionados”, se han dado a conocer muchas encuestas que mes a mes marcan aún un alto grado de popularidad del mandatario entre la población. El último sondeo del mes de agosto del Instituto Sensus, difundido por la prensa argentina, arrojó que el 76.7 por ciento evalúa positivamente la imagen de Lula y que el 48.3 aprueba su gestión de gobierno. Además, el 55 por ciento considera que el rumbo económico es el correcto y el 28.3 lo desaprueba.

A fines de agosto Lula dijo estando en Caracas, al lado de Chávez:
“Nunca me gustó ser rotulado como de izquierda”. Más allá de discursos, las medidas hasta aquí adoptadas hacen pensar una gestión tironeada entre el reclamo de los movimientos populares disgustados y los estratos conservadores conformes pero demandantes. Arriba

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