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Libertad de prensa e hipocresía
Por
Segundo Enfoque
En
nuestro país, han proliferado quejas por una supuesta falta de
libertad de prensa desde que asumió la presidencia Néstor
Kirchner. Aunque algunas voces de alerta deben ser atendidas,
el reclamo por un mejor ejercicio de la libre expresión hecho
por las empresas periodísticas más grandes del país esconde
-las más de las veces- presión por beneficios empresariales.
Todo empezó en octubre del año pasado. La líder de Afirmación
por una República de Iguales (ARI), Elisa Carrió, que con su
fuerza de centro izquierda terminó tercera en la última
contienda electoral, acusó al kirchnerismo de cometer
“pequeños avances” contra el periodismo y advirtió que eso
podría convertirse en violaciones más claras a la libertad de
prensa. Carrió se refería específicamente a comunicaciones
telefónicas de altos funcionarios del Poder Ejecutivo Nacional
a celulares de periodistas de distintos medios, para hacerles
observaciones sobre lo que habían escrito o dicho en sus
medios.
Luego, en marzo pasado, la Sociedad Interamericana de Prensa
(SIP) –que engloba grandes empresas periodísticas de todo el
continente- se hizo eco en su Reunión de Medio Año, en Los
Cabos, México. “Se registra un grave atentado a la libertad de
prensa cuando desde la Presidencia de la República algunos
funcionarios presionan a través de llamadas telefónicas a
medios de comunicación y periodistas que critican al
gobierno”, sostiene el único párrafo referido al tema en todo
el informe sobre Argentina.
A su vez, en abril de este año se produjo un entredicho entre
dos ministros del Gabinete Nacional y la entidad que nuclea a
la corporación periodística del país, la Asociación de
Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA). El 14 de ese mes,
ADEPA emitió un comunicado manifestando “preocupación por
reacciones ministeriales”. Aludió a las “desafortunadas
declaraciones” del ministro del Interior, Aníbal Fernández,
(había cuestionado al diario La Nación por una
entrevista al ex presidente Carlos Menem) y a la “inaceptable
actitud” del jefe del Palacio de Hacienda, Roberto Lavagna,
(había criticado la tarea informativa de Marcelo Bonelli en el
diario Clarín). Lavagna respondió tras el comunicado:
“La prensa no es una vaca sagrada; tiene las mismas lacras y
virtudes que otros sectores”.
Oficialmente, el titular del Comité Federal de Radiodifusión (COMFER),
Julio Bárbaro, respondió a través de este medio, en su edición
de abril de 2004, que las denuncias sobre presuntos “aprietes”
a periodistas eran una “imbecilidad folklórica”. “Cada vez que
yo me senté con uno de los acusadores y le pedí un dato, el
dato nunca existió”, bramó Bárbaro con su habitual elocuencia.
En primer lugar, queda claro que el Gobierno no debe llamar a
ningún periodista de ningún medio para observarle nada sobre
lo que haya dicho. Sí, es cierto que un llamado o un mensaje,
aún en tono cordial, entre risas, que cuestione el contenido
de un párrafo de un artículo escrito por un periodista puede
no representar un hecho grave de cercenamiento de libertades.
Pero según la experiencia del trabajador de prensa o de
acuerdo con su carácter, esto puede llegar a influir en sus
futuros reportes, inclusive generando actitudes de
autocensura. Así y todo, nadie puede afirmar honestamente que
este sea “un grave atentado a la libertad de prensa”. Más
bien, son torpezas típicas de funcionarios que rozan la figura
del “piojo resucitado”.
Pero atención. Esto no significa que Argentina sea la panacea
de la libre expresión. Todo lo contrario. Y sí, es el gobierno
el gran cómplice y promotor de ello, mas no por un llamado
telefónico. No hay ni habrá libertad de expresión en la medida
en que los medios de comunicación estén hiper-concentrados y
el gobierno lo tolere, apañe y profundice a cambio de la
obsecuencia editorial generalizada, que también retribuye con
grandes fardos de publicidad oficial.
De esta forma, son hipócritas las empresas periodísticas
cuando se quejan, por ejemplo, a través de la SIP. En el mismo
informe que tiene tres líneas de cuestionamientos al supuesto
“maltrato” de periodistas en Argentina, se hace una
descripción de cuánto han caído las ventas de ejemplares de
diarios, hay un lamento por el retiro de beneficios
impositivos para el sector, conocidos como “planes de
competitividad”, así como también se hace explícito el pedido
de que el aporte patronal vuelva a ser tomado como crédito
fiscal del IVA. Y además, se pide ayuda para afrontar las
grandes deudas fiscales de los medios.
Por último, también son hipócritas los funcionarios del
Gobierno, que critican, se quejan y despotrican contra
periodistas rasos por algún titular que no les cae en gracia,
cuando en realidad su propia administración tiene acuerdos
evidentes con los principales medios de la Argentina, y se
beneficia de ello, con el ocultamiento de los temas que la
incomodan y con la instalación de la agenda en la opinión
pública según sus intereses. Arriba
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