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TRES
SEMANAS EN LA ISLA
Imágenes
de un viaje a Cuba
En febrero último, una
cronsita de Segundo Enfoque estuvo en la tierra de
Fidel Castro y vivió el día a día de los cubanos. Una
narración con las impresiones personales de la visitante, un
registro de los diálogos y las sensaciones. Con la Revolución
renaciendo en cada edificio y en cada conversación, un aporte
sincero acerca de la vida cotidiana en el comunismo, en pleno
siglo XXI.
Por
Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar
Buenos
Aires, Lima, Quito, San José de Costa Rica, San Salvador, La
Habana. “Bienvenidos al Aeropuerto Internacional José Martí”,
anunció el capitán de la tripulación tras 15 horas
vuelo.
–¿De dónde viene? ¿Cuál es el motivo de su viaje? ¿Tiene
conocidos aquí? ¿Dónde se va a hospedar?- interrogaba,
implacable y seria, una funcionaria del Ministerio del
Interior.
Tomé un taxi. Era de noche y la ciudad estaba tranquila, vacía,
oscura.
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Viva
el socialismo. Ahorre energía. Señores imperialistas no les
tenemos absolutamente ningún miedo. Che Guevara, guerrillero
heroico. Cuidemos a nuestro país. Libertad a los 5. Elián es
cubano. Cuba es socialista. 45° Aniversario de la Revolución.
Carteles, pintadas, carteles, banderas.
Nada para comprar. Los letreros no venden, no dicen “llame
ya”, no reflejan figuras esbeltas, con escasa ropa y pose erótica.
Los tipos de las fotos son barbudos, rudos, hasta parecen
sucios.
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A
partir de 1991, con el desmoronamiento de la Unión Soviética,
Cuba perdió a su principal socio comercial y político.
Disminuyó la ayuda económica, la asistencia militar, el
abastecimiento de petróleo y de otros bienes importados.
Fidel Castro pidió al pueblo paciencia, sacrificio y coraje
para enfrentar una nueva etapa: el “Período
Especial”.
El turismo, desde entonces, se convirtió en una de las
principales fuentes de ingreso. Los lujosos complejos
hoteleros, con restaurantes que derrochan delicias
internacionales y boutiques de marcas de primera línea, se
mezclan con la realidad austera y simple del ciudadano medio.
En el boom de turistas y la legalización del dólar
muchos cubanos encontraron una oportunidad para hacerse de
unos billetes y decidieron alquilar habitaciones particulares.
Pronto el gobierno estableció una serie de mecanismos de
control y tributos a quienes quisieran desarrollar legalmente
esa actividad. Por 20 o 30 dólares diarios, un extranjero
puede pasar la noche en una casa cubana.
–La educación es muy buena. A mi hija le encanta el colegio
y si falta porque está enferma, sigue las clases por televisión.-
contaba Marla, mientras cocinaba arroz con frijoles.
–¿Por televisión?-pregunté.
–¿Qué tu no sabes que hay un canal educativo? -repreguntó
sorprendida.
Impresiona el resultado (poco riguroso pero ilustrativo) de la
estadística casera improvisada. Cada cuatro cuadras una
escuela. El régimen es de doble turno e incluye comidas.
Elogiada hasta por organismos internacionales como la UNESCO,
la educación es uno de los pilares de la Revolución. Es
obligatoria, laica, gratuita.
Paralelamente, los estudiantes militan en organizaciones políticas.
Desde los 3 años participan en la Organización de Pioneros
José Martí (OPJM) y, vestidos con sus uniformes rojos y
blancos, repiten: “¡Pioneros del comunismo, seremos como el
Che!”. Luego, la posibilidad de integrar la Unión de Jóvenes
Comunistas (UJC) es opcional, al igual que formar parte del
Partido Comunista (PC).
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La
arquitectura de La Habana es de fines del siglo XIX y primera
mitad del XX. No hay edificios modernos, con vidrios
espejados, escaleras mecánicas (exceptuando los hoteles
internacionales, claro). Hay mansiones muy deterioradas, viniéndose
abajo que, sin embargo, están habitadas. Una prueba viviente
del barajar y dar de nuevo, de la redistribución que significó
la Revolución del 59. Los palacietes de la gente rica –que
huyó o fue condenada por traición- fueron cedidos al pueblo,
a quien lo necesitara. Hoy, muchos de los beneficiados, por
sus escasos recursos y a raíz del bloqueo económico, no
pueden mantener impolutas semejantes estructuras.
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Las
olas golpean en el Malecón. El dique marítimo de 5 kilómetros
bordea La Habana. Al atardecer, los más jóvenes se acercan
para escuchar música y bailar. Sensuales, las negras revolean
las caderas. Otros, más tranquilos se sientan y sólo miran
el mar.
–¿Por qué te querés ir?
–Porque no hay futuro, quiero ser libre. Esto es una
dictadura. Mis amigos dicen que tengo muchas cosas acá:
familia, casa, auto, estudio Derecho, no trabajo. Pero no me
importa -relataba Leo.
–¿A dónde te gustaría vivir?
–En New York o Toronto. En una ciudad del Primer Mundo.
Quiero vivir bien, mejor que acá, no me voy a ir a un país
pobre -respondió relajado.
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Pupi
y Tony, ambos de unos cincuenta y tantos años, me abrieron
las puertas de su casa, en Guanabo. El pueblo, a media hora de
la capital, tiene una playa preciosa. Durante esos días de
febrero, entró un frente frío en la isla y esa condición
meteorológica se tradujo en largas horas de charla en el
comedor.
Me contaron cientos de historias de la Revolución, del Che,
de sus vidas. Reconocen con orgullo que el socialismo trajo
igualdad social, educación, salud, seguridad. “Un líder
como Fidel nace cada cuatro siglos”, repetía Tony, un ex
militar que ahora trabaja en un taller mecánico. “Ah, habló
el fidelista”, chicaneaba su mujer. Los dos recuerdan con
nostalgia la efervescencia de su juventud. Los minutos corren,
vuelan.
–Me parece que estoy conversando con mi hija- decía Pupi,
mientras me miraba con sus ojos llorosos.
Su única hija Oxana (nombre que sólo se explica por
influencia soviética de los setentas) está radicada en España.
Salió del país legalmente, con trabajo, marido, es decir,
una situación ideal para muchos de los que ansían marcharse.
Sus padres fueron a visitarla y, a pesar de los seductores
encantos capitalistas, se niegan a alejarse de su Cuba
querida.
–Lo que me duele es que ella perdió esta casa -se quejaba
Pupi.
–¿Por qué la perdió?
–Si tú estás en el exterior y no regresas a los once meses
y un día, la ley dice que tu propiedad y bienes pasan a manos
del Estado. Mi hija vino los años anteriores, pero éste no
pudo.
En Cuba, país socialista, la propiedad privada no existe.
Pero sí hay propiedad hereditaria y ese derecho, entre otros,
es el que perdió Oxana. Además, el régimen de vivienda es
estricto: no se puede construir sin autorización estatal (ni
siquiera realizar arreglos dentro de la casa), alquilar por
completo una propiedad, vender y permutar libremente, está
prohibido poseer más de dos casas (y éstas deben estar
ubicadas en ciudades diferentes).
–Hay que establecer prioridades. Tu no necesitas tener dos,
tres, cuatro casas. Este gobierno, con todas las limitaciones
que tiene por el bloqueo, cuando consigue materiales manda a
construir escuelas y hospitales. Eso es lo que no puede
esperar -argumenta Ana, militante de la vieja guardia del
Partido Comunista.
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Camarones
y langosta. No es frecuente encontrar este platillo en las
mesas cubanas. En realidad, no es frecuente encontrarlo en
ninguna parte del mundo salvo donde abunda el dinero y sobra
ostentación.
–Esto es carísimo. Me avergüenza que preparen ésto para mí
-dije después de dar un sorbo al jugo de piña. No sabía cómo
agradecer o, tal vez, pagar ese agasajo.
–Es para que tengas un lindo y rico recuerdo de Cuba
-contestó Tony.
Como muchos otros bienes, los manjares provenían del mercado
negro. Los cubanos se manejan con la famosísima “cartilla
de racionamiento” que garantiza una canasta básica de
alimentos por persona. Todos los meses, las jefas de familia
acuden religiosamente a las “bodegas” para adquirir los
productos.
–Con la cartilla no alcanza. Tenemos que comprar en los
mercados particulares y ahí está todo en divisas (dólares
estadounidenses). Además, siempre comemos arroz con
frijoles. ¿Tu me entiendes? -protestó Pupi.
–Pero comemos siempre... -replicó el esposo.
De repente, un señor setentón, simpático, se asomó por la
ventana. Saluda y dijo: “Hoy, una bambina de 20”.
Enseguida y con indisimulable asco, me explicaron que se
trataba de Franco, un italiano que pasa largas temporadas en
Cuba para gozar de los servicios de las jineteras
(prostitutas). “Aquí, la prostitución es barata”,
sintetizó Tony.
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Santiago
de Cuba, en el extremo oriental de la isla, es mágica. Música,
santería, ritos africanos, se entremezclan con los relatos de
los lugareños sobre las heroicas batallas que emprendió el
pueblo santiaguero. Cuna de las revoluciones independentistas
(tanto del siglo XIX como del XX), la historia de la ciudad no
tiene desperdicio. El Cuartel de la Moncada –aunque suene a
recomendación turística encubierta- es un paso obligado, al
igual que probar un mojito en la Casa de la Trova.
–Así que eres de Argentina- decía Idania, dueña de la
casa en que me hospedé en Santiago. -Aquí queremos mucho a (Guillermo)
Francella, el de bigotitos, es muy gracioso.
Yo no salía de mi asombro por la fama del cómico argentino
en la isla. Después del Che, fue a la persona de las pampas
que más me nombraron.
–Hay una mujer argentina, tan bella. Una actriz de ojos
celestes, muy buena para los dramas. Me parece que se llama
Legrand, Mirtha Legrand- advertía Idania sin quitar su mirada
de sus uñas, mientras les daba la segunda mano de
esmalte.
Yo tenía la boca cada vez más abierta.
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–¿Por
qué elegiste venir a Cuba?- le pregunté a Ben, un joven
estadounidense de 23 años.
–Quiero conocer cómo es una país comunista- contestó,
todavía con problemas con su español.
–¿Qué te parece?
–Estuve un mes, me gusta (entiéndase, “gustaría”)
conocer más, pero regreso a casa en dos días. Cuba: muy
bueno salud y educación. Pero no libertad, no libertad.
–¿Tienes vuelo directo hacia Estados Unidos? -pregunté
maliciosamente.
–Nooooooo. Los americanos tenemos prohibido viajar a Cuba.
Yo paro en Jamaica. No registro que estuve acá.
Se hizo un silencio prolongado. Creo que los dos nos quedamos
pensando qué era esa cosa llamada libertad. Arriba
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