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Aborígenes
argentinos en el siglo XXI
Raíces
Para ellos el territorio no es sólo una
porción de hectáreas sino un ecosistema relacionado íntimamente
con su cosmovisión. Es por eso que la demanda por el
reconocimiento de los tierras que ocuparon tradicionalmente
constituye el motor de todas sus batallas. Suelen decir que
una lucha de quinientos años presupone muchos siglos más de persistencia. Quiénes
son, cómo se organizan y qué significa “ser indígena”
hoy.
Por
Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar
“Muy lejos de lo que se cree desde el sentido común respecto a la
inexistencia de población indígena en el país, las cifras se
están incrementando”, sostiene Ana María Spadafora, antropóloga
investigadora del CONICET (ver aparte). Según el Instituto
Nacional del Indígena (INAI) -organismo rector de las políticas
públicas sobre estas poblaciones en el país- los integrantes
de las comunidades oscilan entre 800 mil y un millón. Esta
cantidad es más elevada incluso que la de países como Brasil
donde los indígenas, hasta hace poco tiempo, apenas
alcanzaban las 550 mil personas.
Para Spadafora, esta oleada de crecimiento tiene una explicación:
“Se trata de lo que los antropólogos denominamos un proceso
de emergencia étnica, o sea, de revalorización de la
identidad cultural, que es un proceso político de carácter
no sólo local sino global”. Y agrega: “En Brasil, por
ejemplo, un estudio realizado por la Universidad Federal de
Mina Gerais ha revelado que cerca de 45 millones de brasileros
tienen descendencia indígena. Esta variación de las cifras
está vinculado con el hecho de que el reconocimiento de los
indígenas tiene que ver fundamentalmente con la identidad
cultural cuyo carácter dinámico, impide ‘congelarla’ en
la sumatoria de una serie de características particulares e
inamovibles relacionadas a un determinado pueblo o
comunidad”.
Luchas del siglo XX
A fines de su gobierno, el presidente argentino radical
Hipólito Yrigoyen intentó resolver el problema de los
territorios indígenas mediante expropiaciones. Sin embargo,
el golpe militar de 1930 echó bajo tierra esos proyectos.
Más adelante, en 1946, cuando corrían aires de “justicia
social”, las comunidades aborígenes pensaron en su propio
“17 de octubre”. Fue clave la figura del teniente retirado
Mario Augusto Bertonasco, quien trabajó con los mapuches por
sus reclamos territoriales y posteriormente se trasladó a
Jujuy y a Salta. Allí empezó a organizar lo que después
denominó “El Malón del la Paz”, una caravana que recorrió
a pie Jujuy, Salta, Tucumán, Córdoba y Rosario hasta llegar
a Buenos Aires. El objetivo de la travesía era el
reconocimiento de los derechos de los aborígenes.
La caminata partió de Abra Pampa, Jujuy, el 15 de mayo de
1946 y llegó a Capital Federal el 3 de agosto de ese año. En
un artículo publicado en el sitio del Equipo de Pueblos Indígenas,
titulado “Historias de luchas de los pueblos indígenas
argentinos”, su autor Luis Zapiola comenta el arribo: “Algunos
de ellos montados en burro, a caballo y la mayoría a pie llegó
hasta el Congreso, rodeados por hombres, mujeres y niños
de la europea Buenos Aires. Allí fueron homenajeados por el
Congreso de la Nación. Poco después reanudaron la marcha
rumbo a la Plaza de Mayo. Desde los balcones de la Casa de
Gobierno los recibieron Farrel, Perón y otros funcionarios
(...) Cuando se fueron los fotógrafos y las fiestas de
recepción se apagaron, el Estado argentino mostró su
verdadero rostro. El 27 de agosto éste decidió el regreso de
los kollas. Fuerzas de la Prefectura, obligaron a los indígenas
a embarcarse en un tren por orden del gobierno”.
Entre 1949 y 1950, el gobierno acordó con la Organización
Internacional del Trabajo (OIT) “proteger” la relación
laboral de los indígenas frente a los Aserraderos e Ingenios
Azucareros de la Argentina. Una década después, en 1959, se
aprobó y ratificó en Ginebra el Convenio 107 de la OIT,
mediante la ley 14.932, donde, según el abogado Eulogio
Frites: “Se reconoce a medias el derecho comunitario y el
penal tradicional de las Comunidades Indígenas y Tribales, ya
que éstas tienen cosmovisión y sistemas de trabajo
comunitarios diferentes de la relación laboral patrón-peón
campesino”.
A lo largo de la centuria, las reivindicaciones de los aborígenes
encontraron en los gobiernos de turno rechazos a sus pedidos,
represión y marginación. Sin embrago, paulatinamente, con un
mayor grado de organización e influencia de acontecimientos
internacionales, las comunidades consiguieron logros
relevantes.
Madre Tierra
“El reclamo de tierras es una reacción contra lo
injusto”, afirma Nina Wayta (ver aparte). La joven kolla de
24 años estudia Derecho en la Universidad de Buenos Aires y
colabora en el Equipo de Pueblos Indígenas, un grupo
interdisciplinario conformado básicamente por abogados y
estudiantes de la carrera. “No se trata de la búsqueda de
un título de propiedad por el título mismo, como se usa
ahora como un objeto de comercio, ‘yo lo tengo, lo vendo, te
lo alquilo’, sino es tener la tierra para poder desarrollar
la cultura. Sin territorio no hay un sustento, no hay un
entorno donde se puedan desarrollar culturas que se
interrelacionan con el bosque, el río, las montañas”,
concluye Nina.
Según Ana Spadafora, la reforma constitucional de 1994
significó un avance importante ya que la Carta Magna reconoció
que los indígenas estaban antes de la formación del estado
nacional. Dice el artículo 75, en el inciso 17, que el
Congreso debe: “Reconocer la preexistencia étnica y
cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el
respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe
e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus
comunidades, y la posesión y propiedad comunitaria de las
tierras que tradicionalmente ocupan (...) Asegurar su
participación en la gestión referida a sus recursos
naturales y a los demás intereses que los afecten (...)”.
Lo sucedido en 1994 es, para la investigadora de CONICET, el
resultado de las luchas indígenas que se concretaron a nivel
local como también el “eco” de procesos políticos
globales que tienen referentes claves en el Convenio 169 de la
OIT, celebrado en Ginebra en 1989. Esta normativa
internacional, ratificada en Argentina por la ley 24.071 en
1992, fue esencial para el respeto de los derechos de los
pueblos aborígenes operando como hito para los posteriores
reclamos que se dieron en la región, coincidiendo con los
procesos de democratización de los países latinoamericanos
en la década de los 80.
Por otro lado, la ley 23.302, promulgada en 1985, estableció
que los territorios ocupados originariamente por los indígenas
debían ser devueltos. En caso de que las comunidades
estuvieran emplazadas sobre terrenos fiscales, éstos debían
ser entregados directamente, y si figuraban a nombre de
particulares, debían expropiarse.
A pesar de las conquistas en materia legislativa, los
beneficios no siempre se manifiestan en el día a día. “Es
indispensable que se pase del ‘deber ser’ de las normas, a
la materialización en lo cotidiano. Por ejemplo, a veces es
difícil que a un indígena le tomen una denuncia, por eso es
importante que haya abogados de los foros indígenas cerca
para que puedan acudir en esos casos”, relata Nina.
Sin embargo, según Spadafora el problema va más allá de la
falta de efectivización de los derechos. “Hay un problema fundante entre la estructura del derecho tal como es
concebido por nuestra legislación y la manera en que las
sociedades indígenas entienden y practican su propio derecho.
Esto causa tensiones y conflictos entre ambos tipos de
legislación. Si tomamos el caso de los derechos de propiedad
intelectual, vemos una tensión irresoluble entre lo que podríamos
denominar ‘derechos de propiedad’ sobre el que se basa
nuestra cultura y los derechos culturales sostenidos en base
ya no de una propiedad concebida como privada sino como
colectiva”, argumenta la antropóloga.
En la actualidad, existen varios pedidos de devolución
de tierras encabezados por distintas comunidades en todo el país
que esperan una resolución de la justicia. Uno de los líderes
indígenas precursores en la pelea por la recuperación de los
territorios es el abogado kolla Eulogio Frites. Tras largos años
de tenacidad y resistencia, en 1994, Frites junto con un grupo
de personas consiguió que el Congreso Nacional sancionara la
ley 24.242 de expropiación de su comunidad de
Finca Santiago (Salta), con una extensión de 125.000 hectáreas.
Aunque recién en diciembre de 1999, fue finalmente entregado
el título de propiedad comunitaria.
“Soy indígena”
“Asumir la identidad cultural significa transformar un
concepto que hasta hace algún tiempo fue negativo a decir
‘bueno, sí, me asumo como pueblo indígena y sigo
adelante’. Por ejemplo, hay muchas comunidades que se
nuclean, trabajan pero todavía no terminan de asumir que son
un pueblo indígena porque se los asocia al alcoholismo, a la
vagancia, a que roban ganado y a distintos tipos de
discriminación”, afirma Nina Wayta.
El significado del “ser indígena” es una de las
cuestiones que debaten los antropólogos. En ese sentido, Ana
Spadafora considera que no se trata de una sumatoria de
determinados rasgos culturales que persisten a través del
tiempo, sino del producto de un proceso de reconocimiento
social derivado de la “relación entre un Nosotros y
Otro”. “Esta definición de lo indígena presupone que la
identidad étnica es dinámica. Es por eso que ‘ser indígena’
no es una cualidad intrínseca sino una identidad que sólo se
define por oposición a los ‘no indígenas’ genéricamente
representados por ‘los blancos’”, concluye la cientista
social.
En los últimos años, los pueblos aborígenes, además de
aumentar el tamaño de su población, han desarrollado
diferentes maneras de articularse en pos de conquistar sus
metas. Ejemplo de esto, son las actividades que desarrollan en
Finca Santiago, que van desde la ayuda
a sus jóvenes a estudiar en la secundaria y en la
universidad, la instalación de una radio comunitaria como vehículo
para la recuperación de su lengua, hasta el proyecto de
electrificar con paneles solares sus “ayllus”.
En la era de la “aldea global”, mucho se discute acerca de
cómo se ven afectadas las minorías. Para Spadafora, la
globalización no necesariamente implica homogenización, y por el contrario, considera
que puede exacerbar las diferencias. Desde esta perspectiva,
sostiene que las demandas de los pueblos indígenas son un
excelente ejemplo, dado que merced al proceso de globalización
pueden formalizar reclamos comunes a los pueblos indígenas más
allá de los estados-nación dentro de los que se encontraban
encapsulados. “Las alianzas con el movimiento ecologista y
las ONGs comprometidas con la defensa de sus derechos, son un
elemento central en la construcción de esa identidad común
de carácter transnacional que bajo el nombre de ‘Cuarto
Mundo’ intenta expresar no sólo la justa demanda de los
pueblos indígenas, también su creciente incorporación como
un nuevo actor social y político dentro del sistema jurídico
internacional”, afirma. Arriba
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