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PODER
POLÍTICO Y JUSTICIA
Corte
y confección: tribunales a medida
Una mirada retrospectiva a las relaciones entre
el Ejecutivo y el alto tribunal, permite dilucidar la endeble
línea que separa estas esferas de poder. Todos los gobiernos
quisieron una Corte condescendiente a sus aspiraciones. En
algunos casos, se designaron jueces amigos, se amplió la
cantidad de miembros, se ejerció presión, y en otros,
directamente se avasalló la institución removiendo
arbitrariamente a todos sus integrantes. Hoy, la gestión de Néstor
Kirchner anuncia un recambio: ¿el fin de la Corte adicta?
Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar
“Vengo a denunciar presiones”, afirmó el hombre, el
pasado miércoles 4 de junio por la noche. Era el primer
discurso en cadena nacional de radio y televisión del
presidente Néstor Kirchner, y duró alrededor de 8 minutos.
Ese lapso le bastó para reclamar la renovación de la Corte
Suprema de Justicia y, para eso, invocó a que los
legisladores aplicaran los mecanismos disponibles con el fin
de preservar las instituciones. En definitiva, exigió la
remoción de algunos jueces a través del juicio político
parlamentario.
El mensaje presidencial habría tenido, al menos, dos motivos.
Por un lado, las declaraciones de la máxima autoridad de la
Corte, Julio Salvador Nazareno, quien días antes, en una
improvisada conferencia, había manifestado que no pensaba
renunciar por el momento y, entre risas y chicanas, le dedicó
un “dejate de joder” a un periodista. El ex jefe de policía
de la provincia de La Rioja y amigo de los Menem devenido en
cortesano en 1990, envió una clara señal, con olor a extorsión:
“Miren qué fácil que la Corte diga un día 13%, pagá al
contado, pagá al contado, no bono, contado, devolvé la plata
ya”. Una segunda motivación del anuncio es que Kirchner tenía
información de que el alto tribunal estaba preparando un
fallo en favor de la redolarización de los depósitos de los
ahorristas particulares, a partir de la resolución del caso
testigo conocido como “Lema”.
Este episodio deja entrever la tensión existente entre
el Ejecutivo y la institución judicial, cuando ambos no están
en la misma sintonía. Una situación similar había
enfrentado el ex senador Eduardo Duhalde que, tras la eyección
de cinco presidentes en 2001, asumió, según sus palabras, el
“deber patriótico” de conducir la transición. En un
primer momento, el bonaerense apuntó directamente a la Corte
cuya mayoría había sido digitada (previa ampliación de sus
miembros) por Carlos Menem, a quien Duhalde acompañó en los
primeros años de gobierno. En aquel entonces, los jueces no
tardaron en sugerir que la gestión duhaldista podía
derrumbarse como un castillo de naipes, si salía algún fallo
en contra del “corralito”, la “pesificación”, u otras
cuestiones referentes a la emergencia económica de la
Argentina. Esto, sumado a las presiones del Fondo Monetario
Internacional (FMI), provocó que Duhalde desechara su plan.
Sin apoyo del oficialismo, el pedido de juicio político
encauzado en 2002 fracasó. Después de 8 meses de
preparativos y discusiones en la Comisión de Juicio Político
de la Cámara de Diputados, presidida por el santacruceño
Sergio Acevedo, el dictamen acusatorio se trató en el recinto
el 10 de octubre de ese año. El peronismo que había
propulsado la remoción, no encontraba palabras para
justificar por qué meses antes los ministros de la Corte eran
susceptibles de remoción por mal desempeño y en ese momento
no.
De acuerdo con la votación, el que más cerca estuvo de dejar
su sillón de cortesano fue Nazareno quien también cosechaba
el mayor número de imputaciones (44 cargos). Sin embargo, fue
el menos votado por los legisladores, Gustavo Bossert, quien
optó por renunciar. El ministro que llegó al tribunal como
consecuencia del Pacto de Olivos y formó parte de la “minoría
disidente”, dimitió por “cansancio moral”. Con rápidos
reflejos, Duhalde quiso poner su ficha en la Corte que habían
armado el ex presidente radical Raúl Alfonsín y Menem. De
esta manera, el entonces presidente provisional del Senado, el
cordobés Juan Carlos Maqueda, accedió al máximo tribunal.
Entre golpes y rupturas
La Corte Suprema de Justicia se creó como institución con la
sanción de la Constitución en 1853. Sin embargo, se conformó
y funcionó como tal una década más tarde, en 1863, con la
jura de los primeros cinco ministros elegidos por el entonces
presidente de la Nación, Bartolomé Mitre. Entre los
designados estaban Francisco de las Carreras, Salvador M. del
Carril, Francisco Delgado, José Barros Pazos y Benjamín
Gorostiaga. “Como Presidente de la Nación busqué a los
hombres que en la Corte Suprema fueran un contralor imparcial
e insospechado de las demandas de los otros poderes del
Estado, y que viniendo de la oposición dieran a sus
conciudadanos la mayor seguridad de la amplia protección de
sus derechos, y la garantía de una total y absoluta
independencia del Alto Tribunal”, declaró Mitre, cuando se
prestaba a tomar juramento a los nuevos magistrados.
Según el constitucionalista Daniel Sabsay, la figura más
destacada de esa época fue Gorostiaga, un jurista inspirado
en el ideario de Juan Bautista Alberdi. Asimismo, agrega que
estuvo a cargo de estos primeros jueces “la difícil tarea
de implementar la nueva constitución y poner en marcha las
instituciones”. [i]
Con el paso del tiempo, la doctrina de la Corte fue
transformándose y se produjo un episodio que, a juicio de los
estudiosos, dañó gravemente la vida institucional del país.
El 6 de
septiembre de 1930 se concretó el primer derrocamiento de un
gobierno civil encabezado por militares. El entonces
presidente radical Hipólito Irigoyen –que había sido
reelecto en 1928 para su segundo mandato- fue sustituido por
el general José F. Uriburu. La “Junta Revolucionaria” que
juró respetar la Constitución, disolvió el Congreso,
intervino las provincias –a excepción de San Luis y Entre Ríos-
y removió a varios funcionarios judiciales. En este marco, sólo
la Corte permaneció intacta.
Días más tarde, el 10 de septiembre, el tribunal dictó una
Acordada por la que reconocía el gobierno de facto recién
constituido y consideraría válidos los actos de esos
funcionarios. El jurista Alejandro Carrió define a esta
Acordada como un “engendro”. Opina que con esta
determinación, la Corte se apartó de la clásica limitación
que se había impuesto durante años, de no emitir opiniones
en abstracto, o sea fuera del marco de una concreta contienda
judicial. Dice al respecto: “Visto con alguna perspectiva,
pienso que eso fue un grave error, pues importó abrir la
puerta a que se legitimaran, de allí en más, las variadas
revueltas militares que signaron nuestra vida política por el
resto del siglo (...) No pretendo decir con esto que la Corte
de 1930 estaba en condiciones de hacerle frente a los
generales en una disputa física. En la mitad de una refriega,
sólo metafóricamente la pluma es mejor arma que un mazazo.
Pero sí creo que una Corte que se hubiese negado a convalidar
una revuelta militar –aún cuando ello condujese a su
inmediato reemplazo- nos habría evitado el nacimiento de
doctrinas de ‘emergencia’ de las que hoy resulta muy difícil
desprenderse. La Constitución es un pacto de convivencia en
el que las revueltas militares no tienen espacio. Pretender lo
contrario es algo así como aceptar dormir con el enemigo, con
el argumento de que estamos mejor con él que en la calle”.[ii]
De esta manera, se asienta la “doctrina de facto”
que luego avalaría los golpes militares de 1943, 1955, 1962,
1966 y 1976.
Los gobiernos y sus cortes
En la historia de la Argentina, sólo se concretó
un proceso de juicio político a los miembros del máximo
tribunal durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón
(ver aparte). Fueron imputados cuatro de los cinco miembros, y
como resultado tres de ellos fueron removidos y uno renunció.
En su mayoría, los constitucionalistas acuerdan hoy que el
proceso estuvo plagado de irregularidades. Lo cierto es que la
nueva Corte, a diferencia de su antecesora, permitió la
ejecución de las ideas del justicialismo.
En 1955, tras el derrocamiento del peronismo, los
militares de la “Revolución Libertadora” crearon y
cobijaron a su Corte adicta hasta que en 1958 asumió la
presidencia Arturo Frondizi. Sumergido en un contexto de
inestabilidad política y bajo la sombra de los sables, el
jefe de Estado decidió que elevar de cinco a siete el número
de jueces del tribunal podría otorgarle una relación de
fuerzas más favorable dentro del Poder Judicial. Fue entonces
cuando se sancionó la ley 15.271 que incorporó dos cargos más. Esa Corte estuvo presidida por Julio
Oyhanarte que, en 1962, al ser echado Frondizi le tomó
juramento al vicepresidente José María Guido.
En 1963, el radical Arturo Illia asumió como primer
mandatario. Un año más tarde, envió al Congreso un proyecto
para aumentar a diez el número de los cortesanos pero ese
plan fracasó. Hay que destacar que las excepciones en
el siglo XX a la práctica de modificar la composición de la
Corte, fueron los gobiernos de Guido (1962-1963) y de Illia
(1963-1966). Cuando en
1966 el general Juan Carlos Onganía derrocó a “Don
Arturo”, arrasó también con la Corte que sobrevivía con
miembros elegidos desde la “Libertadora” hasta Frondizi.
En 1973, con la asunción de Héctor Cámpora al gobierno, el
peronismo forzó la renuncia de los jueces de la dictadura. La
Corte que se desempeñó hasta 1976 estuvo presidida por
Miguel Angel Bercaitz.
El golpe militar del ‘76 encabezado por Jorge Rafael Videla,
Emilio Massera y Orlando Agosti, relevó a los ministros y los
reemplazó por otros que serían fieles al gobierno de facto.
El tribunal estuvo dirigido
por el administrativista Horacio Heredia hasta que murió en
1978 y fue suplantado por el entonces procurador general Elías
Guastavino. “La Corte elegida a dedo por la dictadura mostraba una cerrada
obsecuencia al fanatismo autoritario del régimen. Ese alto
tribunal no cuestionó el arrasamiento de los derechos
individuales y políticos producido entonces, ni los profundos
cambios en la estructura económica llevados adelante por el
plan de José Martínez de Hoz aunque intervino ya casi en el
final agónico del régimen luego de la derrota humillante en
la guerra por las Islas Malvinas, en 1982, en la investigación
de algunas causas de corrupción del régimen”, describe un
artículo de María Seoane y Armando Vidal, publicado en Clarín.[iii]
El tribunal en democracia
En 1983, con el retorno del régimen democrático,
era el turno del presidente Raúl Ricardo Alfonsín de
conformar un tribunal acorde a los nuevos tiempos. El radical
convocó para ocupar un lugar en al Corte a su abogado y amigo
personal, el liberal progresista Genaro Carrió. Lo acompañaron
dos radicales no alfonsinistas: José Severo Caballero y
Augusto Belluscio. También fue designado el socialista Carlos
Fayt y Enrique Petracchi. Éste último, era hijo del homónimo
Procurador General de la Nación y Procurador del Tesoro de la
primera presidencia de Perón y una vez más Procurador
General en el gobierno de Isabel, depuesto en 1976.
Las nominaciones de los candidatos a integrar la Corte fueron
aprobadas sin demasiados cuestionamientos. En el Senado, de
mayoría justicialista, hubo un apoyo unánime. En abril de
1985 se precipitó la primera baja. Carrió renunció por
razones de salud y fue reemplazado por Jorge Bacqué, un
personaje de tendencia y características intelectuales
similares.
Durante la primera época de la gestión alfonsinista, en
medio del resurgir de los valores democráticos, la
Corte asumió un activismo sin precedentes en materia de
derechos y garantías constitucionales. “Los derechos del
individuo fueron colocados por encima de las exigencias de la
seguridad nacional. Alfonsín recitaba el preámbulo de la
Constitución y la Corte hacía valer esos principios en casos
que afectaban la vida cotidiana de las personas (...). Esta
armonía universal no soportó las disonancias de la Semana
Santa de 1987”, describe el periodista de Página/12,
Horacio Verbitsky. [iv]
La amistad entre el Ejecutivo y el alto tribunal
llegó a su fin con la pretensión de Alfonsín de que la
Corte se apoderara de todas las causas de militares para
desprocesar por “obediencia debida” a los oficiales en
actividad. Con esta acción, haría un guiño a los militares
y no asumiría el costo político de no cumplir ante la
sociedad con su promesa de justicia sin excepciones ni
prerrogativas. Sin embargo, el abogado de Chascomús no logró
convencer a los cortesanos. Más adelante, Alfonsín envió al
Congreso un proyecto que aumentaba de cinco a siete el número
de ministros de la Corte. También instituía el mecanismo
denominado per saltum que habilitaba al tribunal a
saltear instancias y avocarse a causas de gravedad
institucional radicadas en tribunales inferiores.
A pesar del intento, durante el gobierno radical, la
ampliación de la Corte llegó de la mano del flamante
presidente Carlos Saúl Menem. Con una rapidez inusitada, el
riojano envió al Parlamento el 15 de septiembre de 1989 una
iniciativa que aumentaba el cupo de 5 a 9 miembros. El motivo
que exponía el jefe de Estado era el exceso de causas
atrasadas, la supuesta delegación de tareas en personal
auxiliar y la necesidad de elevar el nivel académico de las
sentencias.
El 28 de septiembre, el Senado de la Nación aprobó la ley de
ampliación. En cambio, la iniciativa quedó empantanada en la
Cámara baja, en las comisiones de
Justicia y de Asuntos Constitucionales. Recién en abril de
1990, el oficialismo logró –en una sesión cuestionada por
irregularidades- la sanción. “Fue la votación más difícil
del gobierno, que pudo sesionar con quórum estricto de 128
diputados y luego obtuvo los dos tercios de los presentes a
favor del tratamiento sobre tablas. Recién entonces entraron
los radicales, sin abandonar su propósito de dejar la sesión
en minoría”, escribe Verbitsky.[v]
En disconformidad con la ley 23.774, Bacqué
decidió alejarse. Mientras, el Presidente propuso los
candidatos a cubrir las vacantes y el Senado dio su apoyo. Con
respecto al accionar de los nuevos magistrados, sostiene
Sabsay: “A poco de andar la Corte, con su nueva
integración, (...) la denominada ‘mayoría automática’
lograda por el Poder Ejecutivo hizo que los pronunciamientos
fuesen manipulados para imponer los criterios del ejecutivo en
las principales causas –ya tuvieran éstas implicancias políticas
o económicas- a las que fue llamada a fallar la Corte; y aún
en aquellas en que, por obra y gracia del per saltum,
nadie la llamó a hacerlo. No sólo avanzó en la creación de
incertidumbre jurídica en litigios en que el Estado nacional
es parte, o donde el partido de gobierno lo es, sino también
en casos en que los intereses en juego son los de
funcionarios, sus amigos, parientes o clientes, todo ello a
través de gravísimas irregularidades”.[vi]
La nueva era
Hoy, se da por sentado el desmantelamiento de la
“Corte menemista”. Nazareno no soportó la embestida
legislativa y renunció el 27 de junio pasado. Igual
determinación tomó Guillermo López, otro integrante de la
mayoría automática, cuando la Comisión de Juicio Político
se disponía a admitir el inicio del sumario para su
enjuiciamiento, el 23 de octubre. Mientras, el dirigente de la
Asociación Argentina de Tenis, Eduardo Moliné O’Connor
adoptó la estrategia de resistencia: aprobada ya la acusación
en Diputados y suspendido en sus funciones, espera el fallo
del Senado constituido en tribunal. Todavía es una incógnita
el camino que seguirá Adolfo Vázquez, amigo personal de
Carlos Menem, después de iniciarse el procedimiento de juicio
político en su contra. A estas bajas, se sumaría la de
Carlos Fayt, quien sostuvo que podría renunciar en poco
tiempo.
Por segunda vez en la historia del país, el juicio político,
mecanismo que prevé la Constitución en sus artículos 53, 59
y 60, toma relevancia a la hora de remover a los magistrados
del máximo tribunal. Como en la época de Perón, no son
pocos los constitucionalistas que advierten acerca de la
debilidad de los cargos formulados por los legisladores. Y
que, además, señalan el hecho de que son exactamente los
mismos diputados y senadores del justicialismo los que hoy
avalan lo que ayer defenestraron.
En el marco de la designación de nuevos magistrados, el
Ejecutivo estableció el decreto 222 que plantea una
autolimitación del Presidente e indica determinados pasos a
seguir con el objetivo de transparentar el procedimiento. El
primero en “probar” tal mecanismo fue el penalista Eugenio
Raúl Zaffaroni, quien asumió en lugar de Nazareno el 31 de
octubre.
Desde esta perspectiva, el gobierno kirchnerista estaría
cerca de concretar su deseo, compartido por la mayor parte de
la sociedad, de oxigenar el alto tribunal. No hay dudas acerca
de la desaparición de la “Corte menemista”, y sólo el
tiempo dirá si eso conllevará al final de la “Corte
adicta”.
[i]
Sabsay, Daniel. “El Juicio Político a la Corte Suprema
en la Republica Argentina”. Publicado en el sitio de
Internet Historia Constitucional Latinoamericana (CONHIST)
www.conhist.org/ Sabsay%20Juicio%20a%20la%20Corte%20Suprema2.htm
- 97k
[ii] Carrió, Alejandro. “La Corte Suprema y
su independencia”. Buenos Aires, Abeledo-Perrot (1996).
[iii] “El siglo de las cortes bajo
sospecha”. María Seoane y Armando Vidal. Clarín
(29-06-03).
[iv] Verbitsky, Horacio . “Hacer la Corte”.
Buenos Aires, Editorial Planeta (1993).
[v] Verbitsky, Horacio . Idem nota 4.
[vi]
Sabsay, Daniel. Idem nota 1.
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