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CAMBIOS
EN LA ENSEÑANZA E IDENTIDAD
NACIONAL
Lecciones
de Historia
Toda
sociedad debe coincidir en un tipo de Historia, porque si no,
no es una sociedad. En eso concuerdan Olga Fernández Latour
de Botas, María Gabriela Quiñónez y Adriana Puiggrós, tres
especialistas en la disciplina. Qué versión hemos aprendido
y cómo, es una pregunta fundamental para entender la convulsión
social y política en la Argentina actual.
Por
Jesica Bossi y Jairo Straccia
jbossi@segundoenfoque.com.ar
jstraccia@segundoenfoque.com.ar
“La
desmemoria es lo que nos está matando”, reflexiona Olga
Fernández Latour de Botas, rodeada de libros y cuadros de próceres,
en la Academia Nacional de Historia. La escritora señala que
la historia nunca ha dejado de transmitirse y en eso
justamente “se basó la identidad de los pueblos”.
Distinguida con el Premio Kónex, Latour de Botas es
especialista en folklore y filología y ha publicado varios
libros sobre cantares populares y poesía gauchesca. Reconoce
que las maneras de enseñar la historia son variadas y que
responden a las necesidades y circunstancias de la época. La
oralidad ha sido desde siempre el modo de propagar
generacionalmente las raíces, las creencias y las costumbres.
Aunque la Historia como disciplina aparece de la mano del
testimonio escrito. Sin embargo, según la historiadora, “el
hecho de que fuera escrito no quiere decir que fuera más verídico
que aquél que se transmitía de una manera oral”.
La enseñanza de la Historia empezó muy temprano. Cuando la
Argentina era una colonia española, las primeras escuelas
parroquiales y la Universidad de Córdoba se encargaron de la
asignatura, pero otorgándole un lugar menor al lado de la
Teología y el estudio del Derecho.
A lo largo del siglo XIX, con la fundación de la Universidad
de Buenos Aires, en 1821, y el desarrollo escolar en los
albores de 1880, la Historia se instaló como una materia en
el currículum de enseñanza básica.
Una Historia
Es con la Ley de Educación Común –la 1420, impulsada
por Sarmiento- que queda explícitamente aclarado que debe
enseñarse la Historia patria. En ese sentido, la doctora en
Educación y Pedagogía y ex legisladora, Adriana Puiggrós,
cree que la cristalización de la Historia en los programas
escolares fue fundamental para la constitución de una versión
oficial. “Había que estudiar el mito elaborado por la
oligarquía argentina, constituido por los próceres y que
conformaba una Historia
de Bronce”, especifica al respecto.
Los principales narradores de esta corriente histórica fueron
Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, que dejaron asentados
los sucesos desde su visión particular. Puiggrós lo explica:
“Mitre es el gran historiador argentino, es la mirada de la
oligarquía porteña, donde el federalismo está subordinado
al poder de Buenos Aires”.
La investigadora de la Universidad del Nordeste María
Gabriela Quiñónez considera que esta materia se ha abordado
siempre desde una perspectiva maniquea: “Hay personalidades
ejemplares, como San Martín y Belgrano, o réprobos, como
Artigas”, advierte la autora de un estudio sobre cómo se
enseñó Historia en Corrientes entre 1880-1930. Y concluye:
“La historiografía liberal nos proporciona una visión
centralista de la historia argentina, máxime en López, ya
que su obra, titulada Historia de la República Argentina, es vista como una ‘biografía
colectiva de la elite porteña’; la historia argentina que
muestran los manuales es la que se ve cuando se mira el pasado
desde Buenos Aires”.
Cuando a principios del siglo XX Argentina se convirtió en
destino de miles de europeos, se profundizó la idea de una
identidad nacional. “Se enfatizó, pero por el borramiento,
por la negación de la identidad de los inmigrantes, así como
de las identidades populares, para imponer la identidad de
sectores de clase muy alta”, analiza Puiggrós. Considera
que existió un pacto aceptado implícitamente por los
inmigrantes, que resignaron sus historias familiares y su
tradición. Latour de Botas propone preguntarse, también, por
qué Argentina atraía a esa gente en aquél momento: “La
explicación de por qué la historia argentina sirve, es para
decir por qué atrajo a esas personas, así como ahora va a
haber que contar por qué se van”.
Historia y poder
Casi dos centurias
atrás existieron muestras de la influencia política en la
formación de una conciencia histórica. En el período de
Juan Manuel de Rosas se comprueba, según Latour de Botas, que
él “se exaltaba así mismo” y obligaba a tener su imagen
en la mesa de luz. En contraposición, luego de la batalla de
Caseros y de su caída, se tomó una postura opuesta al régimen.
Una situación similar ocurrió en la década peronista.
Latour de Botas cree que Juan Domingo Perón y Rosas lideraron
dos gobiernos personalistas con implicancia en la Historia que
se daba en los colegios. En ese sentido, Puiggrós sostiene
que se dio, durante el período de Perón, una yuxtaposición
de símbolos en los textos escolares: “Estaba toda la
iconografía liberal, esto es Mitre y Sarmiento, entre otros,
y luego se le agregan los retratos de Perón y Evita”.
La ex diputada por el Frepaso hace hincapié, a su vez, en la
brusquedad de los cambios políticos entre posturas
radicalmente opuestas (rosismo-antirosismo y peronismo-antiperonismo),
a tal punto que cree que allí está uno de los gérmenes de
la crisis actual. Por ejemplo, al caer Perón y Evita, no
fueron quitados únicamente sus cuadros de los ámbitos
escolares: “Esa historia es prohibida de una manera tremenda
porque es cercenado el lenguaje”, dice en referencia al
decreto 4161 del Gobierno de Pedro Aramburu, que impedía
mencionar a Perón.
De todos modos, la mirada de María Gabriela Quiñónez indica
que hoy no se enseña la Historia basada en protagonistas, por
lo que explica que “más que personajes difíciles de enseñar
habría que hablar de procesos o períodos polémicos, como el
yrigoyenismo o el peronismo”.
En el siglo XX, la alternancia entre gobiernos democráticos y
de facto ató los contenidos históricos a los vaivenes políticos.
Tras el golpe de Estado que derrocó a María Estela Martínez
de Perón, en marzo de 1976, se distribuyó en las escuelas un
documento titulado “Subversión en el ámbito educativo”.
Ese texto, firmado por el Secretario de Planeamiento, Gral. Díaz
Bessone, informaba a los docentes sobre los focos
insurreccionales. “Se señalaba que los jubilados, los
centros de estudiantes o cualquier asociación civil era un
sujeto de subversión; todos los docentes tenían que leerlo e
inevitablemente se filtraba en la noción de Historia”,
explicó Puiggrós.
La especialista en Educación se lamenta, además, que
previamente se había generado uno de los intentos más enérgicos
de “releer” la historia oficial: “En las décadas del
‘60 y ‘70 comienza a haber una crítica de los
historiadores y también se avanza con el revisionismo histórico,
incluso en el plano político; se plantea otra discusión”.
En esa época, agrega, la dictadura “produjo el mayor de los
daños porque la prohibición de recordar llegó al punto de
la desaparición de los cuerpos”.
De corrido, Puiggrós no responsabiliza el ciento por ciento a
las Fuerzas Armadas por lo acontecido en los 70s. Entiende que
“la sociedad admite” esa instancia porque “limpió su
memoria” y transformó en mito lo 60s y 70s. “Se dijo
‘bueno’, fue la teoría de los dos demonios y no se analizó
el origen de esa historia reciente”, sentencia.
Sin embargo, la Comisión de Enseñanza que integra Latour de
Botas junto con Enrique Zuleta Álvarez y Carlos Mayo dice lo
contrario en un informe solicitado por Juan José Llach cuando
era ministro de Educación. Asevera que en los libros de texto
hay un especial énfasis puesto en la historia reciente, a
diferencia de los manuales precedentes que no se atrevían a
abordarla. Esto obedecería a “la función de preparar al
educando para el ejercicio de la ciudadanía en el sistema
democrático”.
Problemas actuales
En ese mismo documento, presentado en diciembre de 2000, se
describe una serie de falencias en la formación de los
alumnos acerca de sucesos históricos. Allí se cita un
estudio del profesor Carlos Segreti que interpreta que el
rechazo por la disciplina que siente buena parte de los
estudiantes surge del error de confundir historia y pasado.
“El pasado es lo que pasó, lo no presente o no actual, lo
propio del ayer, lo que –por extensión- no tiene
vigencia”. En cambio, la Historia, “es lo que habiendo
sido hecho por el hombre –como individuo o sociedad- sigue
siendo en nosotros”, aclara en uno de los párrafos.
En el texto de la Comisión, el eje de las críticas reside en
la conglomeración de “retazos” de conocimientos de
Historia, Geografía, Sociología, Economía, Antropología y
Ciencia Política bajo el rótulo de Ciencias Sociales. “La
Historia no es reductible a ninguna de las otras disciplinas
vecinas; tiene su propia mirada, metodología y problemática
y debe, como aquéllas, ser enseñada en forma autónoma por
profesores entrenados específicamente para tal fin”,
argumenta el informe.
Por su parte, Quiñónez coincide en esta apreciación: “La
Historia ha perdido su carácter disciplinar, fundamentalmente
en la EGB 3, y ha quedado diluida”. A esto Puiggrós
adiciona inconvenientes más globales, como el mal desempeño
de dirigentes y de los medios de comunicación “donde hay
una gran ignorancia sobre Historia”.
Desde otro ángulo, los académicos señalan problemas
en la formación del docente, con especial ahínco en “la
influencia nociva de (...) la obsesión del ‘formalismo
pedagógico’, que al poner tanto énfasis en los métodos de
enseñanza ha terminado por olvidar qué es lo que hay que
enseñar”. Mas, Latour de Botas también atribuye a la
crisis socioeconómica dificultades en el trabajo del maestro:
“El director de una escuela secundaria, no puede estar
pensando en los contenidos de la enseñanza de la Historia si
tiene que estar viendo que se haya revisado a cada chico para
que no entre con una 32 en el bolsillo”.
Otro de los cambios en el paradigma de la enseñanza se
refiere al privilegio de lo analítico sobre lo memorístico.
Lejanos quedaron los tiempos en los que el “repetir como
loro” era indispensable para aprobar la materia. No
obstante, para Latour de Botas “los profesores se fueron del
otro lado, se han resignado a que no se tienen que saber las
fechas y los chicos ya no saben qué significa nada”. De
acuerdo con el documento, lo grave no es la falta de
conocimiento sobre hechos puntuales, sino la pérdida de noción
en los individuos de la secuencia temporal. Dice el análisis:
“La instalación del hombre en el mundo histórico es cada
vez más endeble y la consecuencia de ello es no saber donde
se está y quién se es: la desorientación, la perplejidad
existencial”.
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