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LA HISTORIA DE LA
"LESBIANBANDA"
Tambores para la
celebración lesbiana
La primera banda de percusión compuesta por mujeres
homosexuales en la Argentina está a poco de cumplir dos años
de vida. Segundo Enfoque presenció un ensayo de
la agrupación que además de música, hace política. Se
reivindican lesbo-feministas y proponen romper con la
hegemonía de la sociedad patriarcal, y todo sin abandonar la
alegría. Autogestivas y horizontales, baten el parche de la
visibilización lesbiana, para festejar que existen y son como
son.
Por
Jairo Straccia
jstraccia@segundoenfoque.com.ar
Esta nota
comienza derrotada, porque las letras nunca alcanzarán para
describir con fidelidad a la “Lesbianbanda”. La imagen y el
sonido son las principales armas de esta agrupación de
percusión lesbo-feminista que se acerca a sus primeros dos
años de vida con el objetivo de “dejar el rastro sonoro de un
recorrido alegre y visible”.
Son 16 lesbianas que “celebran la existencia lesbiana”. De
distintos países y variadas edades, estaturas, profesiones y
experiencias, ensayan todos los sábados a las 17 en “La
Salita”, un teatro under del barrio de Congreso, en
Buenos Aires, luego de haber sido expulsadas de varios clubes
y parques por hacer mucho ruido.
Es que su poder está ahí, en repicar bombos y redoblantes con
coordinación y algarabía. En ronda, los instrumentos retumban
sobre el piso de madera. Tocan tres temas en exclusivo para
Segundo Enfoque. De sus cerca de diez
composiciones, “Ojo Chito”, “La Chaca” y “Carincha”
desparraman ritmos bolivianos, chacareras, bagualas, algo de
murga y cantares de pájaros en un ambiente de baile, fervor y
mucha diversión. Según cuentan, prueban con el candombe y el
reggae, y hasta se metieron algún tango de Astor Piazzolla.
La sensación que brindan al espectador esas 12 mujeres (4
están ausentes en esta ocasión) es que se conocen de toda la
vida. Parece mentira que en el Encuentro Nacional de Mujeres
del 8 de marzo de 2004 haya sido el primer recital en público
y que el grupo se haya terminado de conformar recién a
mediados del año pasado, cuando se abrió una convocatoria
entre las seguidoras.
Son todas lesbianas, pero de ninguna manera son todas
percusionistas o músicas profesionales. “Lo que circula acá es
una actitud muy amorosa”, cuenta Ana Rubiolo, una de las
psicólogas integrantes del grupo que también incluye a
docentes, asistentes sociales, arquitectas y empleadas
administrativas (ver aparte).
Silvia Palumbo, con pelo entrecano, está a la cabeza de “la
Lesbian”, como rápidamente se acortó el nombre de la banda.
Esta cantautora bonaerense de la localidad de Lincoln
equilibra los diferentes niveles de conocimiento que hay entre
las compañeras y se anima a fusionar sones variados que
resultan en canciones, y hasta a soñar con un futuro DVD.
Mientras tocan casi no hay palabras, pero sí una profunda
comunicación que se eleva, vigorosa. La sonrisa, infaltable
eje común. Vale girar, bailar, caminar sin dirección. Cuando
el repiqueteo sobre el redoblante acelera, parece que nada las
detiene. Al término de cada canción, todas en ronda se saludan
elevando los palillos y golpeándolos repetidas veces con la
compañera del costado.
Al ritmo de la autogestión
En cuanta plaza, marcha o escenario se presenten, con sus
trajes blancos, amarillos y violetas, acaparan la atención.
Así les pasó una vez en las playas de Mar del Plata, donde lo
que era sólo un ensayo terminó convocando a una multitud que
bailó y aplaudió a rabiar. La reacción del público suele pasar
del agrado y la sorpresa, a la incomprensión y el espanto
primario. “Hay gente que se pone muy nerviosa, pero la
recepción en general es buena”, dice Palumbo.
Esa relación con el público a veces se convierte en una traba
para el financiamiento de “la Lesbian”. En la actualidad están
meditando empezar a hacer presentaciones por contrato. “¿Creés
que nos contratarían para un casamiento heterosexual?”, bromea
la esbelta y bella Soraya, y larga una carcajada.
Para comprar los trajes, pagar la sala de ensayo, mantener los
instrumentos, cubrir la movilidad y “los palitos que se le
rompen a la directora”, lanzaron últimamente una postal de
presentación que Silvia Cabrera –la indiscutida encargada de
las finanzas- venderá “a colaboración” a cuanta persona se le
cruce.
“Sostener esto es muy costoso para nosotras”, reconoce Silvia
Palumbo, pero casi en simultáneo una de las dos dominicanas de
la banda añade con voz gruesa: “También es una apuesta la
autogestión; mantener la alegría es una muestra de que el
dinero no nos limita”.
A la autogestión le intentan sumar horizontalidad. “Tratamos
de decidir todo entre todas”, coinciden, y más allá de la
dirección y coordinación musical –establecidas con fines
docentes, aclaran- se han dividido el trabajo en comisiones de
difusión, finanzas y organización, para ejecutar lo que decida
el consenso.
Militancia de imagen y sonido
Hablar de autogestión y horizontalidad no es una
extravagancia en esta orquesta de percusionistas lesbianas.
Aunque algunas –como la directora- han sido militantes, y
otras recién ahora han comenzado a practicar el activismo por
la causa lesbo-feminista, todas comparten que así como hacen
música, al darle a los parches también hacen política.
“La articulación del arte con la política es un método eficaz;
en este caso, hacemos visibilización lesbiana como objetivo
fundamental”, explica la otra oriunda de República Dominicana,
Yuderkis Espinosa. “Los tambores son una herramienta
maravillosa. Tienen una historia como símbolo de resistencia y
en manos de mujeres… es re-evolucionado”, afirma.
A la música le suman la imagen y los gestos para dar la
batalla frente a la sociedad. “En todo el mundo siempre hubo
tambores como centro de resistencia. Apropiarnos las mujeres
de los tambores y de las rítmicas, es una zona de mucha
ruptura”, agrega. Ese impacto visual y sonoro les permite
“cruzar la flecha de visibilidad lesbiana”.
“Hay una imagen que queda impregnada”, sigue Yuderkis, con
claridad académica. “Se trata de lograr gestos de comunicación
y vivencias entre las mujeres, que con el sólo verlo ya
contagia: es posible ser y ser de otra manera, ¿no? Y ser de
esa otra manera disfrutándolo.”
La pelea del lesbo-feminismo es estructural. Reconocen que se
enfrentan nada menos que a la hegemonía de la sociedad
patriarcal, y lamentan que militantes que podrían ser sus
aliadas (léase las feministas tradicionales) sólo procuren
igualar al hombre, cuando ellas proponen la construcción
mujer-mujer como una revolución más profunda (ver aparte).
Golpear el tambor es afirmar, decir que sí, bailando. Porque
la lucha de la “Lesbianbanda” reniega del “pobrecitas, estoy
con su lucha” y sostiene una “reafirmación orgullosa y alegre”
de lo que se es. Tiene que ver con un “empoderamiento”,
reflexiona Palumbo. “Una se empodera del tambor y con
él de otras cuestiones, que tienen que ver con la existencia
de ser lesbianas.”
Se avisó: por un medio escrito es imposible reflejar (aunque
no se haya escatimado esfuerzo) el espíritu de la
“Lesbianbanda”, una agrupación con su esencia en el sonido de
un tambor. “Lo nuestro no hay que ponerlo en palabras –parece
excusarnos Soraya-; somos esto, tenemos este cuerpo, tocamos
tambores, vamos por la calle y estamos contentas.”Arriba
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