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OPINIÓN

Los retos de la democracia

¿Es posible construir una sociedad que se acerque más al ideal democrático de libertad e igualdad? A través de una revisión del pasado, el sociólogo y Profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Santiago Uliana, analiza las paradojas de los proyectos que marcaron  la historia argentina. Asimismo, remarca que no es utópico pensar que podemos revertir el adverso presente.

Por Santiago Uliana*
Especial para Segundo Enfoque

La Argentina de hoy vive una difícil situación de desigualdad, fragmentación social, desmovilización, depresión y desesperanza colectiva. La brecha entre los que más y los que menos tienen parece ampliarse y estar en un punto sin retorno. A partir de este duro presente, el futuro visible se proyecta como incierto y poco prometedor. La sombra de la eterna crisis argentina ha pasado a formar parte del ser nacional, se ha instalado en nosotros y nos hemos acostumbrado a vivir con ella, porque en cierta medida ya somos ella.
Hemos desarrollado ingeniosas estrategias de vida que nos ayudan a sobrellevar el día a día, pero que, a su vez, son peligrosos mecanismos que generan apatía, resignación y falta de acción. No sé en que medida cada uno debería responsabilizarse del amargo presente, del propio y del ajeno. ¿Somos nosotros los dueños de nuestro destino? ¿O es el resultado de fuerzas ocultas que se imponen por sobre nuestra voluntad? Creo que hay algo de las dos. Nuestro pasado no tan lejano, muestra que la historia ha sido construida o destruida por hombres y que lo colectivo ha servido de marco para el crecimiento individual.
En ese sentido, nos encontramos con el proyecto peronista, que significó para una gran mayoría la posibilidad de una vida mejor, más digna, un pleno ejercicio de los derechos de ciudadano. Paradójicamente, fue el peronismo quien consiguió acercarse más al ideal democrático de igualdad por el cual se luchara con tanta fuerza durante la Revolución Francesa. Y planteo esto en términos de paradoja, porque el peronismo, como toda forma de organización colectiva en cierta media es contraria a otro de los ideales políticos por los que lucharon los revolucionarios franceses: la libertad. Profundo problema el de la democracia que pareciera no tener solución, pues cuando un proyecto colectivo aseguró la igualdad, se perdieron las libertades individuales. Pero en una coyuntura como la actual, en la que se han desarticulado muchas de las instancias de participación social que aseguraban integración e igualdad, asistimos hoy a la profundización de las desigualdades sociales y sin igualdad no hay democracia posible.
La conflictiva década del ’70 fue el comienzo del cierre de una etapa histórica; la “primavera peronista”, y con ella la posibilidad concreta de igualdad en el plano social comenzó a desmoronarse. Distintas formas de luchas, otros actores, pero los mismos ideales: igualdad y, ahora sí, libertad, traducida en la autodeterminación de los pueblos. Pese a la pureza de sus ideales, la juventud radicalizada vuelve a caer en el error de pensar el campo de la política como una relación amigo/enemigo, se enfrenta a un adversario que estaba dispuesto a todo para resguardar sus privilegios. No casualmente recogen este legado de la división del espacio político de manera antagónica e irreductible, sus padres ya se habían enfrentado entre peronistas y anti-peronistas. La juventud reconfiguró el enfrentamiento en términos generacionales, luchando por una sociedad igualitaria y equitativa en otros ámbitos que trasciendan ampliamente lo económico. Aquí vuelve a presentarse la misma disyuntiva entre el modelo de organización colectivo que tiende a suprimir la libertad o a la disgregación individualista que destruye el sueño de la igualdad pero que preserva las libertades.
Las organizaciones armadas reprodujeron la lógica contra la cual el proyecto de la juventud en su conjunto luchaba: estructura burocrática, relaciones jerárquicas, militarismo, fascismo, es decir, más autoritarismo que atenta contra las libertades individuales. Aquí surge el siguiente interrogante, ¿es posible construir una sociedad que se acerque más al ideal democrático de libertad e igualdad?. Si es posible, ¿desde lo individual o lo colectivo? Difícil tarea la de una organización que luche por un proyecto que contemple intereses tan disímiles, pero que a la vez no caiga en el autoritarismo y respete las diferencias de una sociedad plural. Por otro lado, el individualismo lleva a que los más fuertes devoren a los débiles y ahí tampoco existe igualdad y libertad posible.
La derrota de la generación del ’70 dejó profundas heridas que aun no cierran. Amarga sensación que nos hace imaginar al mercado como un poder sobrenatural que pisotea nuestras cabezas. Pensamos y hasta sentimos que hay ciertas cuestiones que exceden nuestra capacidad de acción, que contra las fuerzas infernales del mercado no se puede ni se podrá jamás. Una experiencia generacional ha quedado sepultada en el olvido, de la cual parece no haber quedado nada, pues se han encargado de borrar sus huellas. Este presente tan oscuro necesita de ese pasado luminoso, recuperar el optimismo, la participación, la acción, la sensación de que si se quiere se puede. Tomando los ideales y volviendo a generar proyectos colectivos, pero esta vez, respetando las diferencias y sobre todo sin caer en el sacrificio de la libertad en pos de la igualdad. Para esto, es necesario apoyarse en modelos de organización verdaderamente democráticos, que rompan con la lógica autoritaria de la obediencia y las jerarquías que tan enquistadas están en nuestro pasado político.
En esta sociedad desmembrada, donde la solidaridad social parece naufragar en el mar del individualismo, entendido como egoísmo, reflejado cabalmente en la frase tan argentina “sálvese quien pueda”, existe legítimamente mucha bronca y resentimiento que se manifiesta como violencia y se canaliza hacia lugares equivocados. Esta parece ser la apuesta, transformar en acciones colectivas ese descontento individual, respetando las diferencias y sin olvidar que lo social es un espacio plural.
El ideal de la democracia moderna de libertad e igualdad por el cual tanta sangre se ha derramado, tal vez permanezca en el plano de la utopía y, si así fuera, será importante el recorrido cotidiano, pero no olvidemos que el horizonte de la utopía lo fijan nuestros propios sueños.
La crisis argentina parece ser como el universo: infinito. Es el resultado de una batalla perdida, la de la lucha por la igualdad y la libertad, pero que sin duda puede revertirse puesto que fue provocada por hombres y, por lo tanto, está también en nosotros la posibilidad de revertirla. Una frase tomada del gran poeta libertario Bob Marley tal vez nos sirva para reflexionar sobre nuestras posibilidades futuras “....porque matan a nuestros profetas y miramos a otro lugar, la historia no fue escrita ya, podés cambiarle el final”.
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*Licenciado en Sociología; profesor en la UBA

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