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LOS PIQUETEROS Y LA AUTOGESTIÓN

Made in piquetes 

Guarderías, panaderías, comedores, huertas, centros de salud e infinidad de productos son el resultado de las actividades realizadas por los miembros de las organizaciones piqueteras. Como recurso para contener la protesta social y conservar la práctica clientelar, los sucesivos gobiernos han otorgado planes de asistencia a los sectores más pobres. Hoy, esos fondos se han convertido en una herramienta para el autoabastecimiento de las necesidades esenciales y el desarrollo de pequeños emprendimientos. Su lucha diaria para demostrar que sus esfuerzos van más allá de las marchas.

Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar


Desde la esquina entre las avenidas Roque Sáenz Peña y Rivadavia podía leerse un cartel que daba la bienvenida con la inscripción: “No al acuerdo con el FMI a costa del hambre del pueblo”. Había mucha gente agolpada en Plaza de Mayo. “Venga señorita, mire las bufandas que hacemos”, sugirió una mujer de unos 50 años, que vestía una remera de la Corriente Clasista y Combativa (CCC). El lunes 7 de julio el lugar histórico de la ciudad de Buenos Aires se convirtió en una gran feria. Miembros de agrupaciones piqueteras expusieron sus emprendimientos productivos.
Traje rojo, amarillo y azul. Su cara no era tan blanca como la nieve, y las lágrimas que se deslizaban por los párpados estaban borroneadas. Aunque el trajín de las marchas y de las exposiciones lo habían ensuciado, era él. Indiscutiblemente se trataba de Piñón Fijo, el payaso que se convirtió en estrella de televisión.. El muñeco era obra de la paciencia e ingenio de Ricky, un integrante de la CCC, en Glew. “Se nos paga el subsidio, y nosotros trabajamos. No es que nos cruzamos de brazos o hacemos sólo marchas”, afirmó mientras mostraba su mercadería: carteritas y gorros tejidos, posafuentes, yerberas, y, por supuesto, el Piñón Fijo casero. “Algunos nos tienen como malas personas. Pero hay que estar en nuestro lugar. Yo tengo dos nenas, qué hago con 150 pesos”, concluyó.
De fondo sonaba música tropical que alternaba, cada tanto, con folklore. El locutor del evento anunciaba: “Se incluyen en la muestra fotos de los inundados en Santa Fe. También artesanías tobas, de gente del Chaco: collares, pulseras, arcos y flechas, tejidos. Se pasarán videos sobre las distintas actividades de los desocupados y de los ex combatientes de Malvinas”. La exposición se organizó con el fin de mostrar los emprendimientos y reiterar al Gobierno el pedido de herramientas y subsidios para la producción. Por el altoparlante se ratificaron los reclamos que consisten en el aumento a $300 de los programas de asistencia social –como el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados- , y el incremento de salarios, jubilaciones y pensiones.
A estos pedidos elevados al Poder Ejecutivo, se sumaron la solicitud de indemnización para los afectados en las inundaciones de la provincia de Santa Fe, la expropiación de Brukman, Renacer y demás fábricas recuperadas y la amnistía para luchadores populares.
“Somos catorce mujeres jefas de familia y hacemos lo que podemos. Tenemos ‘roperito’, estamos mandando ropa a Santa Fe para la comunidad que está pasando un mal trance como nosotros. Pero nosotros aunque sea tenemos un pedazo de pan, pero allá hay algunos que no”, sostuvo Eva, habitante de La Matanza, uno de los más populosos partidos del conurbano bonaerense. Además de vestimenta, en su rincón exponía todo tipo de adornos: “Trabajamos con lo que encontramos: botellas, trapitos, plástico. Esto lo vendemos. Después, reunimos plata para comprar materiales”.
Rodeada de afiches acerca de la prevención de enfermedades e información sobre la desnutrición, Norma comentaba el modo de trabajo en José León Suárez. “Nos reunimos en una de nuestras casas, en 9 de julio y Alfonsina Storni, para revisar a los chicos de la zona. El doctor Sícaro, un pediatra del Hospital Fleming –en Márquez-, nos ayuda. Y en caso de detectar una patología, o que no están bien alimentados, enseguida los mandamos a tratar”.

Pico y pala

Abundaban en la feria fotos de hombres y mujeres trabajando la tierra, recolectando frutas y verduras. Una típica lámina escolar de la huerta “El Semillero”, en el barrio 17 de Octubre, decía: “Somos un grupo muy unido de compañeros que cobramos el Plan Jefes y Jefas de Hogar, con nuestra lucha diaria tenemos nuestras propias herramientas y a nuestro barrio lo mantenemos limpio para mejorar la calidad de vida”.
Por su parte, Mariela colabora en “La Lechuguita”, en Glew. “Lo que obtenemos es para autoconsumo y también para vender. Al principio empezamos con pocas herramientas, después fuimos comprando algunas nuevas. También hacemos artesanías que las vendemos a los compañeros, en el barrio”, cuenta.
Desde hace más de una década, algunos sectores de la sociedad impulsan la autoproducción de alimentos. Uno de los programas de seguridad alimentaria dirigido a la población en situación de pobreza que comenzó a desarrollarse a partir de 1990 es el Pro-Huerta, cuya ejecución técnico-operativa está a cargo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). El objetivo es la obtención de alimentos frescos mediante la realización de huertas y granjas de autoconsumo a nivel familiar, escolar, comunitario e institucional. El Pro-Huerta, según las estimaciones del año 2002, facilitó la autoproducción de alimentos en todo el país a 2 millones 500 mil personas mediante 400 mil huertas y granjas familiares, más de 5 mil huertas escolares y 2 mil comunitarias.
En el distrito de La Matanza este emprendimiento ha recibido un fuerte incentivo y actualmente hay casi 130 huertas comunitarias. Los técnicos del INTA son los encargados de la capacitación y, a través del Pro-Huerta, se proveen las semillas. Los cultivos son orgánicos, y de la producción total, el 50% se distribuye entre los integrantes del grupo de trabajo, que pueden comercializarla si lo desean, y el otro 50% se destina a los comedores populares.

Proyectos propios

La desindustrialización y el crecimiento del desempleo fueron los dos disparadores que contribuyeron a la intensificación de la protesta social. Ante este cuadro y para contener la demanda de la población, la gestión de Carlos Menem, en su segunda presidencia, decidió implementar un conjunto de planes de empleo denominados Planes Trabajar.
El documento “Trabajo, dignidad y cambio social”, elaborado por la Coordinadora Aníbal Verón y otras organizaciones populares, describe: “En principio los planes estaban destinados a tareas municipales: zanjeo, construcción de veredas, cuando no para arreglar unidades básicas del Partido Justicialista. A través de la lucha logramos la autogestión, para definir nosotros las tareas a realizar, proyectos propios, que no dependieran del municipio, o del puntero de la zona. Evitamos así la intermediación de los municipios y quedó el control directo de los planes de empleo en manos de los trabajadores desocupados. Nuestra idea es que los emprendimientos deben beneficiar a todo el barrio y no solamente al que pudo acceder a un plan”. Más adelante, con el gobierno de Eduardo Duhalde, apareció otro subsidio que otorga 150 pesos a los beneficiarios, el Plan Jefes y Jefas de Hogar, con las mismas características que el anterior.
En ese sentido, los planes arrancados al gobierno con los piquetes –cortes de ruta e interrupción del tránsito- son administrados de forma autónoma y permiten el desarrollo de proyectos productivos y de asistencia comunitaria, como las guarderías, los comedores y las bibliotecas populares.
Según la socióloga Maristella Svampa, autora junto a Sebastián Pereyra del libro “Entre la ruta y el barrio”, la metodología de los bloqueos del tránsito tuvo enorme importancia para fortalecer a las nuevas agrupaciones. En un artículo publicado en el diario Página/12, Svampa sostiene: “Los cortes de ruta consolidaron la idea de que otra identidad –y otro destino– era posible para quienes habían perdido su trabajo y habían visto interrumpida su carrera laboral. El nombre ‘piquetero’ representaba una alternativa para aquellos para los cuales una definición, como la de desocupados, les resultaba intolerable. Especialmente para quienes habían sido trabajadores, la posibilidad de nombrarse ‘piqueteros’ tuvo un poder desestigmatizador. Así, un nuevo motivo de dignidad –que entonces reemplazara la perdida dignidad del trabajo– podía comenzar a buscarse”. Arriba

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