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La amenaza de los pulpos mediáticos

Por Segundo Enfoque

Hay un debate que nunca surgirá ni será fogoneado por los grandes medios de comunicación y que mucho menos provocará alarma en la atareada Sociedad Interamericana de Prensa (SIP): ¿qué riesgos tiene para el público la concentración de empresas periodísticas en pocas manos? ¿Cómo pueden influir los conglomerados mediáticos en los gobiernos de turno?
No es un tema nuevo. Ni un llamado de atención que nunca hayamos realizado. Pero, en 2004 el jefe del Comité Federal de Radiodifusión, Julio Bárbaro, afirmó en este medio que uno de los problemas que le preocupan es la concentración de medios y que buscará modificar la actual normativa. Sin embargo, terminó el año y en lo que va de la gestión de Néstor Kirchner –sobre cuya relación con las empresas periodísticas hemos hablado mucho- el panorama no varía y amenaza con perpetuarse o sólo cambiar de jugadores.
La transformación del espectro de medios en la Argentina se dio en 1989, a partir de la modificación de la ley de radiodifusión (22.285), sancionada 1980, durante la última dictadura militar. Cuando gobernaba de Carlos Menem, se introdujeron cambios en los artículos 45 (inciso c) y 46 (incisos a y c) que permitieron a una misma empresa poseer medios gráficos, radiales y televisivos (canales de aire y de cable).
A principios de la década del 90, la privatización de los canales de aire fue encabezada por capitales nacionales provenientes principalmente del sector gráfico. De esta manera, los canales de aire 11 y 13 pasaron a manos de los grupos editoriales Atlántida y Clarín, respectivamente. Este cruce entre el sector periodístico y el audiovisual fue el puntapié inicial para la formación de grandes conglomerados.

Mapa mediático

Hoy, las empresas dominantes en el mercado son el Grupo Clarín y Telefónica
de Argentina S.A. El primero es el principal holding del país. En gráfica, es propietario de los diarios Clarín (el de mayor tirada nacional), Olé y tiene participación en periódicos provinciales como La Voz del Interior –Córdoba- y Los Andes –Mendoza-; también controla Papel Prensa, que tiene el monopolio de ese insumo; y de la Agencia Diarios y Noticias (DyN). En el área audiovisual, posee Canal 13, Volver y Todo Noticias (TN); y las radios Mitre, Cadena 100 y Cadena Top 40. También tiene inversiones en Multicanal (servicio de TV por cable), telefonía celular e Internet.
En tanto, Telefónica incursionó primero en el sector de telefonía básica y luego en la adquisición de medios de comunicación. Actualmente, es dueña de Telefe, el canal líder en audiencia; de Radio Continental, una de las más escuchadas, y tiene acciones en Torneos y Competencias, entre otras empresas. A diferencia de Clarín, la mayor parte del capital es de origen extranjero, específicamente español.
Además, hay otros grupos de medios que ejercen una notable influencia pero que tienen una participación menor en el mercado. Tal es el caso del Grupo Uno, de Daniel Vila y José Luis Manzano, que controla diarios y canales del interior; y de las empresas de Carlos Ávila (accionista de América TV, Torneos y Competencias, radio La Red) y de Daniel Hadad (propietario de Canal 9, Infobae y las radios 10, Mega y Amadeus).

Los peligros

“Es difícil que exista concentración de la propiedad de medios sin uniformidad del mensaje”, sostiene Damián Loreti, abogado y director de la carrera Comunicación Social de la UBA, en “Derecho a la información” (Editorial Paidós, 1995). Y ése es justamente uno de los principales e inevitables riesgos de la conformación de compañías periodísticas con posiciones oligopólicas.
A pesar de que los medios de comunicación, según la ley, tienen una función social y prestan “servicios de interés público”, son también empresas comerciales que buscan maximizar ganancias y reducir pérdidas. Esta disyuntiva hace que muchas veces prime el interés económico antes que el derecho a la información de los ciudadanos.
A medida que un multimedio controla mayor cantidad de empresas y, por lo tanto, tiene un público cada vez más masivo, se consolida como un factor de poder capaz de decidir la suerte de un gobierno, de dirigentes y de otras empresas periodísticas más pequeñas, que no resisten en la competencia con el gigante.
Millones de argentinos se enteran de lo que sucede y se forman una opinión sobre los asuntos públicos a partir de lo que los grandes medios consideran que es noticia. ¿Qué pasa si las empresas periodísticas resuelven, por conveniencia económica y política, dejar de lado un tema de la agenda o ser condescendientes con el poder?
El comportamiento de algunos medios durante la crisis económica y social que tocó fondo entre 2001 y 2002 refleja cómo es el juego entre los intereses empresariales, periodísticos y políticos.
El Grupo Clarín, que se había endeudado fuertemente en 1998 y que un año después tuvo que vender el 18 por ciento de sus acciones al banco de inversión Goldman Sachs, fue uno de los más afectados. A la depresión del consumo, se le sumó la merma de la pauta publicitaria, y, con la devaluación de 2002, la dificultad de enfrentar sus deudas en dólares.
El multimedio presionó para que se sancionaran medidas para paliar su complicada situación. Decenas de artículos llenaron las páginas de Clarín, que exigían la defensa de las industrias culturales argentinas y que ensalzaban la noción de identidad nacional. De manera más explícita lo hacía en los editoriales, como el del 20 de junio de 2002, titulado “En defensa de la cultural nacional”.
Así logró que el entonces presidente Eduardo Duhalde dictara el decreto 1.269, que modificó la ley de sociedades comerciales, y que el Congreso sancionara, en junio de 2003, una norma
de protección de los bienes culturales, que limita al 30 por ciento la participación de capitales extranjeros en la propiedad de los medios de comunicación y otro tipo de empresas editoriales y periodísticas. Esta ley es de vital importancia ya que excluye a los medios de los alcances del “cram-down” contemplado en la ley de quiebras. Ese procedimiento permite al acreedor quedarse con la propiedad de una empresa en el proceso de recuperación, parcial o total, de sus acreencias. Así se salvó Clarín de caer en manos extranjeras.
Además, el multimedio, como otras grandes empresas endeudadas en dólares, resultó beneficiado con la pesificación y licuación de sus deudas. ¿Será por eso que no hubo críticas a la pesificación en las empresas del grupo? ¿Habría sobrevivido la gestión duhaldista si se hubiera enfrentado al pulpo mediático?

Tendencia mundial


El fenómeno de desregulación de las comunicaciones y de concentración es global. Los medios masivos de comunicación tienden cada vez más a agruparse en el seno de inmensas estructuras para conformar grupos mediáticos con vocación mundial. Así se conformaron poderosos conglomerados como News Corporation, que controla la cadena Fox y numerosos medios en diferentes países, y AOL Time Warner, propietaria de CNN, America Online, la revista Time y los estudios cinematográficos Warner.
Para el sociólogo Silvio Waisbord, esta tendencia se agudizó en América latina, donde un puñado de compañías se extendió acelerada y notablemente, provocando, a su entender, un efecto negativo. “Este proceso introduce el cruzamiento de diversos intereses que contradice la idea de la prensa independiente”, afirma en el artículo “Repensar la prensa en las democracias latinoamericanas”.
Un emporio de medios de comunicación no sólo otorga a sus dueños la facultad de decidir sobre la conveniencia de los contenidos a difundir (la herramienta básica de la manipulación de la opinión pública), sino que –ante la ausencia de competencia– les permite también establecer los términos económicos de sus propios productos.
Así describe el panorama Ignacio Ramonet, especialista en teoría de la comunicación y semiólogo, en un análisis publicado en Le Monde Diplomatique, en octubre de 2003: “Preocupados sobre todo por la preservación de su gigantismo, que los obliga a cortejar a los otros poderes, estos grandes grupos ya no se proponen, como objetivo cívico, ser un ‘cuarto poder’ ni denunciar los abusos contra el derecho, ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político. Tampoco desean ya erigirse en ‘cuarto poder’ y, menos aún, actuar como un contrapoder”.
En la práctica, muchos de los grandes medios dejaron de ejercer el rol de contralor del gobierno para convertirse, como hemos dicho siempre, en un actor económico más. Ante este escenario: ¿cómo saltar el cerco informativo que cimientan muchos multimedios? ¿De qué manera se ejerce el control sobre las acciones gubernamentales?
Si bien Internet se ha convertido en un espacio de contrainformación, que permite la propagación de voces y temas marginados, la masividad de los grandes medios y el grado de influencia que ejercen sobre la población es aún aplastante.
Por eso, es indispensable modificar la legislación para prevenir la formación de monopolios mediáticos y evitar que la ciudadanía reciba un único y direccionado discurso. El desafío queda pendiente.
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