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ENTREVISTA: MEMPO GIARDINELLI

Mentes a la obra

Entre diatribas y manifiestos, la pluma del escritor y periodista Mempo Giardinelli no descansa. Desde Resistencia, ciudad chaqueña de nombre emblemático, este hombre de 55 años convoca “a que los que estén hartos terminen con su hartazgo, a que los vencidos aprendan a resistir”. Junto con un grupo de intelectuales propone ideas para discutir las bases de una nueva Argentina.

Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar

Lejos de la postura del académico acartonado, que analiza la realidad desde afuera, Giardinelli reflexiona sobre qué significa ser un intelectual, aunque advierte que no es sencillo sintetizarlo: “Es una persona que piensa, cuyo trabajo es su pensamiento, son sus ideas. Se espera que el trabajo de un intelectual con sus ideas y con la acción que es su pensamiento contribuya al mejoramiento cultural y político-social de la sociedad en que vive”. Un poco en broma, agrega: “Los intelectuales sirven para que se les pregunte para qué sirven y entonces ellos se la pasen intentando respuestas, que es una forma de completar o mejorar el cuestionamiento de la ciudadanía”.
En Diatriba por la Patria, su último libro, Ud. dice que la Argentina fue pensada y creada por una clase dirigente intelectual. ¿Cuándo y por qué se produce la separación entre intelectuales y dirigentes?
La nación argentina fue soñada por sus intelectuales, a partir de Mariano Moreno, que fue el primer intelectual argentino con una visión progresista liberal respecto de las libertades públicas, de la construcción de la democracia, de la independencia. Durante todo el siglo XIX, hay una contribución de los intelectuales argentinos que al mismo tiempo participan de la vida política. En el siglo XX sería muy audaz establecer cuándo exactamente se cortó esto. En mi libro sugiero que hubo algunos hechos en los que los intelectuales que participan en política decepcionaron a la sociedad y generaron la idea de que los intelectuales no son confiables. Esto tiene que ver con lo que yo llamo “la traición de Lugones”, por ejemplo. Lugones fue el primer intelectual vinculado al mundo político que decepcionó a mucha gente que lo admiraba y, por ende, confiaba en él. En su vinculación con el golpe de 1930 que derroca a Yrigoyen, se evidencia esa traición. También hay que pensar en Frondizi, un intelectual muy respetado en los 50, que supuestamente era el gran desarrollista y el impulsor de la industria argentina. Pero ya en la presidencia, convocó a Álvaro Alsogaray como ministro de economía e inició así la actual tragedia de la política neoliberal que nos destruyó el país.
¿Y en los últimos años?
Quizá el último caso sea el de Chacho Álvarez, un intelectual de la política, formado como pensador. Chacho no fue un político tradicional, no surgió en los comités o unidades básicas sino en el periodismo literario y en las revistas de pensamiento. Es un hombre de formación universitaria humanística y es un intelectual que llegó a ser vicepresidente de la Nación. Estamos viendo aún hoy cómo el paso atrás que dio significó el desastre de la Alianza, aunque no creo que él haya sido el único responsable pero evidentemente va a tener que cargar con esta culpa durante mucho tiempo. De manera que ya ve usted que es muy difícil marcarlo con exactitud, pero han habido estos retrocesos de algunos intelectuales ante la sociedad. Por suerte, creo que a partir de la crisis de este último año se produjo un paso adelante muy importante de toda la intelectualidad argentina.

Reacciones y soluciones 

Las muertes en diciembre, el hambre, el desfile de presidentes en la Casa Rosada, el desempleo, los piquetes, la obscena deshonestidad de la dirigencia y los reclamos de ahorristas furibundos, sacudieron a miles de argentinos. La bronca generalizada se canalizó de maneras múltiples, desde asambleas y ollas populares hasta canciones y libros. Giardinelli, con un grupo de intelectuales, fundaron El Manifiesto Argentino. El primer paso consistió en dos cartas dirigidas a la Nación, entre enero y febrero de 2002, que incluyen su lectura de la realidad, un diagnóstico del estado del país y un conjunto de ideas que, según sus autores, constituyen “lo mínimo y urgente que los argentinos podemos hacer”.
En ese sentido, marcaron una clara posición respecto de cuestiones clave de la economía: suspensión real del pago de la deuda externa pública, mientras se analiza y se discrimina la deuda legítima de la ilegítima; exigir que los bancos cumplan con su obligación de devolver el dinero a los ahorristas; lanzar un Plan de Salvataje de Emergencia de las Pymes; reestatizar el sistema jubilatorio; implementar un Sistema de Seguro de Desempleo; entre otras. Por otro lado, impulsan una reforma política que abarca la eliminación del tercer senador, de las jubilaciones de privilegio y de los gastos reservados; la reorganización profunda de los Poderes Legislativo y Judicial, la remoción total de la Corte Suprema y una Reforma Constitucional. El escritor considera que la convocatoria electoral del gobierno de Duhalde es una artimaña. “A estas elecciones hay que darles la espalda, aunque habrá que ver cuáles son los modos. Puede ser la abstención, el voto en blanco, el voto bronca. Nosotros llamamos a no convalidar la trampa electoral”, asegura.
Una de las propuestas menos difundidas de El Manifiesto se refiere a “la terminación de los monopolios y el acotamiento legal de los multimedios”. ¿Qué grado de responsabilidad cree que tienen los medios de comunicación en la actual crisis?
Han tenido una responsabilidad secundaria, hasta ahora, pero mucho me temo que pasen a tener una responsabilidad primaria. En los últimos años, el periodismo en la Argentina jugó un papel contradictorio, como siempre jugó y jugará en todas las sociedades y procesos sociales. Que no se espere nunca que el periodismo sea el que haga los cambios revolucionarios, ni que sea responsable de los grandes desastres nacionales. El periodismo va a ser siempre el gran testigo y puede y debe ser un contribuyente excepcional en la construcción de la Historia. Entre nosotros, ha acompañado las mejores causas: por los derechos humanos, la libertad, la independencia, la democracia, la lucha de las madres y abuelas de Plaza de Mayo, el descubrimiento de ilícitos, negociados y corrupción. Pero al mismo tiempo ha habido un periodismo despreciable, chantajista, ramplón, servil a los grandes intereses. Hay una gran porción del periodismo argentino que ha estado en manos y al servicio de la mafia. Estas dos formas de informar a una sociedad han coexistido. Pero lo que a mí me preocupa ahora es el modo como el periodismo está ejerciéndose desde multimedios, desde empresas, y por determinados personajes que representan lo peor del periodismo en la Argentina. Además, los medios se han ido concentrando y están teniendo un poder extraordinario y manipulador de la sociedad. Estoy pensando en Canal 9, por supuesto, pero también en la conducta hipócrita que vienen teniendo en los últimos 4 o 5 años diarios como La Nación y Clarín, y también pienso en determinadas radios espantosas o en el manejo en general de la televisión. Todo esto me hace temer mucho, no por la suerte del periodismo sino por la suerte de la democracia. 
Otra de las consignas de El Manifiesto plantea la reimpresión del Nunca Más y su lectura obligatoria en las escuelas y la reactualización de la los contenidos de la materia Historia.
Todos los que conformamos El Manifiesto tenemos experiencia docente, así que sabemos muy bien la problemática de la educación pública, no sólo en el sentido de mantenerla en manos del Estado —porque es una misión indelegable— sino además acerca de los contenidos. Hay que volver a revisar los contenidos de la educación, qué es lo que se está enseñando. Ya se mejoró después de la dictadura, a partir de la democracia esto ha avanzado pero tenemos que seguir actualizando. Y no solamente hay que pensar en el Nunca Más sino que hay que hacer nuevos Nunca Más. La CONADEP de la corrupción es una de las propuestas.
¿Cree que los argentinos somos desmemoriados y que no asimilamos la historia reciente?
No, creo que la sociedad argentina tiene muy buena memoria. Yo participo de todos los movimientos por la memoria y me doy cuenta que la sociedad sí tiene memoria, lo que pasa es que es dolorosa y cuesta sostenerla. La Argentina no está así por la falta de memoria, la Argentina está como está por los dirigentes canallas que hemos tenido y seguimos teniendo. Echarle la culpa a la sociedad porque supuestamente no tiene memoria es como señalar que ésa es la causa de los males y eso no es cierto. La causa de los males está en las mafias, en los políticos como Menem, De la Rúa y Duhalde, en los militares que nos echaron a perder el país hace 25 años y crearon a esta clase hipócrita de dirigentes políticos. La sociedad tiene buena memoria, de hecho ningún sector se ha olvidado de los agravios y por eso estamos en estado de asamblea permanente, de piquetes y de movilización.
La propuesta del rediseño ferroviario y de la integración territorial está lejos de la agenda de los actuales políticos. ¿Qué alcances tiene esta medida?
Ahí estamos apuntando a intereses demasiado fuertes. Hay un triple negocio: la construcción de carreteras y el mantenimiento de una red vial que es carísima, ineficiente y mala; el fortalecimiento de las industrias de camiones y autobuses que reemplazaron al ferrocarril de carga y al de pasajeros que era mucho más barato, no contaminaba y era del Estado; y en tercer lugar, el hecho de que la red se mantiene en base a combustibles, que ya no son del Estado. Entonces, al liquidarse los ferrocarriles estatales se beneficiaron esas tres grandes industrias privadas: la industria vial, la de camiones y autobuses, y la de combustibles. En cierto modo, tres mafias que no han sido debidamente denunciadas y casi no se las conoce.
La desaparición del ferrocarril se ha llevado consigo a pueblos enteros...
En todo el país hay pueblos fantasmas. En mi novela Imposible equilibrio hablo de un pueblo hoy fantasma que se llama Charaday, que era uno de los grandes centros de distribución ferroviaria y donde hubo talleres de reparación de locomotoras y vagones. Hoy es un pueblo vacío, muerto. Y lo mismo podríamos decir de Tafí del Valle, en Tucumán. ¿Alguien se acuerda de Tafí del Valle, que era una gran fábrica de material ferroviario? ¿Y lo que era Materfer, en Córdoba? ¿A dónde se fue todo eso?

Abriendo paso

“Creo que el 19 y 20 de diciembre son fechas que marcan un hito extraordinario. Son nuestro nuevo 25 de mayo, de modo que ahora estamos trabajando para un nuevo 9 de julio”, sostiene Giardinelli con tanta esperanza como firmeza. La notable indignación por el accionar de la clase dirigente, se compensa con una luz optimista que irradian las respuestas creativas. Relata el escritor: “Hay un trabajo de imaginación fenomenal que se está dando en los clubes de trueque, en los piquetes, en las asambleas. Hace 10 años a nadie se le hubiera ocurrido pensar que una sociedad descalabrada como la Argentina iba a parir estas formas de resistencia y de solidaridad”. A pesar de que la movilización popular es incipiente y desarticulada, el “que se vayan todos” y el cuestionamiento al poder constituyen un punto en común.
Algunos pensadores, como John Holloway, sostienen que se puede cambiar el mundo sin tomar el poder. ¿Es posible?
No sé si es posible, pero tampoco lo niego. Me parece que es una experiencia que estamos haciendo, creo que el futuro nos depara una democracia participativa, en vez de la democracia falsamente representativa que hemos tenido hasta ahora. Nosotros en El Manifiesto hemos desarrollado esto. La democracia participativa requiere de una serie de estamentos y de un funcionamiento de organizaciones comunitarias que a lo mejor prescinden del poder central. Pero, a la vez, el poder central es el que determina las grandes políticas. Me parece una visión optimista la de Holloway, que me encantaría compartir plenamente, pero tengo mis reservas. Estoy convencido de que los cambios se producen desde abajo hacia arriba y no al revés. Pero cuando se producen desde abajo es para subir hasta arriba, y arriba está el poder. Todavía a esa teoría de las revoluciones que prescinden del poder, o los cambios sin el poder, no me la termino de creer.
¿Cómo ve a la juventud que creció la mayor parte de su vida en democracia y bajo la era menemista?

Creo que a los chicos de hoy les ha tocado un presente bastante fulero. Si se enojan con sus padres tienen toda la razón del mundo. La generación de padres de hoy, o sea los que son padres y madres de los que hoy tienen entre 20 y 30 años, digamos, yo creo que han hecho las cosas muy mal. Espero que no me odien y si me odian que se la banquen, pero la verdad es que hicimos las cosas muy mal y la prueba salta a la vista: les dejamos un país horrible... Yo tengo 55 años y sólo ahora estoy haciendo lo que no hice en otro momento. En esto soy muy autocrítico, pero no sé si todos los padres lo son. Los veo constantemente: están casi todos nerviosos, quejosos, pensando que la vida les debe algo, se han convertido en padres y madres resentidos, y esto no lo digo pensando sólo en los más pobres, en los que se quedaron sin trabajo y en los marginados, no, lo afirmo cuando veo el comportamiento de la clase media y de la burguesía. Muchos de esa generación —que hoy tienen entre 40 y 60 años—estuvieron de acuerdo con Galtieri y fueron a la plaza a gritar que íbamos a ganar en las Malvinas, y a muchos no les pareció tan grave lo que pasaba con Videla y Massera, y luego votaron a Menem porque tenían que pagar la cuota de la licuadora. Bueno... Si todo se paga en la vida, una sociedad a estas conductas también las paga, y lamentablemente esas deudas ahora pasan a los más jóvenes, o sea a los hijos de todos aquellos que creyeron que en la Argentina se trataba de conservar un bienestar que era sólo un espejismo. Por eso ahora muchos chicos y chicas se quieren ir, y es muy difícil para nosotros decirles “chicos no se vayan”. ¿Con qué argumentos los convencemos? Tenemos que trabajar mucho, muchísimo, con los chicos que se quedan y con los grandes que nos dimos cuenta, para que las próximas generaciones puedan vivir en un país que valga la pena. Yo creo que ésa es la gran tarea y en eso estamos.
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