ENTREVISTA:
HÉCTOR A. GARCÍA, LICENCIADO EN ECONOMÍA
"La
moneda es una relación social de confianza"
En diálogo con Segundo Enfoque, el profesor Héctor García profundizó sobre una
idea poco difundida en países que laten al ritmo del precio
del dólar: ¿cuán unida está una sociedad que desconfía de
su signo monetario y cree casi con exclusividad en uno
extranjero?
Por Jairo Straccia
jstraccia@segundoenfoque.com.ar
Largas
colas frente a las casas de cambio y a los bancos son postales
crónicas en la Argentina. Han acompañado a través de la
historia de ese país a la ansiedad de los habitantes por
conocer la última variación en el precio del dólar
estadounidense. Reiteradas depreciaciones y vaivenes
cambiarios generaron en los argentinos una sensación de
desconfianza en la moneda propia y un gradual ascenso en la
credibilidad del billete verde emitido en Estados Unidos. El 6
de enero de 2002, la devaluación del peso volvió a colmar el
corazón financiero de Buenos Aires.
Sin embargo, pocos han reparado en las consecuencias no
estrictamente económicas de esa situación evidente en el país
sudamericano, pero con antecedentes en otros sitios el mundo.
Los lazos que vinculan a los componentes de una sociedad se
debilitan y la desintegración nacional se convierte en un
desenlace cercano. El licenciado en Economía en la
Universidad de Buenos Aires, Héctor A. García, en sucesivos
artículos y charlas abiertas, ha llamado la atención sobre
este aspecto que parece no atraer a los economistas de turno
en los grandes medios de comunicación.
En el mes de julio de 2000, publicó en el número 173 de la
Revista Realidad Económica un artículo titulado
“Convertibilidad: ¿hasta cuándo?”, acerca de los
inconvenientes ocasionados por ese sistema cambiario en la
economía argentina, desde que en abril de 1991, se estableció
por ley que un dólar tenía el mismo valor que un peso. Además,
cuestionaba sobre sus perspectivas para el futuro y sus
consecuencias para una sociedad que aseguraba haber hallado
diez años atrás un salto al “primer mundo”.
En marzo de 2002, en una mesa-debate titulada “Las medidas
económicas: ¿solucionan la crisis o la profundizan?”,
organizada en Buenos Aires por el Instituto Argentino para el
Desarrollo Económico (IADE), expuso como integrante de su
Consejo Directivo sobre las disposiciones que la administración
de Eduardo Duhalde había tomado al llegar al Poder Ejecutivo
en la convulsionada Argentina de principios de año. Había
devaluado tras una década de “uno a uno” y había pasado
a pesos toda la economía argentina tomando el dólar a
diferentes cotizaciones, según el sector de la economía de
que se tratara. Una medida de difícil traducción, conocida
como “pesificación”. A todo esto, García sostuvo en su
alocución: “La moneda es una institución social que, además,
cumple funciones económicas”.
¿Por qué la moneda es una institución social?
La consideración de la moneda como una institución
social constituye una hipótesis explicativa acerca de su
naturaleza, plausible, bien fundada, que brinda un enfoque no
economicista permitiendo inspirar acciones políticas eficaces
orientadas al bien común. La naturaleza de la moneda es un
tema en discusión entre los economistas, aunque no siempre
atendiendo a todas las cuestiones involucradas por ella.
A menudo, con una finalidad normativa antes que científica,
los economistas han sido proclives a imaginar fábulas acerca
de hechos económicos producidos por la sociedad humana y por
sus integrantes. Muchas de esas fábulas han arraigado en el
cuerpo de ideas corrientes en la sociedad, orientando la
actuación de los hombres prácticos pese a que carecen de
fundamento. Una de ellas es la hipótesis de que la moneda, el
dinero, aparece como un medio para resolver problemas prácticos
de un imaginario sistema comercial basado en el trueque.
Si se descarta esa “fábula” que se da como origen de la
moneda, ¿cómo ha de analizarse su surgimiento?
La investigación antropológica, histórica y sociológica
considera a la moneda como una institución social que, entre
otras, regula las relaciones sociales. Se ha observado que sus
funciones específicas, sus caracteres materiales cuando los
tiene, y los modos en que ejerce dicha regulación, han
evolucionado con la propia sociedad humana. También se ha
observado que los bienes de uso no eran objeto de valoración
ni, por tanto, de intercambio mercantil en estadios primarios
del proceso de división del trabajo. Simultáneamente,
algunos objetos que carecían de valor de uso y fungían como
lo que hoy llamamos dinero, se utilizaban para cancelar deudas
de vida; en su momento, sólo la vida parece haber sido objeto
de valoración cuantitativa, dando origen a una deuda y a su
cancelación. La evolución y creciente complejidad de la
división del trabajo y de las relaciones de poder que le
daban soporte condujeron a la valorización de los bienes de
uso y a su transmisión a cambio de otros “equivalentes”.
Para ello se recurrió a los referidos objetos que fungían
como moneda, los que así adquirieron funciones económicas. A
su vez, la organización del mercado, como “lugar” donde
se realizan los intercambios, se vio favorecida por la
confianza que inspiraba la moneda en la estabilidad de su
valor, lo que se ponía en evidencia por su aceptación
general. Así es como, esta nueva institución –el mercado-
evoluciona a la par de la moneda y no puede funcionar
eficazmente en su ausencia.
La gestión de ambas instituciones –mercado y moneda-, por
estar inscriptas en la evolución de las formas de organización
política de la sociedad, revela su íntima vinculación con
las sucesivas modalidades asumidas por el poder político. El
poder de emitir moneda, por ejemplo, ha sido utilizado por el
soberano para proveerse de recursos, o por el poder político
emergente en un territorio como instrumento de integración de
un espacio político y económico unificado.
De todos modos, debe reconocerse el carácter dual de la
moneda que se deriva de la expansión y predominancia de su
forma escritural: la moneda constituye un hecho privado pues
también es emitida por los bancos y el sistema financiero
privado moderno, al mismo tiempo que, emitida por la banca
central, continúa prestando su originario servicio de
naturaleza colectiva y sigue siendo un hecho social, público.
No obstante, el hecho de que la moneda sea una institución
social indica que su regulación ha de ser administrada por
las autoridades públicas que, presumiblemente, representan el
interés de la colectividad, no debiendo quedar sometida a las
veleidades del mercado.
La moneda no puede ser considerada una mercancía particular
sino una relación social de confianza que expresa la
pertenencia a la economía de mercado. Ésta,
antes que un conjunto de mercancías a intercambiar, es
una red de productores que deben asumir deudas para participar
en la división del trabajo: los productores obtienen
adelantos de recursos (préstamos, insumos, mano de obra)
anticipando que el producto de sus ventas le permitirá
rembolsar sus préstamos (deudas con bancos, proveedores y
asalariados). Se trata, entonces, de un sistema económico
concebido como un conjunto de relaciones financieras que
deviene posible merced a un sistema institucional de la moneda
constituido por tres creaciones de la sociedad:
1. Una unidad de cuenta común: patrón aceptado que permite
evaluar cuantitativamente las deudas y anunciar los precios de
oferta a los que los productores esperan vender sus mercancías.
2. Modos de emisión de las deudas:
debe permitir la distinción entre las deudas que son
nada, poco, mucho o totalmente transmisibles por los
acreedores como medio de pago a terceros. La calidad de la
aceptación por terceros define la liquidez de las deudas.
La liquidez hace de la deuda una moneda privada.
La expansión y diversificación del sistema financiero
hace más fluida la oferta del crédito demandado, e
incrementa la liquidez de las monedas privadas porque pueden
ser sustituidas unas por otras.
3. Modos de cancelación de deudas (resiliencia):
La liquidez es una cualidad puramente social que
deviene de la aceptabilidad general de la moneda.
Entonces, debe existir un procedimiento por el cual la
cancelación de deudas con un medio de pago privado lo sea
como si fuera una transferencia de moneda unánimemente
aceptada (la emitida por la banca central). La resiliencia se
opera todos los días entre bancos mediante la transferencia
de moneda central en el marco de un sistema de cancelación de
deudas.
En esta concepción de la moneda como deuda, la moneda aparece
como el principio de organización de toda una economía que
pivotea en el banco central. Éste, en su pasivo, emite una
moneda que es la deuda en la que se define la unidad de
cuenta, deuda que, a su vez,
tiene plena liquidez porque es aceptada unánimemente
como medio de cancelación de todas las otras deudas. Y esta
aceptación deriva de la confianza común en la coherencia del
sistema institucional descrito, administrado por el banco
central. Se espera que éste, sin improvisación e inspirado
en una doctrina monetaria, arbitre entre expectativas
contradictorias acerca de la liquidez para preservar la
confianza en el sistema, manteniéndolo alejado de situaciones
extremas que alimentan
comportamientos especulativos o desalientan la producción.
¿En qué grado, la moneda, es importante para la cohesión de
una sociedad?
Desde sus orígenes, la cohesión de una sociedad se ha
afirmado en un conjunto de valores colectivos que son fuente
de las normas que ordenan las conductas individuales. En el
Estado Moderno, la aceptación de la moneda ha implicado la
pertenencia a una comunidad nacional, y la confianza de sus
integrantes en la estabilidad de su capacidad de compra la
erigen en un valor común, colectivo.
¿Se está cuestionando a nivel mundial la identificación del
Estado–Nación con una moneda determinada?
Como la formación del Estado Moderno entre los siglos XVII y
XIX se asoció con la unificación de diversas monedas en una
sola, ha sido habitual identificar al Estado–Nación con un
signo monetario nacional. Incluso, desde el siglo XVI, la
concepción de la soberanía política de los estados ha
asignado siempre la mayor importancia al atributo de emitir
moneda. Sin embargo, allí mismo donde nació el Estado
Moderno hoy se procesa una nueva unificación monetaria, la de
la Unión Europea. ¿Es que también se estará procesando una
nueva identidad social, europea?
Hoy los estados observan cómo se erosionan sus prerrogativas,
sus atributos soberanos: la mundialización de la economía
limita sus capacidades de intervención, y la finanza privada
internacional ataca y socava sus poderes formales. Incluso,
los gobiernos centrales, dentro de su propia jurisdicción, se
enfrentan al creciente reclamo de concesión de poderes más
amplios a las instituciones locales y regiones. Cabe
preguntarse, entonces, si en un mundo globalizado por
Internet, por la libre circulación de capitales y por la
generalización de las innovaciones de la electrónica, son
necesarias tantas monedas.
Viva el dólar
En los últimos días de vida del gobierno de Fernando de la Rúa,
crecía en algunos sectores de la administración radical la
idea de “dolarizar la economía”. Por otra parte, desde el
círculo de tecnócratas menemistas, nacía con más fuerza la
propuesta de convertir al dólar en la moneda oficial, con
promesas tales como “seguir en el primer mundo” y
“cuidar el poder adquisitivo de la población”.
Con Duhalde y la devaluación, la voz del ex presidente Carlos
Menem seguía buscando ecos con su idea de dolarizar, cuando aún
la Plaza de Mayo no había quedado completamente limpia tras
los sucesos de diciembre. En tanto, entre algunos argentinos,
la dolarización sonaba a cuento chino, mientras que muchos
otros en seguida hicieron caso a los espejitos de colores del
riojano.
¿Qué situaciones o circunstancias hacen que un país no
crea en su moneda y crea en otra?
Cuando los integrantes de la comunidad perciben que la
moneda no es susceptible de garantizar la estabilidad de su
poder de compra, procuran recurrir a otras que lo hagan con
mayor certeza. El punto de partida es la nominación de
activos y mercancías en la moneda extranjera elegida, lo que
inmediatamente influye sobre costos, márgenes de ganancia y
precios. El
proceso de “dolarización” se generaliza en la medida en
que la sociedad no logra articular las políticas públicas
que reviertan el proceso en sus fuentes.
¿Qué perjuicios ocasiona en la sociedad que sus
integrantes descrean de su moneda, y que, a su vez, confíen
masivamente en otra foránea, como el dólar? ¿Argentina los
ha padecido?
Cuando se destruye esta relación social de confianza, la
moneda nacional deja de constituirse en un factor de
identificación con la comunidad, se exacerban las tendencias
al individualismo y, con ello, a la trasgresión de las leyes
y normas de convivencia en sociedad. Este no es, precisamente,
el ámbito más propicio para la expansión de la producción
de bienes y servicios necesarios a la reproducción de la
sociedad.
En Argentina la vulneración de valores comunes no sólo ha
alcanzado a la moneda; también comprende a las propias
instituciones de la república, de modo que se acrecientan las
dificultades para recomponer las relaciones sociales de
confianza requeridas por una sociedad compleja y democrática.
¿Cuándo, los argentinos, comenzaron a preferir el dólar por
sobre el peso? ¿Es la Ley de Convertibilidad el inicio, o es
la cristalización de la “dolarización”?
El proceso de dolarización, tal como lo conocemos, es propio
de la industrialización de países subdesarrollados y, en tal
sentido, Argentina es el caso típico.
La economía argentina siempre ha mantenido una estrecha y
determinante vinculación con el mercado mundial, de donde
“toma” los precios de sus exportaciones. Así, los grupos
dominantes y las clases con ingresos medios-altos han mostrado
una gran agilidad para acomodarse a las circunstancias en que
los afectaba la incapacidad local para gestionar un signo
monetario estable. Nótese
que esos mismo grupos socioeconómicos en Brasil no tuvieron
necesidad de recurrir a la “dolarización” pues durantes
largos años de alta inflación -anteriores al Plan Real-
tuvieron a su disposición un régimen de corrección
monetaria de sus depósitos bancarios en moneda local (con su
correspondiente efecto regresivo sobre la distribución de los
ingresos).
En la Argentina, con la hiperinflación de 1989-90, culminó
un largo proceso de dolarización de
facto. La llamada Ley de Convertibilidad suministró un
anclaje ordenador anti-inflacionario, determinándole a la
moneda local el carácter de subsidiaria del dólar de Estados
Unidos. No hubo dolarización de
jure. A lo largo de diez años y medio, el proceso de
valorización económica estuvo plenamente articulado con base
en el dólar pues éste dio fundamento al cálculo económico
y sirvió nominal y materialmente para una diversidad de
transacciones, además del ahorro. La derogación del régimen
monetario y cambiario denominado convertibilidad, en enero de
2002, si bien altera sensiblemente los precios relativos, no
implica la recuperación de las funciones económicas de la
moneda nacional ni modifica los determinantes del proceso de
dolarización.
¿Ud. considera que cuando una sociedad está dolarizada de
hecho no tiene vuelta atrás, es decir sólo resta dolarizar
de derecho la economía, adoptando la moneda extranjera como
propia?
Terminantemente, no. La dolarización de
facto puede concluir en la sustitución lisa y llana de la
moneda nacional por una divisa extranjera constituyendo una “dolarización
plena” o dolarización de
jure. En ambos casos, la sociedad resigna uno de sus
atributos distintivos –la moneda-, y se encamina a continuar
en un proceso de disolución, anomia e individualismo
exacerbado.
El sistema de currency
board como el aplicado en Argentina puede ser reversible,
ya sea porque se logra quebrar el círculo vicioso del
estrangulamiento económico externo secular y el anclaje de la
moneda se torna redundante, ya porque oportunamente se le
agregan elementos de flexibilidad. En caso de su colapso endógeno
o provocado, puede haber reversión o persistencia de la
dolarización de facto,
lo que dependerá de las modalidades del colapso y de las de
su recuperación.
A futuro, teniendo en cuenta que en enero de 2003 se cumple
un año desde la devaluación y pesificación de la economía
argentina, Ud. ¿qué observa en cuanto a la relación de los
argentinos con el peso: un mayor deterioro o una mejora en la
confianza hacia esa moneda?
Por ahora, la resignación a convivir con las condiciones
dadas parece ser la pauta orientadora de las conductas económicas.
Incluso, circulan monedas (en realidad, cuasi
monedas) de menor calidad que el peso contribuyendo a la
liquidez necesaria para el deprimido nivel de actividad
económica. Habida cuenta de la deficiente institucionalidad
en la que conviven los integrantes de la sociedad argentina,
así como de su problemática reconstrucción, no parece estar
muy cercana la iniciación del funcionamiento de un sistema
institucional de la moneda, como el que hemos descrito.
¿A quiénes beneficiaría que las sociedades rechazaran
sus monedas por la preferencia o la confianza de otra foránea,
como por ejemplo el dólar?
La generalización de una profunda dolarización de
facto en los países latinoamericanos, obviamente sería
una concesión sin contrapartida al poder regional de los
Estados Unidos. En cambio, una unificación monetaria del
continente sólo podría encaminarse como consecuencia de una
negociación multilateral donde, naturalmente, cada parte
cuenta con su poder relativo y con la habilidad negociadora de
su elite gobernante para potenciarlo.
En este caso, no parece concebible el acuerdo sobre una
nueva moneda representativa del conjunto continental, como se
dio en Europa; una
de las partes es demasiado poderosa con relación a todas y
cada una de la demás. Arriba
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