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La
muerte del periodismo
Por Segundo
Enfoque
Entendido
como el oficio de acercar los ciudadanos a la realidad, el
periodismo está agonizando. La dependencia económica que
hundió la Argentina, ahora se encamina a destruirlo,
corrompiendo deformadores
de opinión pública, co-responsables de la miseria actual.
Los riesgos políticos y sociales de este proceso son
inmensos. Únicamente la reacción de los pocos periodistas
independientes que quedan puede revertir esta tentativa de
homicidio a la profesión.
La
compra de Canal 9 por parte de Daniel Hadad, empresario hijo
del menemismo junto con el ex editor de Página/12, Fernando
Sokolowicz, desnudó el aspecto más perverso del sistema que
prevalece en la Argentina: la ambición no sabe de valores, más
allá de los de la Bolsa de Comercio.
Los
ejemplos se repiten. El 23 de agosto último se conoció una
nueva megaoperación. El empresario nacido en el ambiente del
fútbol Carlos Ávila y cercano al entorno de Carlos Menem,
integró a su 83 por ciento en América 2 a Daniel Vila,
ligado al operador menemista José Luis Manzano. En manos de
esta dupla quedaron también canales del interior del país,
gran parte de CVN, el 20 por ciento de Ámbito Financiero que
no es de Julio Ramos y la publicación semanal La Primera.
Aunque por fuera de la nueva sociedad, siguen siendo de Ávila
la radio La Red y el 6 por ciento de la productora de
contenidos deportivos Torneos y Competencias. En tanto, Vila
mantiene su control en el diario Uno de Mendoza y en La
Capital de Rosario.
Por
otro lado, la revista Noticias dio cuenta hace unos meses de
que Sergio Szpolski es el dueño del novísimo Diario La U,
periódico que se distribuye en el ámbito universitario,
donde otras veces se gestaron movimientos alternativos a las
barbaridades del statu quo. A su vez, Szpolski es dueño del
20 por ciento de las acciones del ahora llamado diario Infobae,
órgano de difusión un cúmulo de bancos y grandes empresas.
El 75 por ciento restante del matutino dirigido por Antonio
Laje pertenece a Hadad. El arco informativo cada vez se parece
más a una ceja: muchos pelos, pero todos iguales y para un
mismo ojo.
Justamente,
la concentración de medios comenzó con la eliminación de un
artículo de la ley de Radiodifusión durante el gobierno del
padrino político (o socio) de gran parte de los monstruos
masivos de comunicación que se describieron, es decir, Menem.
También nacieron desde ese momento, grupos de medios como
Telefónica y el CEI Citicorp o el Grupo Clarín, entre otros,
que se repartieron los más importantes vehículos de expresión.
Con
intereses en varias áreas de la economía, estos
conglomerados de medios empezaron a actuar de acuerdo con su
situación particular y condicionaron a sus periodistas y a la
información que estos recogían a través del filtro de los
intereses económicos. Los más perjudicados: los lectores,
oyentes y televidentes que aún confiaban en lo que decía
“el diario”, “la radio” o “la televisión”.
En
cuestión de unos años, a los tres medios se sumó Internet y
se gestó un núcleo informativo de los grupos más
centralizados de poder, muchos de ellos con caras conocidas
para la población pero, con las ideas de algún accionista
desconocido. Raúl Moneta, un banquero de mala reputación, se
jactó en el programa Periodistas por América TV de tener
participación en un medio y no darlo a conocer.
El
contexto económico está minando la función informativa del
periodismo. Los fértiles hombres de los medios, asociados al
poder y tan culpables del hambre como los dirigentes políticos
y las empresas trasnacionales, son los instrumentos que
destruyen la confianza del destinatario de la información. Arriba
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