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CUANDO ARGENTINA PERDIÓ EL TREN

Nacer de las vías muertas

Venas imprescindibles de una país vasto, los ferrocarriles en Argentina desaparecieron del mapa en la década de los noventa. Investigadores han señalado el efecto destructor de la eliminación de un servicio que unía pueblos, ciudades e historias a lo largo y a lo ancho de un territorio enorme. Ahora, ante un panorama ferroviario desértico, ex empleados se unen, para encargarse esta vez, de traer ellos, de vuelta al tren.

Por Jairo Straccia
jstraccia@segundoenfoque.com.ar

El silencio. El pasto crece sobre los rieles. A lo lejos, se disipa la silueta de la vía, y con ella las realidades, los pueblos, las vidas. “Despoblación”, un término que suena habitual en las provincias argentinas desde que las locomotoras dejaron de recorrer sus llanuras.
“Las economías extrapampeanas y los sectores de menores recursos son los más perjudicados; (...) ha quedado limitada la posibilidad de intercambio entre numerosos pueblos del interior argentino que están en serio riesgo de desaparecer”. Economista e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Mabel Manzanal, describe de este modo en el artículo “La cuestión regional”, publicado en 1999 por la revista Realidad Económica Nº 166, las consecuencias del cierre masivo de ramales ferroviarios en el interior de la Argentina. Y agrega: “El ferrocarril es el medio más económico para las grandes distancias (una realidad de la Argentina, por su organización territorial concentrada en la pampa húmeda y en el puerto de Buenos Aires)” (ver aparte).
Las regiones más relegadas del país, padecen la ausencia del tren. “Es de destacar que las vías que desaparecieron definitivamente afectan fundamentalmente (...) a los que necesitan de la función social de este medio de transporte (para la provisión de agua, por ejemplo)”. Por eso, también hay gente que se decidió a ir a buscar al tren.

¡Buen viaje!

E
n 1857 se construyó en la Argentina la primera línea ferroviaria. Entre 1870 y 1914, se desarrolló con capitales ingleses, franceses y argentinos la mayor parte de una red que llegó a abarcar 47 mil kilómetros, ubicando al país en uno de los principales puestos en el mundo. En simultáneo, el tren dio luz a numerosos pueblos, que se integraban al país de la mano de este medio de transporte.
La nacionalización del sistema ferroviario se produjo en 1946. De 15 empresas existentes que fueron estatizadas, se constituyeron seis líneas que prestaban los servicios de carga, y de pasajeros urbano e interurbano. Al cabo de un período de regresión que comenzó en 1958, con déficit creciente y eficiencia en descenso, en marzo de 1991 el gobierno de Carlos Saúl Menem abrió el camino a la privatización.
En ese proceso, el decreto 1168 de 1992 suprimió a partir del 31 de julio de ese año los servicios interurbanos de pasajeros que prestaba la compañía nacional Ferrocarriles Argentinos. Al mismo tiempo, facultó a las provincias a hacerse cargo, en caso de creerlo conveniente, de operarlos.
Acto seguido, con el decreto 532 del mismo año, invitó a las provincias con ramales en sus territorios a manifestarse sobre su voluntad de brindar los servicios. Los distritos del interior tendrían a su disposición el material rodante, y el trayecto de los trenes se realizaría sobre la infraestructura perteneciente a los concesionarios de carga.
Según el Centro de Estudios Históricos Ferroviarios argentino, hasta 1991 funcionaban en el país ferrocarriles de pasajeros de larga distancia que conectaban la mayor parte del país. Múltiples viajes semanales hacia todos los puntos cardinales se redujeron hoy en día a sólo cinco servicios provinciales -Salta, Chaco, Córdoba, Chubut y Río Negro- y uno que vincula Buenos Aires con la provincia de Tucumán. (ver aparte).

Bienvenidos

En octubre de 2001 se produjo, hasta el momento, la última clausura de un trayecto cubierto por el ferrocarril hacia el interior del país. Era el servicio prestado por la Unidad Ejecutora del Programa Ferroviario Provincial, en las vías concesionadas para el transporte de carga a la empresa Ferroexpreso Pampeano S. A., entre Santa Rosa –capital de la provincia de La Pampa- y la Ciudad de Buenos Aires, y entre la localidad también pampeana de General Pico, y la Capital Federal.
Fue en nombre de la inundación. El noroeste de la provincia de Buenos Aires se tapó de agua, es cierto, y las vías quedaron en lo profundo, arruinadas. Hay quienes complementan este motivo, al decir que el mantenimiento que debía haberse efectuado sobre la infraestructura ferroviaria no se venía haciendo como era debido, y que el agua, solamente, rebalsó.
Quienes argumentan de esta forma son, en principio, los cuarenta empleados ferroviarios que se organizaron en el Movimiento de Solidaridad Ferroviaria, nacido en General Pico, tiempo después de que el tren se detuviera por última vez (ver aparte). Juan Carlos Tineo es uno de los miembros de la agrupación, que en diálogo con Segundo Enfoque, contó a quién considera responsable por la clausura de la vía: “La concesionaria que tenemos acá, Ferroexpreso Pampeano, como todas las concesionarias, no hizo las inversiones que tenían comprometidas por contrato. Lamentablemente, la falta de mantenimiento del servicio llevaba a que cada vez fuera más deficiente”.
A partir de esta iniciativa, el Movimiento encabezado por Tineo, comenzó a contactarse con localidades de la zona también interesadas en recuperar el tren, que hace años no ven. Es el eje de su reclamo el principal trastorno que ha ocasionado la supresión de la red ferroviaria: la despoblación. “Muchos pueblos murieron, desaparecieron, son pueblos fantasmas. Donde desapareció el ferrocarril, la poca gente que vivía ahí -vinculada al ferrocarril o no- se fue”.
Este empleado ferroviario, cuenta que el ferrocarril tenía cada 30 o 40 kilómetros cuadrillas de mantenimiento de vía, que estaban conformadas por grupos de 10 a 15 personas, asentados con sus familias en los lugares donde prestaban los servicios. “Muchos de esos pueblos eran ferroviarios, y al desaparecer el ferrocarril, toda esa gente tuvo que emigrar. Entonces nosotros la consecuencia la redondeamos en una sola palabra: despoblación”.

Rumbo

“¿Por qué las compañías que obtuvieron la concesión del transporte de cargas no operan a su vez el servicio interurbano de pasajeros?”, preguntó este cronista. “Ellos aducen que no es rentable. En la mayoría de los países del mundo no es rentable la larga distancia. Pero presta un servicio social que es irremplazable”. Esta fue la primera respuesta, que luego se hundió en este análisis: “Muchas veces cuando se concesionan ferrocarriles, el Estado obliga a prestar el servicio de pasajero por contrato. Acá no pasó. Como no tenían obligatoriedad por contrato de prestar servicios de pasajero, los servicios que no prestaban tampoco las provincias, se clausuraron.”
Desde el Movimiento de Solidaridad Ferroviaria, la propuesta es clara: “Decimos que el Estado, lo que tiene que hacer ahora, es usar todo el dinero que va aportando con subsidios a las concesionarias, para hacer inversiones a través de sus gobiernos provinciales y de las municipalidades.” Tineo sostiene que no quieren la estatización o re-estatización de los ferrocarriles. Dice que sí propician una empresa mixta, y una rediscusión de las concesiones.
Luego de que el debate electoral argentino incluyera las condiciones en que funcionan los ferrocarriles urbanos, la cuestión pasó al archivo. Sin embargo, no se abordó la muerte por escrito dictada al servicio interurbano, a los pueblos de sus recorridos, y a la gente del interior. Juan Carlos Tineo se enoja: “‘No hay que volver al pasado’, dicen algunos funcionarios; nosotros ya volvimos al pasado, porque no tenemos tren”. Arriba

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