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LA DICTADURA EN EL AULA (PARTE I)

"Que se apropien de ese relato"

En tiempos de revisión judicial del “Proceso de Reorganización Nacional”, una doble entrega que profundiza sobre qué se enseña de la historia argentina de 1976 a 1983. Este mes, dialogamos con el profesor Federico Lorenz, que investigó cómo se da “La Noche de los Lápices” en los colegios secundarios. A partir de un texto de próxima publicación, contó a Segundo Enfoque de qué manera un hecho emblemático del horror puede explicarse mejor con referencias políticas claras. Critica algunos desvíos en la narración oficial y propone una alternativa.

Por Jairo Straccia
jstraccia@segundoenfoque.com.ar

El almanaque mostraba el transcurso de la década del 70. De guardapolvo y en pleno secundario, grupos de jóvenes militaban en centros de estudiantes de colegios ubicados al sur de la Capital Federal, en territorio de la provincia de Buenos Aires. En sus vidas latía el sueño de cambiar el mundo por otro más justo.
En la primavera de 1975 reclamaron por el boleto estudiantil. Organizados, marcharon al Ministerio de Obras Públicas para forzar la medida. Chocaron con la policía. Hubo heridos y la satisfacción, días más tarde, de haber logrado el objetivo.
Se vivían tiempos difíciles en la Argentina, y en los sectores influyentes se sabía que el golpe era inminente. El 24 de marzo de 1976 una junta militar derrocó a Isabel Perón ante una sociedad mayormente pasiva que en principió dio su apoyo.
En esas zonas del conurbano bonaerense, los jóvenes se daban cuenta de que los tiempos habían virado definitivamente hacia la represión ilegal. En sus casas se lo decían, se escuchaban en los pasillos las advertencias que unos se daban a otros. A pesar de ello, en los centros de estudiantes, intentaron seguir con las actividades, escondidos.
Del 16 al 19 de septiembre de 1976 se llevaron a cabo operativos contra el movimiento estudiantil. Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Patricia Miranda y Emilce Moler fueron raptados de sus hogares por Grupos de Tareas.
Todos los chicos hacían política en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) –vinculada a la agrupación guerrillera peronista Montoneros-, menos Díaz, quien militaba en la Juventud Guevarista (JG). Salvo Emilce Moler, Patricia Miranda y Pablo Díaz, el resto no ha vuelto a sus casas. Quienes armaron los secuestros, las torturas y las desapariciones, bautizaron el episodio como “La Noche de los Lápices”.

Lecciones

Han pasado 27 años de aquellos sucesos. Díaz, el único que ha hablado de lo que vivieron antes y durante el rapto, dio numerosas charlas y conferencias durante la década del ochenta para difundir su experiencia. Primero fueron las páginas de un libro de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez (Contrapunto, 1986); más tarde un film de Héctor Olivera (1986). “La Noche...” se convertía en un símbolo del horror de la dictadura en la incipiente democracia. Y en las escuelas no se lo podía dejar pasar en cada aniversario.
En 1998, se incorporó al calendario oficial de las escuelas de la provincia y de la Ciudad de Buenos Aires, el “Día de los Derechos del Estudiante Secundario”. Deben realizarse actividades referidas a la democracia y los derechos humanos.
“El recuerdo, la imagen y la fecha se han instalado sobre todo en el espejo de la educación media. ¿Por qué el mandato? ¿Por qué el episodio de “La Noche de los Lápices” se transformó en uno de los emblemas acerca del terrorismo de Estado? ¿Qué sucedió con él? ¿Qué recordamos cada 16 de septiembre, y qué transmitimos a nuestros alumnos? ¿Qué desafíos particulares plantea a la comunidad educativa la evocación de los sucesos de esa fecha?”
Todas estas preguntas pertenecen al profesor de colegios secundarios Federico Guillermo Lorenz, que ha finalizado un trabajo titulado “Tomala vos, dámela a mí”, con el ritmo que en 1975 acompañó la movilización por la tarifa preferencial. El documento analiza cómo se ha venido contando de “La Noche...” a jóvenes que tienen la misma edad que los desaparecidos de entonces.
Además, se advierte qué cuadro se contribuyó a armar con los recursos usados por los maestros, principalmente con el cine de Olivera: “Si bien las historias de los jóvenes favorecen la empatía por parte de los alumnos, el horror que el film evoca, si no es resuelto mediante su puesta en contexto, puede ser un elemento paralizante antes que un estímulo al compromiso o el interés”.
Lorenz es historiador de la organización no gubernamental “Memoria Abierta” y su texto formará parte de un libro que se llamará “Educación y Memoria”, perteneciente a la colección Memoria Colectiva y Represión, de la editorial Siglo XXI. La obra recogerá a su vez, casos de otros países del Cono Sur, como Perú, Uruguay y Chile, donde los docentes se topan con problemas semejantes a los de los argentinos.
¿Por qué la preocupación de cómo enseñar “La Noche de los Lápices”?
Tendría dos respuestas. Una primera es autobiográfica. Yo estaba en el secundario cuando se difundió la película, y el testimonio de Pablo Díaz. Luego por mi trabajo, como profesor secundario y como historiador para una ONG que se ocupa fundamentalmente de transmitir y preservar la memoria acerca del terrorismo de Estado. Entonces mi preocupación era cómo lograr que los jóvenes que no conocen ese pasado, se apropien de algún modo de ese relato que es histórico. Y lo escribí pensando en que los docentes reflexionen sobre lo que hacen cuando trabajan esos temas.
¿Cuáles son las dificultades de los maestros cuando tienen que dictar clases sobre este hecho de la historia argentina?
Hay dificultades también de dos órdenes, por lo menos. Uno es el subjetivo. Esto quiere decir la propia experiencia personal sobre el tema. Por poner un ejemplo concreto, hay mucha gente que al momento del golpe, el 24 de marzo de 1976, apoyó esa situación, frente a una determinada situación de inestabilidad que se vivía en ese momento. Actualmente el discurso imperante es condenatorio al régimen militar por obvios y conocidos motivos. Ese sería un primer obstáculo.
El segundo es que si bien hay mucha producción académica y testimonial sobre la época, en general los docentes encuentran dificultades para acceder a ella. Por eso es que en este sentido el recurso que ofrece una película con un tema en sí mismo cerrado es al que se apela con mayor facilidad. Y es el principal problema. Porque es una película muy fuerte, aún para las cosas que se ven ahora, imaginémoslo hace veinte años, y justamente el punto es que si no se le da un contexto histórico, una explicación a los hechos que se relatan ahí, los chicos quedan paralizados frente a algo que es incomprensible por múltiples motivos.
En general, ¿cuáles son las reacciones más comunes de los jóvenes cuándo abordan este tema?
Si se les cuenta sobre esta clase de hechos trabajándolos sobre una temática histórica, la respuesta es positiva y de interés. Pero si por ejemplo uno se queda con un mensaje emblemático como es el mito social que sostiene que la represión fue solamente por un boleto estudiantil lo que se logra es la parálisis frente a lo desmedido del castigo, frente a lo pequeño de la acción. Ése es un razonamiento muy común.
Por otra parte, yo trabajo en escuelas del conurbano, y ahí el tema de la violencia es cotidiano, con lo cual, el desafío consiste en analizar ambas violencias. Darle un sentido político a la violencia actual, que lo tiene aunque se la describa solamente como un problema social y relacionarlo con aquella violencia. Porque en definitiva la policía que hace esas cosas hoy es la misma que hizo aquellas cosas en el 76.
En el documento, Ud. contradice la concepción de “las víctimas de la represión” tal como se las muestra en las obras históricas, tanto en cine como en libros. ¿Qué es lo que Ud. quiere dejar claro en este punto?
Se da la construcción de las víctimas en el paradigma de “víctimas inocentes”. Inocentes fundamentalmente de toda participación o actividad política. Eso es una marca muy fuerte en respuesta a lo que era el discurso de la dictadura en ese momento, que condenaba a todo lo que fuera participación. Y en los ochenta frente a la denuncia que había que llevar frente a los crímenes cometidos por la dictadura, de algún modo se respondía a ese discurso realzando los elementos de la víctima ajenos a la política, justamente para reforzar la imagen de malignidad del sistema represivo. Esto que era necesario coyunturalmente para lograr el enjuiciamiento, a la larga termina siendo negativo desde el punto de vista histórico, porque es quitar argumentos para comprender la complejidad histórica de aquel proceso. No se menciona la violencia política en estas explicaciones. El terrorismo de Estado es una de las formas de violencia política, no la única.
¿Qué tiene que quedarles a los chicos tras el tratamiento de “La Noche de los Lápices”, según tu postura?
Que aún un hecho tan aberrante como éste -que les toca de cerca por tener la edad de los chicos desaparecidos- es el emergente de un proceso de luchas sociales reprimidas brutalmente por el aparato estatal, terrorista. Arriba

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