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OPINIÓN - LA MUERTE DE LA PERIODISTA ANA ALÉ

La corporación actúa con el silencio

Por Jairo Straccia
jstraccia@segundoenfoque.com.ar


El 22 de febrero, los principales diarios de la Argentina hablaron de la muerte del “brillante escritor cubano anticastrista” Guillermo Cabrera Infante, en Londres.
Y también le dedicaron un amplio espacio al suicidio de Hunter S. Thompson, “uno de los fundadores del nuevo periodismo y símbolo de la contracultura en Estados Unidos”, ocurrido en Colorado.
En cambio, la muerte de la periodista argentina Ana Alé, en el Hospital Británico de la Ciudad de Buenos Aires, no mereció ni una sola línea. No fue casual. Se trataba de una periodista que había sido marginada por el Grupo Clarín por defender los derechos de los trabajadores en un medio del monopolio.
La corporación toda, entonces, actuó. Lo que ni La Nación (donde sólo se publicaron tres avisos fúnebres pagos por conocidos de Alé), ni Página/12, ni El Cronista Comercial, ni Diario Popular, ni Ámbito Financiero, ni Infobae ni mucho menos el mismo Clarín publicaron, fue que Ana Alé había sido vencida por un cáncer el 21 de febrero de 2005, a los 47 años de edad.
Sólo dos cables de la agencia de noticias estatal Télam consignaron que se había apagado la vida de Ana Alé, quien había trabajado en los diarios La Opinión y Clarín, y también en medios radiales y televisivos, además de haber colaborado en el texto “Robo para la corona”, de Horacio Verbitsky, y de escribir el libro “La Dinastía.Vida, Pasión y Ocaso de los Macri” (Editorial Planeta).
¿Habrá respirado aliviada Ernestina Herrera de Noble, la ex bailarina que conduce el imperio de medios más grande la Argentina? Alé había sido editora de la sección Economía del diario Clarín hasta que el 4 de noviembre de 2000, luego de ser elegida Secretaria General de la comisión interna, fue despedida junto a otros 116 compañeros.
“Atento a que usted participó en asambleas en las que se llegó a proponer gravísimas medidas contra los bienes de la empresa, prescindimos de sus servicios a partir de la fecha”[1], le mandó a decir el jefe de personal del diario, a través de un telegrama.
Cuando hace dos años le diagnosticaron la enfermedad contra la que daría pelea sin cesar, ella no dudó en relacionarla con el dolor de haber sido echada del periódico de la viuda de Noble. Desde entonces, desde la redacción del matutino, muchos empleados hicieron colectas para que pudiera desarrollar su tratamiento de la mejor manera posible.
¿Habrá disfrutado Ernestina Herrera de Noble que su biógrafo no autorizado, Pablo Llonto, autor de “La Noble Ernestina”, perdiera a su compañera?
La corporación de los medios de comunicación en la Argentina actúa así: levantar una bandera supone condenarse a la marginación de las empresas periodísticas, cada vez más concentradas. Este es el modo de imponer las reglas, desde la silenciosa intimidación. Que valga el ejemplo de Ana Alé, para ponerse de pie.

[1] “Una solución argentina”- Revista XXIII – Jueves 9 de noviembre de 2000.

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Notas relacionadas

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En números previos

La amenaza de los pulpos mediáticos (01-05)

Entrevista: Pablo Llonto y su libro "La Noble Ernestina", sobre la dueña del multimedios Clarín (05-03)

 

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