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III JUEGOS PANAMERICANOS DE
SORDOS, BUENOS AIRES 2003
El lenguaje de las
manos
Con poca difusión pero con la misma pasión, los
atletas sordos participaron de la competencia más importante
a nivel continental. Segundo Enfoque vivió de cerca el
torneo y cuenta cómo es jugar una final sin escuchar a los
hinchas, y cómo es ser un deportista discapacitado sin apoyo
oficial.
Por Mariano Barragán
mbarragan@segundoenfoque.com.ar
Organizados por la Confederación Argentina Deportiva de
Sordos (CADES), se desarrollaron en nuestro país, a fines
septiembre, los III Juegos Panamericanos para atletas con
discapacidad auditiva.
Casi mil deportistas de nueve países diferentes (Argentina,
Brasil, Chile, Venezuela, México, Paraguay, Canadá, Cuba y
Uruguay) participaron en las cinco disciplinas (voleibol, básquet,
fútbol, atletismo y natación). Las actividades se llevaron a
cabo en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CENARD),
excepto natación y fútbol, que se disputaron en la pileta olímpica
de River y en los estadios de Defensores de Belgrano y
Comunicaciones, respectivamente.
La delegación nacional finalizó quinta en el medallero con
11 logros. Los más destacados fueron los del seleccionado de
fútbol que vencieron en la final a Brasil por 6-1 y el equipo
de voleibol femenino que también obtuvo la medalla de oro al
ganarle a Venezuela.
Existen varios datos sobresalientes: por un lado, la cantidad
de deportistas se duplicó respecto a La Habana ‘99. En
aquella oportunidad fueron 450 los atletas. Y por el otro, las
disciplinas para sordos cuentan con una larga trayectoria
mundial. Los Juegos Olímpicos de esta especialidad que se
inauguraron en París en el año 1924.
Horacio Cussit, entrenador del seleccionado argentino de
voleibol femenino y una de las pocas personas oyentes dentro
de los Panamericanos, reconoce el valor que tuvo la
competencia: “Fue muy importante para Argentina desarrollar
estos juegos, porque la gente vivió de cerca toda esta
fiesta”.
Diferencias y similitudes
Los Panamericanos para sordos tienen una premisa
principal: sólo pueden competir aquellos deportistas con un
nivel de audición inferior al 55%. Existen, al igual que en
todas las discapacidades, distintos grados de complejidad. Están
quienes no escuchan absolutamente nada y aquellos que perciben
un mínimo sonido.
Por esto, se disputan partidos de, por ejemplo, básquet,
donde el silbato del árbitro es constantemente utilizado
debido a las infracciones simultáneas que se cometen. Sin
embargo, ninguna regla cambia en comparación con el básquet
tradicional. Simplemente (aunque no es obligatorio), el juez,
además de su silbato, utiliza un pañuelo blanco para marcar
las faltas.
En el voleibol pasa lo mismo, las bases se mantienen intactas.
“Años atrás, los árbitros se manejaban con banderines de
colores al momento de sancionar. En la actualidad llegó a ser
tan igual el juego que esos banderines se eliminaron”,
afirma Cussit.
La capacidad física tampoco es distinta. Los atletas sordos
no presentan ninguna disminución en este aspecto.
Según el entrenador, una diferencia es el período de
entendimiento con sus jugadoras: “En relación a un atleta
oyente la única variable es el proceso de interpretación
entre el técnico y sus dirigidos. Después no hay ningún
tipo de modificación ni en lo técnico, ni en lo táctico, ni
en lo estratégico.”
En este sentido, el arma de diálogo son las manos. El
lenguaje de señas es un idioma más, tal como lo caracteriza
Cussit: “Es como el inglés, el japonés o el alemán, las
señas tenés que aprenderlas como cualquier otro dialecto. En
un principio se me hizo muy complicado porque no conocía casi
nada y me costaba hacerme entender, pero con el tiempo uno va
adoptando el lenguaje”.
Otros que no escuchan
Los deportes para discapacitados corren con enormes
desventajas. Los escasos recursos económicos con los que
cuentan son el mayor inconveniente. Los seleccionados de
voleibol, tanto femenino como masculino, no reciben apoyo
financiero para desarrollar sus actividades. “Hacemos todo
ad hororem”, comenta el director técnico.
Realizan sus tareas a pulmón y con las esperables
dificultades para entrenarse. “Es un gran impedimento el
tema del tiempo, ya que los deportistas tienen sus trabajos
como cualquier persona y muchos deben cumplir horarios de 10
horas. Por consiguiente, sólo nos entrenamos 2 veces por
semana”, se lamenta Cussit. A su vez, dentro del plantel
conviven atletas de diversas partes del país, lo cual hace aún
más engorroso juntar al equipo completo para las prácticas.
Sin embargo, para los Juegos Panamericanos varios jugadores
lograron conseguir el permiso laboral y se concentraron
durante 14 días. Para Cussit eso fue muy importante
deportivamente: “Pudimos pulir cosas del juego que antes
eran imposibles”.
Una enorme cantidad de público se acercó a presenciar las
actividades. La inauguración, que contó con la presencia del
secretario de deportes de la Nación, Roberto Perfumo, y la
madrina de la competencia, Araceli González, demostró la
importancia que representó a la comunidad sorda la realización
de estos Juegos. Más de 2.500 personas colmaron el gimnasio
polideportivo del CENARD. Esta cifra de público se volvió a
repetir en las finales de voleibol femenino y masculino. Por
su parte, en el encuentro decisivo entre los seleccionados de
fútbol de Argentina y Brasil, mil espectadores se acercaron
al estadio de Platense, en la provincia de Buenos Aires.
Luchar contra la discriminación, el olvido y la falta de
apoyo fueron las señales que dieron los atletas con
deficiencia auditiva. Deportivamente, el desempeño de la
delegación argentina fue un éxito. Se pasó de 7 medallas en
La Habana 1999 a 11 en Buenos Aires 2003. Ahora surge un
interrogante: ¿algún político habrá entendido el lenguaje
de las manos? Arriba
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