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EL
ROL DE LOS MOVIMIENTOS UNIVERSITARIOS EN ARGENTINA
Pasar
al frente
Las
agrupaciones que nuclean a los estudiantes para defender sus
intereses evolucionan a través del tiempo. Desde el hito que
significó en Latinoamérica la Reforma Universitaria de 1918
hasta la influencia del neoliberalismo en los últimos diez años,
la comunidad educativa ha generado respuestas diferentes a los
problemas del momento. La toma del Rectorado de la Universidad
de Buenos Aires reanimó el debate.
Por
Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar
Paredes
que hablan: “No al ajuste”, “Que se vayan todos”,
“Luchemos por la universidad gratuita”. Imágenes de víctimas
de la represión policial, de militantes presos, del Che.
Pasillos que ven pasar todos los días a miles de estudiantes
y profesores, que cargan con sus libros, sus historias, su
cansancio, sus dudas. Una postal de la universidad pública de
hoy.
Fue un año ajetreado para la comunidad educativa. A
las infaltables marchas en reclamo de mayor presupuesto, se
sumaron otras actividades. Jornadas de debate sobre la situación
actual, clases públicas, manifestaciones en apoyo a las
empresas recuperadas por sus obreros, encuentros con
representantes de asambleas y de organizaciones populares. Y,
aunque ocurrió casi en el cierre del ciclo, el acontecimiento que tuvo más
resonancia, tal vez por su
vuelo mediático y su capital simbólico, fue la toma del
Rectorado.
A partir de diciembre pasado, con la caída de Fernando de la
Rúa y la consecuente efervescencia social, el espíritu de
cambio trascendió las calles y llegó al seno de la
universidad. “Al calor de una profundización de los
conflictos sociales, algunos sectores universitarios se
volcaron con razón a la creación de relaciones con las
organizaciones sociales, a tomar a éstas como fuente de saber
y experiencia. Lo que se presentó como una revitalización
política de la universidad tuvo serios límites”, sostiene
un artículo publicado en Página/12 y firmado por León
Rozitchner y Rubén Dri, entre otros profesores de la Facultad
de Ciencias Sociales. Para ellos, hubo más privación que
producción de pensamiento y de política, y en ese sentido
afirman: “Se adoptaron métodos y formas que habían sido
creativamente experimentados por distintos grupos de la
sociedad argentina (escraches, asambleas y cacerolazos) pero
sin advertir que su sentido no es inmediatamente
traducible”.
Más allá de las discusiones acerca de los modos de protesta,
una modificación concreta alteró el escenario de los
movimientos universitarios. En las últimas elecciones para
elegir los centros de estudiantes en la Universidad de Buenos
Aires, se consumó la derrota de la legendaria Franja Morada.
Esta agrupación surgida en la década del 40 como hija menor
de la Unión Cívica Radical (UCR), mantuvo su hegemonía
desde el retorno de la democracia, en 1983, hasta fines de los
90s. El fracaso del radicalismo en el gobierno y el fin de la
gestión de 19 años de Oscar Shuberoff como rector de la UBA,
fueron condimentos picantes que se sumaron al desprestigio de
Franja. En todas las facultades, triunfaron partidos
independientes o de izquierda, a excepción de Ciencias Económicas,
donde todavía no se definió el ganador del año pasado y el
problema recayó en la Justicia.
Si bien es cierto que el panorama universitario se ha
transformado, el impulso renovador no envolvió a todos. Según
datos oficiales, votó en promedio el 30% de los empadronados,
que incluye a 265 mil estudiantes. El record de convocatoria
se dio en la Facultad de Filosofía y Letras donde concurrió
a las urnas el 52.9% del estudiantado. El marcado ausentismo
responde a la indiferencia y a la convicción de que las
agrupaciones no son capaces de resolver los conflictos de los
estudiantes, o a la ignorancia acerca del funcionamiento de la
universidad.
Neoliberalismo en los claustros
“Si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y
embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho sagrado a la
insurrección. Entonces la única puerta que nos queda abierta
a la esperanza es el destino heroico de la juventud.” Esta
frase retumbó en todo el continente americano hace 84 años.
La había escrito el líder de la Reforma Universitaria de
1918, Deodoro Roca, en el “Manifiesto Liminar”.
La chispa se encendió primero en la Universidad de Córdoba,
clerical y medieval. Los jóvenes estudiantes de principios de
siglo XX se revelaron contra el oscurantismo y lograron
imponer sus metas principales, impensadas para la época:
autonomía universitaria, gratuidad de la enseñanza, co-gobierno
(esquema tripartito conformado por profesores, estudiantes y
graduados), ingreso irrestricto, libertad de cátedra.
Hoy por hoy, muchos de estos principios se mantienen, en teoría,
pero no garantizan una enseñanza superior de calidad e
igualdad. “La
universidad inficionada por el neoliberalismo responde a una lógica
mercantil y eficientista que coopta intelectuales, forma una
casta profesoral y directiva lindante con la corrupción,
margina estudiantes, explota a la mayoría de los docentes y
administrativos”, sostiene el filósofo y estudioso de los
movimientos universitarios, Hugo Biagini (ver aparte). Además,
agrega que, en los últimos tiempos, la educación ha dejado
de representar un bien de uso, con miras al mejoramiento de
las masas, para convertirse en una “mercancía subsumida por
las reglas del mercado”. “En un continente como el
nuestro, con un 85% de jóvenes marginados del sistema
universitario, ese modelo empresarial impugna la gratuidad de
la enseñanza, el aumento presupuestario oficial y el ingreso
irrestricto, mientras hace caso omiso de que en la universidad
privada existen muchas menos exigencias de nivel académico
para acceder a sus aulas”, reflexiona Biagini.
Una de las limitaciones más grandes es el cada vez más
reducido presupuesto destinado a educación. El reclamo por el
aumento de las partidas presupuestarias fue uno de los dos
puntos que desencadenó la protesta “Sociales no duerme”,
en octubre. Los estudiantes y las autoridades de la Facultad
de Ciencias Sociales exigían al rector de la UBA, Guillermo
Jaim Etcheverry, por un lado, un incremento el 30% de los
fondos y, por otro, un edificio único puesto que actualmente
la facultad está desarticulada. “Ciencias de la Comunicación,
una de las carreras de Ciencias Sociales, es la que más crece
en la UBA. Este crecimiento no ha sido acompañado por inversión,
ni en el aumento del presupuesto –para designar más
docentes y personal no docente- ni tampoco para dar una solución
definitiva a un problema edilicio que para nosotros es histórico”,
argumenta Gustavo Bulla, subsecretario de gestión de la
Facultad. Y completa: “Hoy estamos con las dos sedes
abarrotadas de gente (en Marcelo T. de Alvear y en Parque
Centenario). En el segundo cuatrimestre, de las carreras que
se cursan en Marcelo T. de Alvear, hay 72 comisiones que están
haciéndolo en edificios vecinos: en el colegio Carlos
Pellegrini, en la Facultad de Medicina, en la de Ingeniería”.
Casa tomada
Después de la movilización, el martes 15 de octubre, en
plena sesión del Consejo Superior, el rector Jaim Etcheverry,
levantó la sesión y no le permitió la palabra a la
presidenta del Centro de Estudiantes de sociales, Laura Pouzo,
que iba a hablar sobre los reclamos. Entre algunos empujones y
gritos, el debate culminó con la toma pacífica del
edificio.
A las reivindicaciones originarias se sumaron otros tres
puntos: el aumento de becas económicas; la no intervención
de Sociología y el reconocimiento de los resultados de la
elección directa del director de la carrera; y, por último,
que la UBA se retire del juicio contra dos estudiantes.
El paso del tiempo desgastó la toma. El gobierno de sociales
quitó su apoyo y criticó, según las palabras del decano
Federico Schuster: “La intransigencia de algunos sectores
que provocaron el fracaso del acuerdo con el rector”. También
dentro del frente estudiantil se produjeron escisiones. Por un
lado, el Movimiento Refundación Sociales (MRS)
-integrado por El Andamio, El Mate, Venceremos, CEPA- pretendía
solamente la defensa de los reclamos iniciales y, por otro, el
Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), el Partido
Obrero (PO) y el Partido de Trabajadores por el Socialismo (PTS)
planteaban la consecución de los 5 puntos.
El episodio de la toma del Rectorado fue seguido por los
medios de comunicación. El debate entre autoridades,
profesores y estudiantes –todos con posiciones diversas- se
trasladó a largas y frecuentes columnas en los principales
matutinos del país.
En general, la crítica al estudiantado de sociales se dirigía
a la metodología. Por ejemplo, el profesor Emilio de Impola
la calificó como “concierto de prácticas prepotentes y
anticonstitucionales”. La respuesta no tardó y el dirigente
de Venceremos, Maximiliano Moreno, afirmó: “Los estudiantes
estamos protagonizando el proceso de democratización y lucha
más importante de los últimos años. Venimos siendo
protagonistas de la recuperación de los espacios de discusión
de ideas, de los centros de estudiantes, de la federación
universitaria, de cada uno de los lugares que fueron vedados a
las mayorías por las conducciones radicales, menemistas y
frepasistas”.
Leonardo Moledo, docente de sociales, se preguntó en un artículo
si los “acampantes del Rectorado”, con sus “puestas en
escena berretas y tan simplotas” serían los futuros sociólogos,
politólogos y comunicadores. Para la periodista Susana Viau,
el profesor debería recordar: “En su inmensa mayoría, sociólogos,
politólogos y comunicadores han renunciado a cambiar el mundo
y estos muchachos que están durmiendo mal y comiendo peor son
militantes estudiantiles, como los de toda la vida”.
Tras 42 días de estadía en el edificio de Viamonte 444, los
estudiantes decidieron ponerle fin a la ocupación, aunque en
el marco de una pelea interna por la legitimidad de las
decisiones que cada bloque había tomado. El rector mantuvo
firme su postura de no dialogar bajo presión, y tampoco instó
a las “fuerzas del orden” a desalojar el lugar. Sólo uno
de los pedidos será tenido en cuenta por la máxima autoridad
de la UBA el próximo año: el alquiler de un tercer
establecimiento.
El capítulo de la toma del Rectorado ha traído aparejado no
solamente la disputa por reivindicaciones propias de la
Facultad de Ciencias Sociales, sino que ha generado un debate
en todos los ámbitos académicos que incluso ha llegado a la
sociedad en general.
No todos confían en la capacidad de los jóvenes que integran
las agrupaciones universitarias. “Les falta trabajar
seriamente. Y les falta una cultura, me parece que son de una
gran ignorancia, aunque no se puede generalizar. La formación
intelectual de personalidades como las de Deodoro Roca, Saúl
Taborda, o Julio V. González, que además tenían una actitud
moral espectacular, hoy no la veo por ninguna parte. La gente
está muy mediatizada, está detrás de las ventajas
inmediatas. Además, desde el punto de vista de la preparación
intelectual, me parece que hay una decadencia infernal”,
sostiene el director del Colegio Nacional Buenos Aires,
Horacio Sanguinetti (ver aparte).
En cambio, según Biagini, en medio de la catástrofe
nacional, se ha revitalizado el movimiento estudiantil. En esa
dirección, afirma sobre la toma: “Fue una jugada espectacular
donde aparece otro tipo de liderazgo estudiantil, menos
conciliatorio que los anteriores, donde se patea el tablero
para conseguir apreciables reivindicaciones, con una metodología
discutible pero cuya validez se verá en la práctica”. Arriba
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