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Así
se forman los periodistas del establishment
Por
Segundo Enfoque
Los
sientan en sillas de vanguardia, con pupitres de madera
brillosa. Los avances tecnológicos puestos al servicio de la
educación de los “periodistas económicos” del mañana.
El equipamiento mínimo: proyecciones, videos, presentaciones
en computadora. Lo único que tiene telas de araña es el
discurso del amaestrador.
La Universidad Católica Argentina (UCA) fue la sede de un
seminario de Periodismo Económico auspiciado por el “Centro
para la Apertura y Desarrollo de América Latina” (CADAL).
Primaban los matriculados en la casa de estudios ubicada en
los suntuosos edificios de Puerto Madero, en Buenos Aires. Sin
embargo, hubo alguien que decidió la aventura de conocer cómo
se reproduce el discurso económico predominante en los
centros de poder financiero, para entender su lógica y poder
contarlo.
En la universidad privada donde las cuotas superan el valor de
la canasta básica alimentaria que necesita una familia para
subsistir, las disertaciones empiezan puntuales. El recorrido
fue rutinario en los ocho encuentros del mes: primero, un
recuento histórico de la economía argentina, dejando bien
claro que el Estado ha sido “tremendamente ineficiente”, y
que apenas en los diez años de Carlos Saúl Menem hubo
posibilidades serias de desarrollo debido al “crecimiento
fuerte del PBI”. En este punto, también fue repetitivo el
olvido de otros índices como el de desempleo, por ejemplo.
A continuación, los obedientes estudiantes -que no paraban de
tomar nota hasta de los sorbos de agua bebidos por el
expositor- asimilaban que el periodista “no debe ser demagógico”.
Es decir, no tiene que objetar ninguna medida que sea
“seria” (a favor del sector privado) ni elogiar propuestas
de las llamadas “populistas, que la gente quiere oír”.
Con una frecuencia de veinte minutos, como un slogan, los
piqueteros eran definidos como “esos que cobran por ir a las
marchas”. Las risas de adhesión resonaban en el auditorio.
El docente deambulaba y un rayo de sol le rebotaba en la
sonrisa cuando miraba al río por el ventanal.
El peor error que puede cometer un periodista de esos que allí
se pretenden formar, según se detalló, es caer en una
“visión ideológica” de la realidad. Hay que intentar ser
como ellos, los únicos neutros, los “aideológicos”, los
“realistas”. En esas plumas no hay ideologías, sostienen,
sólo tinta.
Porque no es ideología pensar en la globalización como un
“inevitable” proceso económico y cultural. Tampoco lo es
creer que el “mercado” es el dios que guía los destinos
del mundo y tampoco lo es decir que cualquier emprendimiento
autogestionado, desde las bases no es serio “porque en ningún
país del primer mundo se aplica”.
Patrañas como estas se dispersaron por ese aula en todos los
formatos. La armonía no se rompió más allá de la
desesperación del espía ante semejante cuadro. El resultado
del evento habrá sido para sus hacedores, un pequeño éxito,
un paso más hacia la consolidación de otra camada de
difusores del pensamiento del poder. La pasividad del conjunto
de estudiantes, libros de Harvard en mano, no hace prever lo
contrario. Arriba
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