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TRABAJADORES ORGANIZADOS Al
pie de las máquinas
Se
resisten a abandonar los lugares de trabajo e intentan
conseguir un marco legal que respalde el funcionamiento de las
fábricas. Algunos eligen convertirse en cooperativas,
mientras otros exigen que se estatice la empresa y se
establezca el control obrero. Una estampa del fracaso de la
dirigencia empresarial argentina
y una muestra de la capacidad de autogestión de los
trabajadores.
Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar
Deciden quedarse.
Comen, trabajan y duermen entre máquinas y productos. Saben
que si se descuidan pueden ser desalojados. Los obreros de
cientos de fábricas en convocatoria de acreedores, en quiebra
o abandonadas por sus dueños, optaron por permanecer en las
propiedades y seguir produciendo para resguardar sus fuentes
de trabajo.
Lavalán, IMPA, Zanello, Brukman, Zanon, Clínica Junín,
Cooperativa Vieytes, Grissinópoli, Chilavert, Panificación
5, Cerámica Valle Viejo, Yaguané, Metal de Avellaneda, son
los nombres de algunas de las fábricas que de no ser por los
trabajadores hoy serían fantasmas, recuerdos de otra época.
Atrincherarse en una planta industrial es una odisea. No
solamente por las incomodidades específicas del lugar, que
tal vez sean lo de menos, sino por los cambios que se suscitan
a partir de que un grupo de obreros convive más allá de la
jornada laboral y convierte a la empresa en su propia casa.
“De los 52 trabajadores, 42 son mujeres. A veces tenemos
peleas, discusiones por la misma convivencia, estamos día y
noche juntos. Pero todos vamos para el mismo lado, sabemos lo
que queremos: seguir trabajando y que esto no se cierre”,
cuenta a Segundo Enfoque Oscar, trabajador de
Brukman desde hace 9 años.
Algunos no soportan la lucha y desertan: “Se nos fueron como
10 o 12, porque no aguantaron. Pasamos las Navidad y Año
Nuevo acá adentro y a principios de febrero ya se empezaron a
ir, porque no teníamos dinero, cobrábamos 2 pesos. Después
nos quedamos acá adentro sin hacer nada, resguardando esto.
Hacíamos cajitas improvisadas y salíamos a hacer fondo de
huelga a la calle”, sigue el obrero planchador, cortador y
ahora también encargado de las ventas.
Las familias de muchos trabajadores acompañan la resistencia
sin tapujos. Pero no siempre ocurre. “Yo me separé por
esto, y otros compañeros también”, dice Oscar.
Dentro de la ley
El primer escollo que tuvieron que sortear fue impedir el
cierre de la empresa. “Ellos necesitan muy poco, sólo la
posibilidad de usarlas. No piden dádivas, quieren la
posibilidad de trabajar”, afirma Luis Caro, abogado del
Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER).
El segundo paso, es elegir una figura legal para asegurar el
funcionamiento. La mayoría ha escogido conformar una
cooperativa y luchar para que se sancione una ley que declare
“bienes sociales” a las unidades productivas y a los
bienes muebles.
La Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires aprobó, en los últimos
dos meses, tres expropiaciones por ley que benefician a la
Cooperativa Vieytes (ex Ghelco), una fábrica que elabora
materia prima para postres helados, a la imprenta Chilavert y
a Grissinópoli, dedicada a la producción de grisines. Las
iniciativas fueron promovidas por Delia Bisutti y Beatriz
Baltroc (ARI), Vilma Ripoll (Izquierda Unida) y Jorge Altamira
(Partido Obrero).
Las dos primeras disponen la ocupación temporaria del
inmueble (por dos años) y la expropiación definitiva de las
máquinas y bienes imprescindibles para la producción por un
monto de hasta 150 mil pesos. Por su parte, el gobierno porteño
se compromete a pagar un canon a los acreedores de cada
quiebra –similar al alquiler de los edificios- también por
dos años. Una vez cumplido ese lapso, los obreros tienen la
preferencia de compra de la planta. En cambio, Grissinópoli,
por no ser una empresa en quiebra, sólo podrá gozar del uso
temporario, también por dos años, de todos los activos.
Para Luis Caro: “Lo ideal sería una modificación de la Ley
de Concursos y Quiebras 24.522 para que se suspenda la
liquidación de los bienes de las empresas en quiebra y que
puedan ser cedidos a los trabajadores organizados en
cooperativas en comodato, o sea un préstamo de uso gratuito,
para que ellos puedan utilizarlo”. Esta propuesta apunta a
evitar que se destruya el aparato productivo argentino. “Por
un lado, se destruirían las fábricas y por otro, se dejaría
de lado la alta experiencia y capacidad de muchos trabajadores
que cumplieron durante más de 20 años esa tarea”,
continúa Caro. De acuerdo con el abogado, algunos
legisladores nacionales están interesados en impulsar este
proyecto, entre ellos, los diputados Francisco Gutiérrez
(Polo Social, Buenos Aires), Mario Cafiero (ARI, Buenos
Aires), Graciela Ocaña (ARI, Buenos Aires) y Saúl Ubaldini (PJ,
Buenos Aires).
Sobrevivir en el mercado
No todas las fábricas autogestionadas prefieren enfrentar el
futuro como cooperativas. Ejemplo de esto, son la ceramista
Zanon, de Neuquén, y la textil Brukman, de Capital Federal.
“Nosotros queremos que el Estado se haga cargo. Nosotros no
solamente podemos hacer trajes, podemos hacer guardapolvos,
ropa para los hospitales, sábanas, ropa infantil para guarderías.
Queremos que el Estado nos provea con los materiales para
pagar de esa forma. Y que nos garantice un sueldo. Para no
estar como estamos, peleando a ver cuanto nos llevamos, viendo
si se junta plata o no se junta”, relata Oscar, de Brukman.
“Así como estamos, bajo control obrero, sabemos qué es lo
que hay, lo que no hay, cuánto dinero entró. Nadie tiene
cargos, no tenemos jefes, encargados, todos sabemos cuál es
el trabajo de cada uno”, agrega.
El argumento de aquellos que optan por la estatización con
control obrero es que eliminan el fantasma de la competencia.
La producción se orientaría hacia fines sociales y en el
marco de un plan de obras públicas.
Un antecedente de esta experiencia es la toma por 28 días de
la Petroquímica Argentina Sociedad Anónima (PASA). En julio
de 1974, los trabajadores reunidos en asamblea pidieron a la
patronal –luego de intensos conflictos- que caducara el
contrato de concesión y tras el rechazo de los directivos, se
dispuso la ocupación del lugar. En ese breve período, la producción
estuvo dirigida por los obreros, los trabajos de riesgo o
insalubres se realizaban tomando las precauciones aconsejables
y disminuyeron considerablemente los accidentes de trabajo.
“Este control obrero se organizó a partir de comités.
Algunos de ellos fueron el comité de lucha, el de prensa y
propaganda, de vigilancia, de abastecimiento y servicio del
comedor y el de producción”, escribieron los historiadores
rosarinos Leónidas Cerruti y Mariano Resels. El Sindicato de
Obreros y Empleados Petroquímicos Unidos (SOEPU) solicitó al
gobierno nacional que “se interese en la nacionalización de
esta importante fuente de trabajo”.
En un debate sobre “Cooperativas y control obrero”,
realizado en la Universidad de Buenos Aires, el profesor de la
Cátedra Karl Marx, Jorge Sanmartino aseguró: “Los
trabajadores pueden auto-organizarse y producir, desarmando la
ilusión de que es el capital en la persona del patrón o del
gerente quien crea esa riqueza, cuando es la fuerza del
trabajo la que crea la riqueza social”. En ese sentido, dijo
que las cooperativas “al ser empresas privadas, deben ser
competitivas”. Es por eso que arrastraría a los
trabajadores a reproducir la “lógica patronal”: para
sobrevivir persiguen la búsqueda de la ganancia, el
abaratamiento de los costos, el aumento de los ritmos de
trabajo, la reducción salarial. Según Sanmartino: “Se
reemplaza la explotación del patrón por la auto-explotación”.
Por otro lado, para la socióloga Mirta Vuotto la estatización
no es la solución ideal, ya que se desarrollaría una relación
de dependencia con un patrón que ya no es el
dueño de la fábrica sino el Estado. “Hay que destacar que
una de las características de las cooperativas es la autonomía
de gestión. Y las que son desarrolladas y fuertes han sabido
preservar eso. Eso no quiere decir que con el Estado no tengan
nada que ver porque hay un organismo que las regula y que les
dice si pueden operar comercialmente o no, incluso tienen
obligaciones para con el Estado”, afirma la especialista en
cooperativismo. Sin embargo, la directora del Centro de
Estudios de Sociología del Trabajo sostiene que el hecho de
ser cooperativa no trae el éxito asegurado. “El ciclo de
vida de las cooperativas de trabajo en países de América
Latina es bastante parecido. Aparecen en momentos de crisis y
luego caen”, resume Vuotto.
Más allá del debate entre las ventajas de la figura
de cooperativa y la de estatización, los trabajadores siguen
firmes en su rol de custodios de las fábricas. Serenos de
noche y obreros de día, repiten una y mil veces: “Lo que
queremos es trabajar”. Arriba
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