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LA POLÉMICA POR EL CONTRATO CON AUSTRALIA

¿Reactor por residuos?

 La comunidad científica elogia los logros de la empresa estatal INVAP. Los grupos ambientalistas encarnan una feroz oposición. En medio de las dos posturas, los gobiernos de Australia y Argentina ejercen un fuerte lobby para que el Congreso ratifique el acuerdo de cooperación. La decisión en manos de los legisladores puede cambiar la estrategia de la política nuclear nacional para las próximas décadas.

Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar


“La totalidad del movimiento ambientalista argentino está en pie de guerra contra esto, no podemos permitir que el capítulo ambiental de la Constitución sea violado”, afirma Juan Carlos Villalonga, integrante de Greenpeace. Desde que conoció los pormenores del convenio entre Argentina y Australia, el especialista en asuntos de energía nuclear se opuso a la operación y no dejó de organizar protestas, hablar con funcionarios y difundir la situación a través de los medios de comunicación.
Fue a mediados de 1998 cuando el organismo australiano de Ciencia y Tecnología Nuclear (ANSTO) llamó a una precalificación de empresas internacionales para construir un reactor nuclear para investigación científica y producción de radioisótopos –utilizados para diagnósticos en medicina. Se presentaron siete competidores: Siemens (Alemania), Technicatome (Francia), AECL (Canadá), Hitachi (Japón), General Atomics y los laboratorios Los Alamos y Brookhaven (Estados Unidos), Skoda (República Checa) y, por último, INVAP (Argentina). Entre tantos monstruos de la industria nuclear, la empresa estatal argentina resultó ganadora y en junio de 2000 firmó un contrato comercial con ANSTO.
Con Fernando de la Rúa en la Casa Rosada, el entonces canciller Adalberto Rodríguez Giavarini suscribió el “Acuerdo entre Argentina y Australia sobre cooperación en los usos pacíficos de la energía nuclear”. A los ojos de los funcionarios argentinos, el pacto era un claro respaldo político al contrato INVAP-ANSTO y abría las puertas para concretar nuevos negocios en ese área. Este convenio, además de la firma de ambos gobiernos, debe ser ratificado por el Congreso Nacional. En ese sentido, el 7 de noviembre de 2001, los senadores lo aprobaron “sobre tablas”, esto es, sin labor parlamentaria ni estudio en comisiones. Desde entonces, el acuerdo espera su tratamiento en la Cámara baja.

La discordia

Pocas cosas enfurecieron más a las agrupaciones ecologistas que el artículo 12 del acuerdo de cooperación. El apartado avala la posibilidad de que si Australia lo solicitare, podría enviar al país combustibles gastados o irradiados de su reactor para que sean acondicionados y luego devueltos a su lugar de origen. “Argentina se compromete a realizar una actividad que hoy en día ni si quiera está realizando con nuestros propios residuos. Esto es: el transporte de sustancias altamente radiactivas por miles de kilómetros, por vía marítima, luego atravesando toda la provincia de Buenos Aires, hasta el tratamiento de los mismos en el Centro Atómico Ezeiza, y después de algunos años, el regreso de esto hacia Australia”, argumenta Villalonga. Sin descansar agrega: “Esto implica violar la Constitución y es desactivar el impedimento legal para que este tipo de operaciones se multipliquen, no sólo con Australia sino con otros países”.
La línea divisoria entre quienes están a favor y en contra del acuerdo la marca la Carta Magna en su artículo 41: “Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos”. De esto se desprenden dos posturas:
-         Grupo A (“a favor”): “No viola la Constitución ya que los combustibles gastados no son residuos radiactivos”. Integran este sector la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), INVAP, la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN), las Academias Nacionales de Ciencias, la mayoría de los legisladores.
-         Grupo B (“en contra”): “Viola la Constitución porque los combustibles gastados son residuos radiactivos”. Apoyan esta postura Greenpeace, la Fundación Ambiente y Recursos Naturales dirigida por Daniel Sabsay, la Fundación Vida Silvestre, algunas asambleas barriales y legisladores, en mayor medida, socialistas y del ARI.
La Ley Nacional de Actividad Nuclear (24.804), de 1997, es la que regula el sector. Dispone que el Estado fijará la política y ejercerá las funciones de investigación y desarrollo, regulación y fiscalización, a través de la CNEA y de la ARN. La normativa no especifica qué son los combustibles gastados.
Por otro lado, la Ley de Gestión de Residuos Radiactivos (25.018), promulgada en 1998, aclara: “(...) Se entiende por residuo radiactivo todo material radiactivo, combinado o no con material no radiactivo, que haya sido utilizado en procesos productivos o aplicaciones, para los cuales no se prevean usos inmediatos posteriores en la misma instalación (...)”. Este concepto sintoniza con el esbozado por el Licenciado Luis Jovilet, director del Centro Atómico Ezeiza, lugar donde se realizaría el acondicionamiento de los combustibles irradiados: “Es un elemento combustible que ha cumplido su ciclo de utilización en el reactor nuclear y ha sido extraído para ser reemplazado por otro. Pero le queda un remanente energético importante que lo convierte en un elemento que no necesariamente es un residuo radiactivo debido a que se lo puede reutilizar”.
En el ámbito internacional, la Comisión Regulatoria Nuclear de Estados Unidos (NRC) califica a los combustibles gastados como “basura radiactiva” y, además, advierte que los lugares de acondicionamiento de esos elementos se han convertido en posibles blancos para el terrorismo. Por su parte, la Agencia Internacional de Energía Atómica los considera como residuos cuando se trata de material que no se va a “reprocesar” y lo que se haría en Argentina es sólo el “acondicionamiento”.
Desde Greenpeace, Villalonga alerta sobre supuestas artimañas: “Lo que se va a traer es material que no va a tener ningún tipo de uso ulterior y lo que se va a hacer es un típico tratamiento de residuos radiactivos tan solo para acondicionarlos de manera tal que puedan ser recibidos acorde a las leyes que rigen en Australia. Por lo tanto, ni desde el punto de vista legal ni técnico cabe esta búsqueda de la vuelta argumental para hacer pasar esta operación por algo legal”.

Luz verde del Congreso

Los diputados saben que miles de ojos apuntan a sus cabezas. Las manifestaciones tan originales como efectistas de los opositores al contrato con Australia molestan demasiado a los legisladores que aconsejan la ratificación del acuerdo. “Las campañas de exacerbación de la opinión pública, las actividades que tienen un gran efecto mediático pero no van al fondo de la cosa, y las distintas manifestaciones en contra del tratado son grandes escollos”, sostiene el diputado cavallista José Luis Fernández Valoni.
El análisis del convenio recayó en las comisiones de Relaciones Exteriores y Culto, presidida por el ex gobernador de San Juan Jorge Escobar, y la de Energía y Combustibles, dirigida por el justicialista Arturo Lafalla. Ambos despachos se volcaron, en mayoría, por la ratificación del tratado.
Sin embargo, algunos diputados firmaron dictámenes aparte en disidencia. Este es el caso del socialista Rubén Giustiniani, quien en argumentó su postura basándose en tres motivos: “Primero, por una razón constitucional, porque el artículo 41 de la Constitución es muy claro en cuanto impide el ingreso de residuos radiactivos al país. Y este tratado justamente lo viola. El segundo aspecto es una cuestión ambiental ya que los deshechos del reactor de Australia surcarían por mares y para llegar a la Argentina tendrían que pasar por el Cabo de Hornos y esto entraría en contradicción con convenios firmados con Brasil y Chile. Y el tercer motivo, es de perfil de desarrollo tecnológico. Creemos que es positivo exportar un reactor nuclear de baja potencia con fines de investigación pero no que residuos radiactivos vengan a nuestro país. Es decir que, aceptar por primera vez que Argentina tenga que procesar deshechos de otros países abre las puertas a un comercio peligroso que algunos sectores de INVAP y de la CNEA están planteando”.
De acuerdo con el subgerente de INVAP Hugo Albani, se está creando una enorme confusión en la sociedad que no permite desmenuzar el asunto e ir a fondo. Hay dos niveles de discusión, según su visión. “Una cosa es el contrato, que está inscripto en el marco del derecho privado que firmó INVAP, como empresa, y ANSTO, como representante de la comisión de energía atómica australiana. Y otra cosa es el acuerdo país a país que es lo que está en consideración en la Cámara de Diputados hoy. Ese acuerdo es público, inscripto en el derecho público y en conocimiento de la gente”. Si el Congreso de la Nación no ratificara el Acuerdo de Cooperación entre Argentina y Australia, esto no implicaría que la operación de venta no se concretara. De hecho, en San Carlos de Bariloche hace meses que se está construyendo el reactor que sustituirá al que está funcionando en la localidad de Lucas Heighs, en Australia, desde hace 35 años.
El visto bueno a este convenio es uno de los tantos pedidos que el jefe de Estado Eduardo Duhalde le extendió –o exigió- al Congreso para que sancione antes de que finalice en noviembre el año parlamentario. El acuerdo nuclear con Australia, hijo pródigo del gobierno radical, es hoy apoyado por la mayoría justicialista. Aunque, lo que a simple vista parece un trámite de fácil ejecución, se ha convertido en un escollo para la mayoría de los legisladores debido a la exposición del tema en los medios de comunicación. Mientras, tan distantes como firmes, las posturas de los científicos argentinos nucleados en la CNEA, por un lado, y de las agrupaciones ecologistas, por otro, generan dudas y confusión en la sociedad, alejada de los temas de la energía nuclear.
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