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POLÍTICA
INTERNA BRITÁNICA
La
rebelión contra Blair
El analista internacional Isaac Bigio explica cómo
el entusiasta acompañamiento del primer ministro de Gran
Bretaña, Anthony Blair, a la embestida bélica contra Irak
liderada por George Bush, puede costarle su posición. Con una
popularidad en descenso y severos cuestionamientos de su
propio partido, el premier británico intenta recuperar poder.
Por Isaac
Bigio*
Mucho se habla que una
eventual guerra podría acabar con Saddam Hussein. Sin
embargo, ésta puede terminar tumbando a algunos de los
gobiernos que están entre los que más promueven un ataque
inmediato. Tony Blair, el principal apoyo internacional de
George W. Bush, puede ser una de las grandes bajas del
conflicto bélico. Durante casi 6 años en el poder, Blair se
mantuvo como uno de los primeros ministros más populares que
haya tenido el laborismo. Hoy, por primera vez se discute
seriamente acerca de su reemplazo.
El miércoles 26 de febrero su administración recibió el
mayor revés que haya tenido alguna vez en la Casa de los
Comunes. Ese día 199 parlamentarios (122 miembros del
gobiernista partido laborista) votaron en contra suya
planteando que no hay condiciones para una guerra. Nunca antes
en la historia parlamentaria se ha registrado una rebelión
tan alta en la bancada oficialista. En Reino Unido el gobierno
se basa en los 659 parlamentarios. Tony Blair era visto como
el único laborista que había llevado por 2 veces
consecutivas a su
partido a ganar una mayoría aplastante de más del 60% de las
bancadas. En febrero, los líderes de los dos partidos que
controlan el 90% del parlamento se pronunciaron a favor de
preparar una guerra contra Irak. La suma de los 412 laboristas
más la de los 163 conservadores y los 11 unionistas nor-irlandeses
arroja 586 parlamentarios de fuerzas que oficialmente tienen
una línea dura frente a Bagdad. Sin embargo, sólo 393 de
ellos siguieron a sus líderes, mientras casi 200 de ellos votó
en contra o no votó.
El laborismo se encuentra ante su mayor crisis. La inmensa
mayoría de su base se opone a la guerra. Gran parte de los 2
millones que fueron a marchar contra la guerra el 15 de
febrero son sus miembros o electores. Un tercio de la bancada
oficialista votó contra
el gobierno y unos 50 parlamentarios laboristas
indicativamente no asistieron a tal votación. De los
alrededor de 250 parlamentarios laboristas que respaldaron a
Blair hay 96 que son ministros y reciben sus pagos del
gobierno, y todos ellos unánimemente respaldaron a Blair.
Muchos parlamentarios quienes esta vez apoyaron a su premier
lo hicieron con reservas y han dejado entrever que en caso que
el premier resolviese ir a la guerra sin aval de Naciones
Unidas se sumarían a la rebelión.
No sólo el laborismo se escindió ante dicha cuestión. Trece
conservadores (casi un décimo de los representantes de dicho
partido tradicionalmente halcón) votaron en contra de ir
pronto a una guerra. Para Kenneth Clarke, quien disputó
recientemente con Ian Duncan Smith el liderazgo de los ‘tories’,
la próxima vez que terroristas ataquen una metrópoli
occidental o que fanáticos fundamentalistas depongan a un
gobierno en el mundo islámico ya se sabrá que política habrá
provocado ello. Para los conservadores disidentes la decisión
de ir o no a la guerra no la ha tomado o podrá tomar el
parlamento británico o Naciones Unidas pues ésta ya ha sido
decidida por la Casa Blanca.
Los laboristas rebeldes manifestaban oponerse a ir tras la
derecha dura norteamericana que querrá imponer sus términos
militares en otros países, que tiene intereses petroleros en
el medio oriente, que socava la autoridad de Naciones Unidas,
que quiere bombardear Irak mientras se apuntala al mayor
poseedor de armas nucleares y de gases en el medio oriente
(Israel) y cuyas acciones acaban produciendo masivos reclutas
para Al Qaeda.
Los únicos partidos que mantuvieron su cohesión en dicho
debate fueron los liberal-demócratas y los nacionalistas. Los
primeros están pasando por su momento de mayor popularidad.
Debido al giro a la derecha de Blair ahora los liberales
aparecen como la fuerza que mantiene en alto algunos de los
principios que otrora fueron propios del laborismo (anti-guerra,
educación gratuita, etc.). Sin embargo, tanto liberales como
los disidentes conservadores o laboristas no están en contra
de toda guerra pues el grueso de ellos secundaría una
amparada por Naciones Unidas.
Blair ha sido tildado por Nelson Mandela como el canciller
norteamericano. Su creciente arrinconamiento afecta a Bush. Si
Blair no consigue una segunda resolución en el consejo de
seguridad en pro de una acción bélica él
corre el riesgo de ser depuesto. Tanto él como José
María Aznar o Silvio Berlusconi encabezan antiguos imperios
europeos que pretenden fortalecerse siguiendo a la única
super-potencia. Mas, esta guerra es impopular en sus propios
países y podría crear crisis gubernamentales mayores si ésta
se da sin un mandato internacional o es más larga y
sangrienta de lo calculado. La venganza de Hussein podría ser
que quienes quisieran deponerlo militarmente pudiesen acabar
siendo depuestos por sus propios electores. Arriba
* Analista Internacional. Ha obtenido grados y postgrados en historia y
política económica en la London School of Economics, donde
tan bien ha enseñado. Premio Dillons (Waterstone) a la
excelencia. Escribe para unos 200 medios.
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