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Y DESPUÉS DE TATO, ¿QUÉ?

El desafío: redescubrir a Tato Bores

 No se cumplen años de su nacimiento ni de su muerte. No fue declarado nada y no ganó premio alguno en los últimos meses. Es un recorrido por la carrera y la personalidad de un actor cómico argentino que pasó a la historia con un personaje que retaba con gracia a los políticos. Aunque era un hombre que fuera del libreto se quedaba sin palabras.

Por Jairo Straccia
jstraccia@segundoenfoque.com.ar

Sólo algunos videos documentales han llegado a la generación de 1980. Además de la apatía y de la falta de ideas de las últimas dos décadas del siglo XX, también tener veintiún años significa no haber visto a Tato Bores. No hay nostalgia. Hay curiosidad. Más bien, descubrirlo que rememorarlo es la finalidad de este artículo.
Tucumán y Pellegrini, Buenos Aires, Argentina. Nacimiento. Un bebé que llora. Nadie comprendió aquel primer monólogo sin libretista conocido. En ese inquilinato céntrico, el almanaque marca 27 de abril de 1927. Algunas versiones dicen que el llanto pedía en particular algunas cosas: una peluca, un habano, unos anteojos y un frac.
Mauricio Borezstein ante todo fue un actor, socio activo de la Asociación Argentina de Actores número 2.855. Un actor cómico. Ser clarinetista había sido su primer deseo, aunque se convirtió en el amplificador del pensamiento de gran parte los argentinos. No se sabe si le contó un “buen” chiste a al por entonces consagrado actor José Ángel “Pepe” Iglesias cuando se lo cruzó mientras acarreaba los bártulos de una orquesta de Buenos Aires. Lo cierto es que pegó el salto al escenario, después de haberlo contemplado incluso abriendo puertas en la entrada del Teatro Cervantes.
Pasó por radios y algunos teatros hasta llegar a la televisión. Iglesias y Julio Porter le sugirieron el nombre de su personaje: Tato Bores. El debut fue en el Canal 7, dentro del programa “Caras y morisquetas” en 1957. Su momento se llamaba “Tato y sus monólogos”, y se dedicaba a hablar de, sobre y contra los poderosos de turno.
Hacía poco tiempo que había caído el segundo gobierno de Juan Domingo Perón, y la dictadura que lo había derrocado prohibía decir su nombre. Ideal: “Juan Domingo Cuco” o “Juan Domingo Drácula” eran sus salidas. “El que sabe sabe, y el que no es jefe”, remató por aquellos días en referencia nada menos que a Isaac Rojas y Pedro Eugenio Aramburu, el sector más duro del gobierno de facto.

Tato hablador

"Soy un tipo sin currículum”, decía. Estuvo más de treinta años en la pantalla chica con su personaje. Muchísimos programas y en casi todos resaltaba el nombre de Tato (ver aparte). Aunque muchos se acuerdan de cuando empezó a comer fideos con sus encumbrados invitados, el plato especial que la gente dice no olvidar son sus monólogos. Desde 1957, contó con los guiones de, entre otros, César Bruto, Jordán de la Cazuela, Aldo Cammarota, Juan Carlos Mesa, Geno Díaz y Santiago Varela.
En el programa “Tato, siempre en domingo” (1961-1963), bajo la presidencia de Arturo Fondizi, Bores explicó: “Cuando veo a un presidente como Arturo Frondizi pienso que los presidentes no andan porque nunca nadie les enseñó cómo debían actuar. Si una mujer quiere aprender a cocinar o a coser, va a una academia y chau. Pero academias de presidentes no hay”.
“Por siempre Tato” (1971-1972) fue la emisión en la que interpretó el monólogo referido a la vuelta de Juan Domingo Perón, tras 18 años de proscripción. Un pasaje: “Salí rumbo a Ezeiza, apretando mis pasajes en la mano. Era el mediodía y ya había como 2.000 personas esperándonos. En cuanto me vio Cámpora, se me echó en los brazos y lloró. ‘Tato, la emoción me embarga. Después de 18 años el General vuelve...’ Las lágrimas del tío Héctor J. tenían un cierto aroma a tomillo”.
Vamos a mayo de 1991, “Tato, la leyenda continúa”. Imperdible monólogo sobre las privatizaciones: “Eso es cierto, antes el Estado, cuando manejaba estas empresas, le sacaba guita al usuario para dársela a las empresas privadas que le vendían cosas al Estado. En cambio, ahora, estas empresas privadas le sacan directamente la guita a la gente, sin tener que pasar por el Estado. O sea que se eliminaron intermediarios. ¿Verdad?”
Agosto de 1992. Cerca de alejarse de la televisión, se refirió a los temas importantes que se trataban en el auge de la presidencia de Carlos Saúl Menem: “ (...) Me encuentro con mi gran amigo el filósofo oficial del Gobierno, José Empédocles. ‘Tato –me dice-. No es que nosotros estemos en contra del periodismo, pero el periodismo está idiotizando a la gente. De lo único que hablan es de la cotidianeidad. Usted abre un diario y ahí están: el Yomagate, Al Kassar, la contaminación, la corrupción, el cólera, los propóleos. Al final la pequeña cosa cotidiana enmascara los grandes problemas estructurales del país, tales como si estamos o no en el fin de la historia’”.

Sin palabras

El hombre que apabullaba con sus monólogos hasta quedarse casi sin aire, afuera del show –cuando volvía a ser Mauricio Borezstein- se quedaba sin palabras. Era de aprenderse al pie de la letra, de memoria, el libreto para cada transmisión. “No improviso ni los estornudos. Estudio como un animal. Estudio, si es que no vienen a joderme, a preguntarme pavadas” le contestó en una entrevista al periodista Rodolfo Bracelli en junio de 1981, en una de tres charlas que mantuvieron y que figuran en el libro “Caras, caritas y caretas”, editado por Sudamericana.
En esa misma entrevista, el actor que solía representar a Tato Bores, se quejó desde el principio: “Ya repetí cuatrocientas veces lo mismo. Ya me estrujaron como a un limón. No esperen nada diferente de mí: soy un tipo aburrido. Un caso perdido. Cuando voy a fiestas o a reuniones, todo el mundo me rodea esperando mis ocurrencias y no me sale una. Me miran defraudados. Y con ustedes los periodistas pasa lo mismo, me miran como si los hubiera estafado. ¿Tengo razón o no para enfurecerme?”.
Y once años más tarde, en junio de 1992, el mismo Rodolfo Bracelli repitió el intento de conseguir una opinión política del actor que día a día llenaba de calificativos a todos los integrantes del poder público argentino. Ésta fue la respuesta: “De pelotudos que tienen la precisa sobre las virtudes y los males argentinos, el país está hasta el cuello. En ésa no me anoto. Te repito que yo no soy ni gracioso, ni visionario. Soy un actor cómico de la Nación. Cuando no tengo libreto me callo la boca”.
Ahora bien, difícilmente Tato Bores habría dicho cosas que Mauricio Borezstein no hubiese querido. ¿Cuál era la “política editorial” de los programas de Tato? Santiago Varela, el último guionista que escribió los libretos para Bores, le dijo a Segundo Enfoque lo que él cree al respecto: “La política editorial de Tato era la defensa de la democracia. Tato era un liberal en el buen sentido. Nunca estuvo de acuerdo con los golpes militares. No le gustaba la prepotencia ni las faltas de respeto”.

Eso no se dice

El trato de Bores con los políticos siempre fue cordial. Varela, que trabajó con él desde 1987 y le escribió más de 100 libretos, sostiene que los políticos tenían que estar en lo de Tato por una cuestión de imagen. Y además destaca que la relación con muchos hombres del poder se favorecía por el compromiso que Tato tenía con las emisiones: “La producción era directa de él; él los llamaba y eso generaba confianza y respeto. Pero nadie le pedía nada, él era un señor”.
Más de una vez, sin embargo, tropezó con ímpetus censores de sus programas. Aunque alguna vez dijo que con los que menos inconvenientes trabajó fue con la “Revolución Libertadora” (autodenominación del golpe militar que derrocó a Perón en 1955), con Arturo Illia y con Agustín Lanusse, reconoce que en esas épocas nunca un programa salía al aire sin que los libretos hubiesen sido leídos por autoridades del canal.
En cambio, durante el último gobierno de facto, en un programa especial que realizó en 1978, fue prohibido y por lo tanto nunca transmitido el bloque “Hola Señor Presidente”, en el que Tato Bores simulaba hablar por un teléfono gigante con el titular de la Casa de Gobierno, en aquellos días el dictador Jorge Rafael Videla.
Una parte del programa que sería emitido el 17 de mayo de 1992 no fue publicada por censura previa. La jueza María Romilda Servini de Cubría había presentado una demanda contra la emisión en la que el arqueólogo Helmut Strasse (otro personaje de Borezstein) se preguntaba en el año 2492 sobre los rastros de Argentina, un país desaparecido 500 años antes. Mientras se mostraba un escudo con la imagen de Servini de Cubría, el locutor Ernesto Fritz decía: “¿Mito, leyenda o realidad?”. Luego Strasse infirió el valor del dinero en Argentina: concluyó que 60 pesos habrían sido una fortuna, pues ésa había sido la sanción que la jueza había recibido de la Corte Suprema por mal desempeño en el caso Yomagate.
No sólo la Justicia rechazó el pedido la funcionaria, sino que una multitud de estrellas del espectáculo argentino, se congregaron en el programa de Tato y cantaron “La jueza Barú Budú Budía es lo más grande que hay”, en uno de los episodios más conocidos de la televisión local.

Después de Tato, ¿qué?

Borezstein falleció el 11 de enero de 1996 de cáncer a los huesos, cuando tenía 68 años. De la televisión, sin embargo, había partido tres años antes. Con un ciclo mensual llamado “Good show” se había despedido en 1993. Y no se acostumbraba a no usar su peluca (que en toda su carrera fue la misma), y a no tener que practicar monólogos.
En el último reportaje que se le hizo, para la revista “Viva” del diario Clarín, en noviembre de 1994, se lo veía algo amargado. El título era “Desocupado” y la primer respuesta publicada era: “Me siento un poco jubilado, porque no tengo la obligación de ir al canal y ponerme la peluca una vez por semana”.
A la hora de pensar en su muerte, la frase que más se repetía era “se lo va a extrañar”, “a la Argentina le va a hacer falta”. Sin embargo, sus últimos años de vida y la evolución de la televisión argentina en el siglo XXI prenden la alarma acerca de lo que hubiese ocurrido con Tato, si aún usara la peluca y el habano.
Carlos Ulanovsky, periodista especializado en la historia y los contenidos de la “caja boba”, manifestó sus dudas en este sentido (ver aparte): “Tato murió en 1996, y ya desde el ’93 no estaba en la TV. Y en el ’93 tuvo que hacer un programa mensual. No era semanal como hasta ese momento había sido durante casi 30 años. No sé que le pasaría. La TV está muy rara”.
¿Y el propio Tato, qué opinaba al respecto? En ese último reportaje, hizo algunas referencias a la televisión que lo excluía: “Yo creo que en este momento la televisión está dedicada a la joda, a los entretenimientos y a la nada. (...) ¿Sabés qué pasa con la televisión? Todo lo que hacés es demasiado perecedero. Y a la larga se olvida. Estoy seguro de que se van a olvidar de mí, porque lo único que queda son los tangos de primera y las sinfonías de Beethoven, las obras de Shakespeare y los cuadros de Goya, los libros de Borges y Bioy Casares. El resto no”. Y con algo de resentimiento, remató con un comentario acerca de lo que en ese momento se daba en TV en el horario que ocupaba su programa, el show de Gerardo Sofovich: “La nueva costumbre de los domingos es mirar cómo se parte una manzana”.
Uno de sus hijos le había regalado una plaqueta con su nombre y la frase “Actor Cómico de la Nación”, que se transformó en la descripción más certera de la labor de Tato. Ganó 13 premios Martín Fierro, que distingue a los protagonistas de la pantalla argentina, aunque nunca el mayor, el de oro. La revista Life lo llamó el “Capocómico de la Televisión Argentina”. El “monologódromo” es el escenario al que acuden los recuerdos cuando van por él. Y es el mismo lugar al que se remiten los curiosos para conocerlo a él. Arriba

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