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DRIGENTES,
JUGADORES, POLICIAS E HINCHAS EN LA MIRA
Responsables,
se buscan
La
violencia en torno al fútbol a lo largo de la historia
muestra que las condiciones sociales no son el motivo
excluyente de los muertos en los estadios. Se abren las
puertas para divisar a los culpables en todos los niveles y
encontrar una rápida salida.
Por
Mariano Barragán
mbarragan@segundoenfoque.com.ar
Sábado
30 de abril de 1994. Por la sexta fecha del torneo Clausura
’94 se enfrentaban en la Bombonera nada menos que Boca y
River. Por ese entonces, comenzaba a florecer la paternidad
del conjunto de la Ribera sobre su archirrival. Los
millonarios dirigidos por Daniel Passarella nunca le habían
ganado a los xeneizes y era una de sus grandes posibilidades
de cortar la racha.
Con goles de Ariel Ortega y Hernán Crespo, River se impuso
por 2 a 0 y consiguió ese objetivo. El pitazo final marcó el
inicio de la fiesta roja y blanca, pero la alegría se
convirtió en duelo. Al término del partido, la barra brava
de Boca emboscó, a 15 cuadras del estadio (en la esquina de
Huergo y Brasil), al grueso de la parcialidad visitante que
viajaba en un camión. Walter Vallejos, de 19 años, y Ángel
Delgado, de 23 años, fueron asesinados de dos disparos de
armas de fuego.
Este constituyó el primer caso donde los culpables terminaron
en prisión, tras la sanción de la ley 24.192 que reemplazó
a la famosa “Ley De la Rúa” (23.184). Tres años después
de lo ocurrido, el 17 de mayo de 1997, ocho barrabravas de
Boca fueron condenados: Martín “Corbacho” Villagarcía,
Miguel “Manzanita” Santoro, Marcelo Aravena, Freddy
“Bolita” Niponi, Mario Bellusci Martínez, Fredy Cáceres
Romero y Jorge “Gomina” Almirón recibieron la pena de 20
años de prisión por homicidio doble y asociación ilícita;
Daniel Silva, fue condenado a 15 años de cárcel por
tentativa de homicidio y asociación ilícita; mientras que a
José “El Abuelo” Barritta
le dieron 13 años por asociación ilícita y extorsión a los
ex dirigentes Antonio Alegre y Carlos Heller.
Tras la sentencia, al abogado de los familiares de las víctimas
Marcelo Parrili, le quedó una sensación agridulce.
“Quedaron algunas cosas pendientes ya que no se pudo avanzar
en la responsabilidad de Alegre y Heller, quienes eran los
encargados de entregar entradas a la hinchada”, afirmó
cuando concluyó el juicio.
Otra época, la misma historia
Los noventa se caracterizaron por la estabilidad económica,
por la inauguración de shoppings y megatiendas ocupando todo
rincón abandonado de las grandes ciudades y por el olvido de
la pesadilla hiperinflacionaria de la gestión de Raúl Alfonsín.
La desocupación iba acostumbrándose de a poco a los dos dígitos,
pero lejana a los casi 30 puntos de la actualidad
Sin embargo, las canchas seguían siendo focos de violencia y
cada vez con más frecuencia. El argumento de que “la
sociedad es violenta” y de que los estadios son una expresión
más de ella no era válido. Quizás por una ficción económica
la sociedad estaba adormecida, pero el fútbol seguía
generando víctimas.
Los disturbios en eventos deportivos comenzaron, de acuerdo
con observaciones oficiales, en 1939. Según los archivos, en
aquel año luego del cotejo entre Lanús y Boca, simpatizantes
de ambos bandos chocaron originando la muerte de dos personas.
Los contextos sociales cambiaron desde aquel momento hasta la
actualidad pero, a pesar de ello, la violencia sigue latente.
La batahola futbolera lleva 63 años de existencia y se ha
cobrado más de 150 vidas.
Hacerse cargo
Dirigentes, jugadores, policías e hinchas son la columna
vertebral y se reparten responsabilidades en este fenómeno.
“En mi club no existen barras bravas”, sostiene
habitualmente Mauricio Macri, presidente de Boca mientras
busca un espacio en la política. Sin embargo, los hermanos
Rafael y Fernando Di Zeo, miembros de la “número 12”, han
sido detenidos y procesados en varias oportunidades por
incidentes en eventos deportivos mientras el empresario estuvo
al frente de la institución. La última ocasión fue durante
una gresca al disputarse un amistoso en la Bombonera frente a
Chacarita.
Múltiples jugadores han reconocido públicamente la entrega
de dinero a las hinchadas de su equipo como algo habitual. Por
otra parte, la Policía Federal manifestó que no posee los
elementos necesarios para evitar enfrentamientos en la canchas
de fútbol. Y hasta en el ambiente de la política se expresó
la presencia de los mafiosos del deporte. “Si no te dan una
mano los muchachos de la barra, es difícil ganar una elección”
reconocen off the record
los hombres en el poder. Luis Barrionuevo, actual senador
y presidente del club Chacarita Jrs. es custodiado por varias
personas habitués de los parabalanchas funebreros.
En el año 1998, el magistrado Víctor Perrota decidió
suspender el fútbol por tiempo indeterminado hasta que las
instituciones tomaran los recaudos necesarios para la práctica
de la actividad. Exigía la implementación de cámaras en los
estadios, la refacción de tribunas populares, plateas y
accesos, modificaciones en el manejo de las entradas, la
prohibición de ingresar con banderas que superasen los dos
metros de largo, entre otras medidas. Las ideas de Perrota se
cumplieron en forma escasa, y por los fuertes intereses
televisivos la pelota volvió a rodar y nunca más se oyó
hablar del tema.
Los “barras” profesionalizaron su accionar mafioso. Los
clubes parecen sus casas, entran y salen sin ningún problema
y con tan sólo llamar “al presi” solucionan cualquier
inconveniente. El actual ministro de Turismo, Cultura y
Deportes, Daniel Scioli, desarrolló, cuando era diputado, un
proyecto de ley que endurece las penas para aquellos que
cometan delitos antes, durante y después de un espectáculo
deportivo.
El Senado Nacional aprobó la norma y es la Cámara de
Diputados quien tiene en sus manos la responsabilidad de
sancionar o no esta idea, que si bien no asegura una solución,
representa un paso adelante hacia un cambio necesario.Arriba
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