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MÚSICA
Y POLÍTICA
Ritmos
del cambio
Segundo Enfoque indagó sobre cómo, luego de treinta años y en un contexto diferente,
de la “canción de protesta” que se quejaba, cuestionaba y
proponía otras realidades, se ha llegado hoy a concepciones
musicales que retratan y acompañan acciones políticas
concretas. Miguel Cantilo, ícono de los setenta. Aníbal
Kohan, cantautor de “Santa Revuelta”, una banda que hace
recitales solidarios en cortes de ruta. El arte y sus
posibilidades en tiempos de movilización.
Por Jairo Straccia
jstraccia@segundoenfoque.com.ar
“Encerrar en el rótulo
de cantante de protesta a toda canción que exponga un estado
anómalo en el terreno social es muy mezquino. Toda institución
es decadente en sí. Cuando la canción de protesta se
institucionaliza ocurren muchas aberraciones”. La reflexión
pertenece a Miguel Cantilo, el cantautor argentino que desde
mediados de los años sesenta se convirtió en el símbolo de
las expresiones musicales cuestionadoras del statu quo.
A partir de la creación de “La Marcha de la Bronca”, en
1970, y a lo largo de toda su historia, exilios y censuras
encuadraron a Cantilo en la denominación “cantante de
protesta”. “La protesta es uno de los estados de ánimo
que pueden haber impulsado a un autor, pero también está el
amor al prójimo, la utopía de una sociedad perfecta, la búsqueda
de equidad social...”, completa.
Hace tres décadas, se hablaba de otras cosas. Cambios políticos
profundos, amor, paz. Crecía en los artistas la necesidad de
decir a los cuatro vientos que se podía forjar un mundo
distinto. O de avisar que ese mundo de entonces era el camino
silencioso a la exclusión de hoy.
Acordes
¿Deben las canciones con reivindicaciones sociales
generar en quienes las escuchan, un nuevo modo de pensar?
Miguel Cantilo reconoce que, en primer lugar, sirven sobre
todo para que el autor “descargue el peso que le provoca la
observación de la injusticia”. Aunque agrega, de inmediato:
“Si las condiciones estéticas de la expresión encuentran
eco en el público, también pueden servir para que esa
catarsis, en última instancia, cumpla la función social de
llamar la atención sobre una desviación, un abuso de poder,
una desarmonía puntual”.
Pero Miguel, ¿qué lleva o llevó al artista, en este caso al
compositor, a escribir canciones que cuestionaran la realidad?
“El hombre naturalmente se rebela contra cierta parte de la
realidad. Pero como no a todos los hombres les es dado manejar
las herramientas necesarias para expresar esa rebeldía, es
generalmente el artista quien se hace cargo del
cuestionamiento. Hay una íntima relación entre la
sensibilidad y percepción del artista y el daño que esa
parte injusta y deforme de la realidad provoca sobre su carácter
hasta irritarlo y obligarlo a cuestionar el estado de
cosas.”
Fuego. Se quema. Debe llegar el socorro. Hay que avisar. Ésa
es la secuencia con que explica Miguel Cantilo el encendido
del motor que lo hace escribir muchas de sus letras. “En
principio hay una sola intención: cambiar un estado inarmónico
de cosas, poner en evidencia una malformación social para
luego acabar con ella”, describe el músico de 53 años.
Durante la década del ’80, la llama comenzó a apagarse:
fue la antesala de la era de los shoppings, en los noventa.
Cantilo, sobre los diez años que en Argentina gobernó Carlos
Menem, expresa que fue desalentado el pensamiento crítico
también en el arte: “Es una época de vaciamiento popular.
Un crecimiento llamativo de la era de los Tinellis y las
bailantas y una persecución sistemática de los espacios
pensantes o de cuestionamiento”. Y remata: “Una
mediocrización prolijamente implementada con ayuda de la cocaína
y la descerebración frívola del neoliberalismo”.
Nuevo escenario: la calle
En el mundo se lo reconoce como un símbolo de la lucha,
para algunos “anti-globalización”, para otros “anti-imperialista”,
para otros “anti-neoliberal”. Para todos, es una fecha de
lucha. El 20 de diciembre de 2001, en Argentina, la congregación
espontánea de miles de personas en la Plaza de Mayo, frente a
la Casa de Gobierno, derrocó al presidente Fernando de la Rúa,
en medio de sectores políticos tradicionales que también
propiciaron el hecho.
Más allá de ese suceso histórico puntual, a partir de esa
irrupción, surgieron en los barrios agrupaciones de vecinos
llamadas “asambleas barriales” para decidir sobre
cuestiones locales y para discutir asuntos políticos a su vez
generales. Este nuevo movimiento se sumó al de los
“piqueteros”, organizaciones que desde mediados de los
noventa habían acentuado su accionar bloqueando rutas en
reclamo de pan y trabajo.
“Veo al pueblo en la calle todos los días. Veo una
comunidad despierta que sale a ganarse los derechos que le
fueron avasallados”, dice Cantilo. ¿Nacerá una nueva
“Marcha de la Bronca”? “No observo expresiones de ese
tipo, aunque sí percibo condiciones dadas para que
aparezcan”, analiza.
¿Podrían los músicos dedicarse a hablar únicamente de
revoluciones o de un nuevo mundo cuando la demanda popular es
tan básica? Sí y no. “Santa Revuelta” es un grupo
musical que nació tocando en un boliche de Villa Crespo música
para fiestas (ver aparte) y que se ha convertido en uno de los
exponentes de la evolución de las canciones de protesta.
Invitados a animar eventos organizados por sociedades de
fomento en barrios pobres del conurbano bonaerense, así como
también en villas miserias, se encontraron cara a cara, en
1998 con el hambre y la desocupación. En noviembre de 2000,
debutaron en el piquete de La Matanza.
“En las canciones nuestras no hay reclamo” –aclara desde
un principio Aníbal Kohan, voz de la banda y uno de los
autores de sus letras. Con temas como “Soy piquetero” y
“¡A la calle!”, “Santa Revuelta” no busca lograr un
nuevo pensamiento en el público, sino más bien describir la
lucha de los sectores populares, y solidarizarse con ella.
Retratos
“No proponemos nada. Ni protestamos, ni proponemos, creo
que retratamos. Lo que pasa es que retratamos gente en
lucha”, insiste Kohan. “El arte no sirve para cambiarle la
cabeza a la gente, es cierto que el arte a veces es un puerta,
pero porque la persona ya quería cambiar la cabeza de algún
modo” se despacha.
Quizás por eso les gustó tanto el clima de sus recitales en
los piquetes. “Los piqueteros existen en la sociedad
argentina y somos solidarios con el reclamo de pan y trabajo
que tienen: nos parece que es más importante el derecho de
trabajar y de morfar, que el derecho que se viola al cortar el
tránsito”, explica Kohan, quien para el último disco “¡A
la calle!”, escribió una historia del movimiento piquetero
y cacerolero (en referencia a las asambleas barriales) que
lleva el mismo nombre.
“Mostrar cosas es una actitud muy distinta a la actitud
tradicional del cantante de protesta, de los que acá hubo
muchos. No hacemos canciones de víctimas en el sentido de
‘pobrecito, se murió y lloran’, de las que hay muchas en
el folklore de tipo social”. Kohan aclara que en Latinoamérica,
según su criterio, existe una visión equívoca de artistas
que declaman una cultura campesina rebelde: “Ahí había
mucho de verso. La modernidad latinoamericana se asienta
mayoritariamente en las ciudades subdesarrolladas, donde la
gente vive, por ejemplo, con cartoneros. Dar cuenta de ello no
es tan fácil, más fácil es crear una escenografía de
selva, de campesinito, de guerrillero, que no prospera
demasiado”. Los parlantes, los micrófonos se posan sobre el
asfalto, el sonido retrata a un nuevo tipo de público, los
manifestantes. Arriba
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