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ANÁLISIS DEL CONFLICTO VENEZOLANO

Tiembla la tierra de Bolívar

La oposición planea otra huelga general indefinida a corto plazo y ataca mediante denuncias ante el Tribunal Supremo de Justicia. Instituciones que en otros tiempos eran incondicionales al Presidente ahora marcan distancia. A pesar del aumento de precio del petróleo la economía no despega. Y el clima golpista persiste en Venezuela.

Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar

Para el escritor Gabriel García Márquez, es un enigma de dos caras: una, encarna “la oportunidad de salvar a su país” y la otra, a “un ilusionista que puede pasar a la historia como un déspota más”. Fidel Castro lo definió como “el más grande demócrata de América Latina”. A los ojos de Washington es un “demonio”, mientras los líderes orientales lo miran con respeto. Difícil es conciliar todas estas visiones sobre el presidente Hugo Chávez.
El salto a la Primera Magistratura lo pegó en 1998. Elegido con el 56% de los votos y ratificado dos años después, el teniente coronel atrajo tantas adhesiones como adversarios. Para los empresarios, la prensa, buena parte de la clase media y la Iglesia, es un “dictador populista y demagogo”. En cambio, sus simpatizantes, en su mayoría pertenecientes a los sectores más pobres, lo reivindican como un líder revolucionario.
Los motores que propulsaron al joven militar al Palacio de Miraflores fueron básicamente dos: las clases populares y las Fuerzas Armadas. Sin embargo, algunas fracciones de la institución poco a poco fueron distanciándose. Los roces iniciales se manifestaron públicamente a principios de este año cuando el coronel de aviación Pedro Soto lo desafió: “El Presidente se tiene que ir y, antes de que renuncie, que convoque a elecciones para que deje el país en manos de un civil”. Además, el otrora edecán del ex presidente Carlos Andrés Pérez -a quien Chávez había tratado de derrocar- lanzó un ultimátum de 7 puntos que el jefe de Estado debía cumplir antes del 19 de abril. Entre las demandas de Soto, quien decía representar al 75% de sus colegas, aparecía “la independencia de los poderes públicos, en especial, el Judicial”. El coronel de 49 años denunciaba que “en un Gobierno donde el Presidente maneja el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) no se puede decir que haya democracia”.
Al conflicto en las filas militares se sumó el descontento por las nuevas medidas económicas del Ejecutivo. Curiosamente, los mismos diarios que tildaban a Chávez de “comunista”, tras el anuncio del plan de ajuste a mediados de febrero le colocaron el mote de “neoliberal salvaje”. Por su parte, el Fondo Monetario Internacional (FMI) dio el visto bueno al recorte del 7% del gasto público y a la decisión de abandonar el sistema bandas cambiarias y adoptar a la libre flotación del bolívar. La consecuencia inmediata fue la “argentinización” de Venezuela: devaluación de la moneda, intervención del Banco Central para frenar el dólar, largas filas en las casas de cambio y bancos, remarcación de precios, histeria generalizada.
En esta atmósfera alterada estalló la crisis interna en la empresa petrolera estatal. Los gerentes de la entidad –y no los trabajadores- se levantaron en contra de la designación presidencial, a la que calificaron como “política”, de una nueva junta directiva encabezada por el economista Gastón Parra. El problema interno se prolongó por varias semanas y la amenaza con el cese total de actividades irritó a Chávez: “No voy a permitir que paren Petróleos de Venezuela (PDVSA). Si la paran, la militarizo”.
Tanto la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) conducida por Carlos Ortega como la organización patronal Fedecámaras, de Pedro Carmona, se unieron a la protesta. Después de posponer el paro del 18 de marzo por “fallas en la organización”, dispusieron para el 11 de abril una huelga general por tiempo indefinido. El día previo, el periódico El Nacional alentaba desde sus páginas: “Tomemos las calles”. Y el canal Globovisión advertía con placas: ¡Ni un paso atrás!

Después del 11

“La Constitución nos impone la obligación de mantener el orden interno y por lo tanto evitar más derramamiento de sangre (...) Le fui leal hasta el final, le serví hasta esta tarde, pero los muertos de hoy no se pueden tolerar”, proclamaba el comandante de Ejército Efraín Vázquez. Cámaras de televisión y una invasión de flashes registraron el instante en el que un grupo de oficiales de alto rango desconocían la autoridad del jefe de Estado y exigían su dimisión. A partir de entonces, los medios de comunicación nacionales y extranjeros difundían la noticia de la renuncia, el coronel Hugo Chávez ya era el “ex presidente”.
Las siguientes 48 horas que sucedieron al jueves 11 de abril vieron pasar al titular de Fedecámaras Pedro Carmona como mandatario de transición, la disolución de la Asamblea Nacional, legitimaciones de ciertos organismos y gobiernos internacionales a la flamante administración, persecución de funcionarios chavistas y una enorme confusión exacerbada por los medios de comunicación. Mientras, Chávez detenido se rehusaba a renunciar. ¿Era esto un golpe de Estado? No, de acuerdo con el fallo del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). No hubo “mérito de rebelión” y los cuatro militares involucrados fueron absueltos.
La decisión judicial dejó libres a Efraín Vázquez, al ex jefe del Estado Mayor Unificado de las Fuerzas Armadas Pedro Pereira, al ex jefe de la Armada Héctor Ramírez y al contralmirante Daniel Comisso Urdaneta. Algunos especialistas opinan que esta determinación habilitaría la posibilidad de nuevos alzamientos armados sin que hubiera consecuencias legales.
Furioso con la resolución del TSJ, Chávez definió a los magistrados como “negociadores de oficio”y agregó que “se la pasan emborrachándose en los bares de Caracas”. Alineados con su líder, los diputados del partido oficialista Movimiento Quinta República (MVR) iniciaron una investigación a los jueces que según los dichos del jefe de Estado habrían “falsificado los documentos que avalaron sus nombramientos hace dos años”. El parlamentario Darío Vivas, integrante de la comisión especial que estudia el accionar del Poder Judicial, confió a Segundo Enfoque: “Nos dimos cuenta de que algunos magistrados no comprenden la importancia que tiene el rol que les toca jugar como garantes de la justicia y de que se vendieron al mejor postor”(ver aparte).
En cambio, para el diputado de Acción Democrática (AD) Rafael Marín los jueces “actuaron con sensatez”(ver aparte). Además, afirmó que “los militares están siendo juzgados arbitrariamente por la sencilla razón de que marcaron distancia del régimen, no acataron las órdenes que Chávez les dio de activar el Plan Ávila que consistía en reprimir a la manifestación popular su contra”.
Mientras tanto, el 11 de cada mes miles de venezolanos circulan por las calles, entre gritos y banderas, para reclamar. Algunos exigen la destitución del primer mandatario por su supuesta responsabilidad en los crímenes del fatídico abril. Otros, repudian el fallo del TSJ y alertan sobre la existencia de planes para derrocar a su líder. 

Emboscadas 

El fantasma del derrocamiento del primer mandatario sobrevuela cada rincón de Venezuela. Una minoría de intelectuales y funcionarios abonan la tesis de que la nueva embestida contra Chávez, fracasada la vía golpista, será mediante instituciones como el Parlamento y el TSJ. Los magistrados de la Corte han dado el primer paso: demostraron que no son incondicionales a Chávez.
Ya superan una decena las causas en contra del jefe de Estado: por financiamiento de los Círculos Bolivarianos con dinero del Fondo Intergubernamental para la Descentralización, por crímenes de lesa humanidad durante el 11 de abril, por el convenio con Cuba que ocasionaría “una daño patrimonial”, por incitación a la violencia y uso indebido del uniforme militar, entre otras.
El diputado opositor Rafael Marín impulsó la presentación de dos querellas. Una, patrocinada por el abogado Tulio Álvarez, sobre el presunto financiamiento ilegal de la campaña presidencial con fondos provenientes del Banco Vilvao Vizcaya. La otra, acusa al Gobierno de recibir dinero sospechoso del Banco Santander. “No se justifica por qué razón Chávez, que había amenazado con nacionalizar la banca, recibe 1.8 millones de dólares que no fueron declarados”, sostiene Marín.
A pesar de las constantes denuncias, los legisladores de la oposición no creen que Chávez sea destituido por esa camino. Para que el Presidente sea enjuiciado por el Máximo Tribunal, la Asamblea debe autorizar el proceso. Las fuerzas oficialistas todavía controlan el órgano parlamentario, por lo que es poco probable que se avance en ese sentido.
Entonces, se potencian los otros pronósticos. Según Marín, “la salida de Chávez va a ser una consecuencia directa de la acción de las masas populares en la calle, una huelga general, una eventual intervención militar en el marco de la Constitución”. En esta opinión coincide con el titular de Fedecámaras Carlos Fernández, quien duda que el Presidente culmine su mandato y, además, trabaja para ello.
Para el diputado del MAS Pedro Castillo, otrora aliado del Ejecutivo, “el dilema no es si Chávez termina o no termina, sino más bien, cuándo se va y de qué manera”. Sin embargo, rechaza cualquier acción golpista cívica o militar.
La lectura oficial interpreta que hay un complot. En los últimos días, ha sido analizado en la Asamblea Nacional un supuesto documento asumido por la Coordinadora Democrática –asociación que reúne a los partidos políticos y demás grupos opositores- que detalla un plan de conspiración. En la lista, según el oficialista Darío Vivas, se precisa cómo actuarán los medios de comunicación, cómo se “estrangulará” la economía y cómo utilizarán a los trabajadores. “Hay muy poca oposición que se pueda llamar democrática, que se maneje en los términos constitucionales”, reflexiona el diputado.  Arriba

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