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20º ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ARTURO ILLIA

Un presidente, el cambio y el atropello

“A partir de 1930, se creyó en el mesianismo de los sables”, solía decir el ex mandatario. A dos décadas de su muerte, Segundo Enfoque dialogó con uno de sus tres hijos, Leandro Illia. Desde Cruz de Eje hacia la Casa Rosada, recorremos los acontecimientos que marcaron el destino del dirigente radical, su pensamiento, sus anécdotas. La historia del hombre que desafió al poder económico desde el sillón de Rivadavia y pagó con su destitución.

Por Jesica Bossi
jbossi@segundoenfoque.com.ar


Lo llama “Don Arturo”. Se refiere a él con respeto y admiración. Muy parecido a un retrato de su padre de los años 50, Leandro Illia relata la vida del ex presidente de la Nación. Sus antepasados llegaron a la Argentina desde la región de Lombardía, Italia, para instalarse en Tandil y luego en una chacra de Pergamino. Allí nació Arturo Umberto Illia el 4 de agosto de 1900. 

¿Cómo fue la infancia de su papá?

Fue un hombre que de muy chico tuvo que hacerse en la lucha. A mí siempre me decía: “¿Qué es la vida? La vida es la lucha”. Porque él sufrió por tener que hacerse solo. Venía de una familia muy grande, de 13 hermanos, en Pergamino. Ahí hizo sus primeros pasos en la escuela primaria. La secundaria la hizo en Buenos Aires, a partir de 1910, a través de una beca en el Colegio Salesiano Pío IX del barrio de Almagro. Tuvo una formación salesiana y humanística. Y él mismo se autofinanció su educación por haber sido un buen alumno. En esa época, a los buenos alumnos los hacían leer en los almuerzos. Y mi padre fue un lector en los almuerzos, eso significaba que se distinguía de los demás. 

¿Cuando empezó a dedicarse a la política?

Él ingresa en la política en la Reforma Universitaria del 18. Era por ese entonces un activo militante de la UCR y seguidor de Hipólito Yrigoyen. Él era médico pero era esencialmente político. Don Arturo era muy especial, era un gran lector de filosofía, de ensayos, tenía una gran capacidad intelectual. Esto se contrapone con la fama que le había hecho la prensa o la “mala prensa” (ver aparte). Era un gran conocedor de su idiosincrasia, estaba muy consustanciado con un espíritu nacional y popular, que más que decirlo lo vivía. No era un hombre de pocas ni de muchas palabras, sino de las necesarias. 

¿Por qué se fue a Cruz del Eje?

Él se fue a Cruz del Eje en el año 29, como médico de los ferrocarriles enviado por Yrigoyen. Había un puesto en el Instituto Pasteur de Francia, uno en Necochea y otro en Cruz del Eje. Y él eligió irse a Cruz del Eje, una localidad poco conocida y muy árida, al noroeste de la provincia de Córdoba. Llegó en 1929, a pie porque el tren se quedó en el camino, solo y con su título bajo el brazo. 

¿Cómo era su personalidad?

Se distinguía porque su meta nunca fue la codicia, el dinero, ni el status. Él estaba por sobre esas cosas. Valoraba la verdad y la democracia, no podía inflingir un daño ni injuriar a nadie. Sí ha tenido altercados. Y, además, era muy valiente y eso la gente lo desconoce, se piensa que era un hombre bueno y nada más. Él era un hombre de fuertes convicciones. Y lo demostró en su gobierno. Cuando tomaba una decisión, era meditada, analizada, no es que por tozudo no se volvía atrás. Mi padre no era solamente honesto por pensar que la plata era accesoria, sino que también era honesto intelectualmente. 

¿Aconsejaba a su padre?

Jamás le podía imponer una cosa a mi padre. Su vida, su obra, es él. Nosotros no somos nada. Yo le puedo relatar la historia porque de alguna manera me tocó ser protagonista, o testigo, y recibir sus enseñanzas que eran básicamente el ejemplo. 

Los incorregibles 


“No debía un solo voto al peronismo y su fuerza real reflejaba el propio peso de su partido”, opina el historiador Félix Luna acerca de la llegada al poder de Illia. En las elecciones del 7 de julio de 1963, la Unión Cívica Radical del Pueblo ganó con el 25% de los sufragios, seguida de un 20% de votos en blanco –la mayoría del peronismo-, y de la Unión Cívica Radical Intransigente con el 16%. El resto se dividió en distintos partidos. 
Según Leandro Illia, su padre conocía muy bien el significado del movimiento peronista. 

¿Qué visión tenía su padre sobre el peronismo?

Le cuento una anécdota. En el año 32, época de preguerra, se va con un amigo dinamarqués un año a Europa para estudiar el fenómeno del fascismo y, luego, del nazismo. Se da cuenta de cómo estas ideologías se sustentan en la persuasión masiva mediante los medios de comunicación, desnaturalizan a los pueblos, crean conductas. Él vivió eso en Europa y se preguntaba cómo países como Alemania que dio un Goethe pudo tener un Hitler. Y comprobó cómo la dominación a través de los medios de comunicación coartaba la libertad del hombre, lo conducía hacia situaciones límite. Por eso, él no hacía nada con los medios en su gobierno, no exaltaba las medidas que tomaba, las mil cosas que hizo solamente en 2 años y 6 meses. Es fundamental entender que él conocía lo que eran el fascismo y el nazismo, y se da cuenta de lo que era el peronismo en la Argentina, como fenómeno social. 

¿Estaba totalmente en contra?

No, por ejemplo, él admiraba de alguna manera a Evita. Para él, Evita era representativa porque era genuina, más allá de estar en desacuerdo con muchas cosas, ella venía de una clase que dentro de todo era condescendiente con lo que había hecho y con lo que era. Venía de una clase trabajadora, humilde, entonces era más coherente la personalidad de Evita que la del propio Perón. Perón tiene una formación prusiana, con tintes fascistas, que es la que impregna el Ejército argentino, una copia del alemán. Entonces, el pensamiento de Perón es el del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) que determinan su ideología. Y el sindicalismo, al igual que el de Mussolini o Hitler, es como una barrera contenedora del anarquismo o del comunismo. Mi padre no creía en el sindicalismo aliado en un bloque monolítico con el poder sin libertades, porque se sacrificaban las libertades democráticas, en pos de otro objetivo. Siguen a un líder con una “misión histórica” que va a reivindicar a las masas y a concretar la revolución social. Don Arturo no hablaba de liderazgo, eso de “depositar la fe en el líder”, jamás. No existía en su vocabulario el líder. El fenómeno del peronismo no se puede negar, pero sí hay que analizarlo.

Entonces, ¿estuvo a favor del derrocamiento de Perón? 

Mi padre actuó en la Revolución de Córdoba, del 55. Porque el peronismo se había convertido en un régimen despótico, de opresión, que había encarcelado a mucha gente. 


Illia en el poder


Defensor del principio de autodeterminación de los pueblos, por aquellas eventualidades de la historia, Arturo Illia asumió la presidencia un 12 de octubre. Era 1963, y por esos tiempos la Carta Magna yacía bajo la sombra amenazante de los militares. 
Para Félix Luna, el lanzamiento de Illia en la carrera electoral había sido una casualidad. “Su candidatura se había originado en la escasa fe en el triunfo que sentía en 1963 el radicalismo del Pueblo, cuyo jefe (Ricardo) Balbín hubiera sido el más lógico candidato. Seguro de sí mismo con la aterradora seguridad de la gente simple, Illia estaba totalmente ajeno a la temática contemporánea y disimulaba esta carencia con una constante apelación a un visceral optimismo y una cierta testarudez (...) Sus colaboradores eran mediocridades honradas, con una larga trayectoria en política pero sin experiencia de gobierno”, opina Luna en De Perón a Lanusse, publicado en 1973.  
El gobierno radical se había desgastado en esos dos años de gobierno por las protestas sindicales y por las críticas de las centrales empresarias que reclamaban una liberalización de la economía. Los planes de lucha de la CGT, con reivindicaciones salariales y políticas, provocaban malestar entre los empresarios porque el gobierno no “reprimía con firmeza”. También protestaban por el control de precios, y el control de cambios que frenaba el aumento del dólar oficial. 
Otro sector opositor era el capital trasnacional, muy enojado por las medidas de corte “estatista”, por la cancelación de los contratos petroleros y por la ley de medicamentos. 

A la distancia, ¿qué balance hace de la gestión de su padre?

Primero, Argentina pagó la deuda externa, por primera vez en la historia, capital e intereses. Mi padre recibe el país con una deuda de 3.132 millones de dólares y lo deja en 1966 con 2.470. El Fondo Monetario Internacional quería prestarle a la Argentina pero le dijimos que no. 
Yo lo veo a Don Arturo no como a mi padre sino como a un estadista adelantado a su tiempo. Por ejemplo, él fue el primero en comerciar con China sin tener un sólo representante en China. Supera las ideologías. Y eso le trae como consecuencia una serie de presiones, que él no las aceptaba, y por eso cayó: por no ceder. Bueno, en ese momento comerciar con China era un tabú, y la Argentina hizo el mejor convenio de la historia con ese país. Le vendió trigo, lino, cebada, centeno. 

¿Cómo fue ese acuerdo comercial?

En el año 63, mi padre ya tenía contacto con José de Castro, un hombre de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, sus siglas en inglés), autor de “Geopolítica del hambre”. Mi padre le preguntó si era sostenible establecer relaciones comerciales con China. Finalmente se hizo el acuerdo con la China de Mao. De Castro había sido asesor de la reforma agraria de Mao. Entonces, fue él quien intervino en el tratado. Argentina vendió y muy bien. Este fue un hecho inédito porque rompió en aquel momento con la bipolaridad de la Guerra Fría. A mi padre le llegaron a decir comunista por comerciar con China. Sin embargo, a Estados Unidos no le decían lo mismo por comerciar con la URSS. Mi padre tenía que soportar, por un lado las presiones internacionales y, por otro, las internas. Cuando se hizo la famosa venta a China –con importancia económica y simbólica-, los grandes exportadores intentaron beneficiarse. Ellos tenían todos los elementos para exportar, cosa que el Estado no tenía, por ejemplo, silos. Pero el objetivo era beneficiar a los pequeños y medianos productores. Entonces, el gobierno fijó un precio e invitó a los grandes exportadores. Ellos quisieron presionar al gobierno porque sabían que no tenía plena capacidad, entonces plantearon un precio más bajo. Finalmente no llegaron a un acuerdo y no participaron. 

Una de las medidas más sensibles que tomó su padre fue la cancelación de los contratos petroleros...

Mi padre dijo que si llegaba a la presidencia anularía los contratos petroleros porque eran “leoninos” (ver aparte). Eran concesiones petroleras hechas monopólicamente sin ningún tipo de licitación, ni control. Él tuvo un patrón referencial que fue la planificación de la economía. Él pensaba un país a largo plazo, veinte años posterior, y no en ganar elecciones. Estaba convencido de que la Argentina tenía una gran potencialidad. Y siempre consideró al petróleo y a los medicamentos como dos elementos clave de la sociedad. 

A propósito de la Ley de Medicamentos, ¿cómo logró imponer esa norma resistida por el poder económico?

Él conocía muy bien la industria farmacéutica porque además era médico. Lo importante era darle injerencia a la universidad y a los científicos nacionales en la política sanitaria. Mi padre se reunía una vez por semana con el presidente de la Academia de Medicina, con el presidente de la Comisión de Energía Atómica, con el rector de la Universidad de Buenos Aires. Mi padre quería sustituir algunos fármacos que estábamos importando y por los que pagábamos millones de dólares en concepto de royalties, derecho de marcas y patentes, por medicamentos que podíamos elaborar acá. Lo más importante que hemos tenido es la calidad de los recursos humanos. Argentina logró sustituir más del 50% de los fármacos que se importaban. Y eso le valió a mi padre que no lo apoyaran los grandes laboratorios. 

¿Su padre mantuvo una reunión con Rockefeller?

Acá vino Rockefeller y le pidió exenciones para poner el banco Chase Manhattan que luego se puso con Juan Carlos Onganía. A los 4 meses de Onganía estuvo el Chase. Entonces, mi padre cuando vino Rockefeller le dijo: “Ud. puede invertir acá, no hay ningún problema pero tiene que cumplir con las leyes del Banco Central”. Y Rockefeller le dijo que quería exenciones. Entonces mi padre le contestó: “Si yo pongo en Estados Unidos el Banco Nación Argentina, ¿tengo que cumplir con la legislación norteamericana?”. Ellos lo que querían hacer acá no era invertir sino hacer usura. Y tras el derrocamiento de Don Arturo el Chase Manhattan se instaló en el país. Es muy simbólico, ¿no?


Una caída anunciada


Madrugada de invierno. En la Casa de Gobierno, el presidente estaba rodeado por su círculo más íntimo. A las 5.10 de ese día, martes 28 de junio de 1966, se presentaron el general Julio Alsogaray, el Jefe de la Casa Militar brigadier Rodolfo Pío Otero, el coronel Luis Perlinger y un grupo de oficiales. Después de dos intentos, a las 7.40 los militares lograron que Illia se retirara de la Rosada y partiera rumbo a la casa de su hermano en Martínez (ver aparte).
¿Cuántos años tenía cuando su padre estaba en la presidencia?
Lamentablemente era muy chico.

¿Tenía conciencia?

Sí, tenía 16 años en 1963, y me vine a vivir a Buenos Aires contra mi voluntad –yo estaba en Córdoba- cuando asumió el gobierno. Mi padre estaba ausente de mi casa porque se dedicaba mucho a la política.

Ud. estaba en la Casa de Gobierno en el momento en que se produce el derrocamiento de su padre. ¿Qué recuerda de aquel momento?

Me acuerdo de todo porque lo viví con él. Se sabía que se venía el golpe por los grandes intereses que se habían tocado. Los payasos –por llamarlos de alguna forma- usaron a los militares que nunca desenvainaron la espada en ningún combate, salvo en Malvinas pero solamente los jóvenes soldados. Bueno, esa noche los militares desenvainaron la espada pero para voltear a la Constitución y a la ley que era Don Arturo. El “Señor” Alsogaray entró a la Casa de Gobierno diciendo entrar en nombre del Comandante en Jefe y mi padre le dijo que el Comandante en Jefe era él, el Presidente de la República. Mi papá fue muy valiente. Alsogaray tartamudeando le dijo Dr. Illia, después Sr. Presidente de la Nación...
Nosotros estábamos sin armas. Uno de los cuatro hombres que entraron acompañándolo a este “general” Alsogaray hizo ostentación de armas. Fue el coronel Premoli. Yo lo increpé y quise tirarlo por la ventana, pero no me dejaron ni mi padre ni los ministros que estaban ahí. La cosa ya estaba hecha. Pero me acuerdo muy bien de esos trasnochados, o “salteadores nocturnos” como los llamó mi papá, que después se fueron. 
Sin embargo, los propios artífices del golpe, directa o indirectamente, se arrepintieron. Aunque esto no redime su responsabilidad. A excepción del “Señor” Premoli que tiene el tupé de ser abogado y defiende la Constitución, encima habla en los medios de comunicación. El coronel Perlinger, uno de los que lo sacaron con la Policía, le mandó a mi padre una carta que yo tengo guardada, diciéndole que se arrepentía totalmente de lo que había hecho y que había recibido una lección de democracia, y desde aquel momento se había hecho demócrata. 

¿Qué le dijo el día después del golpe?

Don Arturo dijo una frase muy importante: “A mi no me derrocó el pueblo, sino las 40 manzanas que rodean Casa de Gobierno”. 

¿Su padre quedó resentido con la sociedad que no salió en defensa de la democracia?

Jamás. Él pudo vivenciar su propia reivindicación histórica: sus detractores le pidieron disculpas y el pueblo en general le demostraba su afecto y su simpatía todo el tiempo.
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